La final del Mundial 2026 quedó atrás, pero dejó una polémica que excede lo deportivo. En las horas posteriores a la definición ante España, figuras internacionales como Samuel L. Jackson, Patti Smith, Javier Bardem y Rosalía —entre otras— protagonizaron mensajes que insinuaban, con distinto grado de gravedad, que la Argentina es un país racista. Alguna de esas mismas voces, cabe decirlo, terminó pidiendo disculpas al advertir el error o la liviandad con la que había hablado. Pero el eco de esas acusaciones ya había recorrido el mundo, alimentando un prejuicio que conviene desarmar con información, no con enojo.
Ese tipo de generalizaciones tiene la vitalidad propia de las campañas de odio: se viralizan rápido, no requieren pruebas y dejan una marca difícil de borrar. Por eso vale la pena, más allá del resultado deportivo, poner en contexto quiénes somos como país y qué valores sostuvo nuestra selección durante todo el proceso, incluso sin haber levantado la copa.
Empecemos por los hechos. Ningún país del mundo tuvo, ni tiene, una Constitución tan abierta a la inmigración como la Argentina. Desde 1853 nuestra Carta Magna invita a todos los extranjeros que quieran habitar el suelo argentino a instalarse, trabajar y progresar aquí, con los mismos derechos civiles que cualquier nativo. No es una declaración retórica: a lo largo de nuestra historia recibimos corrientes migratorias de Europa, de países limítrofes, de Asia y de África, y seguimos haciéndolo hoy. Pocas sociedades del planeta pueden mostrar semejante mixtura sin haber levantado muros ni exigido visas selectivas.
A esa apertura constitucional se suma un sistema educativo público y gratuito hasta el nivel universitario, disponible para quienes residen en el país, sin distinción de origen.
La Ley 1420 y la Reforma Universitaria de 1918 son hitos en el desarrollo educativo . Un ejemplo: mientras en buena parte del mundo estudiar en la universidad implica aranceles de miles de dólares o restricciones de ingreso para extranjeros, en la Argentina cualquier persona que viva aquí puede formarse sin pagar un peso. Lo mismo ocurre con la salud pública: nuestro sistema no expulsa a quien no puede pagar ni presenta facturas impagables a quien necesita atención médica urgente.
También supimos, con todas las garantías constitucionales, juzgar y condenar a los responsables del terrorismo de Estado, tanto en tribunales argentinos como en el exterior. Pocos países atravesaron un proceso de memoria, verdad y justicia tan sostenido en el tiempo y con tantas garantías procesales para los acusados. Y cuando sufrimos el terrorismo en carne propia —los atentados a la AMIA y a la Embajada de Israel, planificados fuera de nuestras fronteras— no respondimos con más violencia: elegimos, con paciencia y a pesar de las frustraciones, seguir sosteniendo los procesos judiciales hasta hoy.
Nada de esto significa que seamos un país perfecto. Como en cualquier sociedad moderna, en la Argentina existen situaciones de discriminación y de clasismo que lastiman a diario, y que no hay que negar ni minimizar. La diferencia es que las enfrentamos con una legislación específica contra toda forma de discriminación, con instituciones que atienden esos reclamos y con una sociedad civil que no calla frente a esos episodios.
Por eso, frente a quienes insinuaron desde el prejuicio o la ignorancia que somos “el país más racista del mundo”, vale reivindicar lo que mostró nuestra Selección durante todo el Mundial: unidad, esfuerzo colectivo y una entrega que, ganando o perdiendo, sirvió de ejemplo —como bien reconoció el propio Javier Bardem— para millones de chicos que aprendieron cómo se compite con nobleza. Ese espíritu, el de Messi, el del Dibu, orgullo marplatense, el de Scaloni y el de todo un plantel que no bajó los brazos ni buscó excusas, es también el espíritu de un país que tiene mucho por aprender, por mejorar y por crecer, pero que tiene, sobre todo, valores para defender, reivindicar y sentirse orgulloso.