China defiende sus exportaciones como una "contribución" al mundo y no un "shock"
China defiende sus exportaciones como una "contribución" al mundo y no un "shock"
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Quizás llevamos años discutiendo la respuesta equivocada para un problema que ya cambió de naturaleza. En un nuevo Día Internacional contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas, vale la pena formular una pregunta incómoda: ¿seguimos haciéndonos las preguntas correctas?
Durante décadas, el debate internacional sobre la problemática estuvo atravesado por una tensión permanente entre dos grandes enfoques: prohibición o legalización. De un lado, quienes defendían la prohibición desde un enfoque abstencionista. Del otro, quienes promovían distintas formas de modificación de los tratados internacionales, enfocándose en la legalización o la despenalización. Las posiciones eran intensas, muchas veces irreconciliables, pero compartían un supuesto básico: qué hacer con sustancias cuyos efectos, riesgos y patrones de consumo eran razonablemente conocidos.
Sin embargo, mientras las posiciones se endurecían y las discusiones se volvían cada vez más endogámicas, a veces hasta estériles, algo estaba ocurriendo por debajo del radar. El mercado ilícito comenzó a transformarse a una velocidad que ninguna de esas categorías antagónicas, construidas en el siglo pasado, alcanzaba a explicar. Según el Sistema de Alerta Temprana de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), hasta la fecha se han identificado cerca de 1.400 nuevas sustancias psicoactivas en distintas partes del mundo. Cada año aparecen nuevas variantes químicas, análogos, mezclas y compuestos diseñados para producir efectos similares a los de sustancias ya conocidas, pero evitando controles regulatorios, restricciones legales o mecanismos tradicionales de detección.
Existe una expresión del idioma inglés utilizada frecuentemente para describir este tipo de fenómenos: “whack-a-mole”, el popular juego de golpear topos que aparecen y desaparecen constantemente. Esta metáfora resulta cada vez más adecuada para describir lo que ocurre con algunas estrategias centradas en el control y la interdicción. Se identifica una sustancia. Se la prohíbe. Se restringe un precursor químico. Se fortalece un mecanismo de vigilancia. Y poco después aparece una nueva variante. Luego otra. Y después otra más. No importa cuántas veces golpeemos. Cada vez que creemos haber identificado el problema, el narcotráfico se mueve ligeramente de eje para producir la siguiente versión.
Si esa dinámica se vuelve permanente, el problema deja de ser una droga determinada y pasa a ser la capacidad del mercado ilícito para generar continuamente nuevas sustancias. Y cuando el problema cambia de esa manera, también empiezan a tambalear algunas de las categorías con las que intentamos abordarlo.
Prohibición o legalización. Penalización o despenalización. Control de la oferta o reducción de daños. Mientras seguíamos discutiendo respuestas, las preguntas comenzaron a cambiar. ¿Qué significa prohibir una sustancia cuando puede ser reemplazada por otra ligeramente modificada? ¿Qué significa regular una molécula cuando existen cientos de variantes potenciales esperando ocupar su lugar? ¿Qué significa reducir daños cuando ni siquiera conocemos con precisión cuál es el impacto de esas nuevas sustancias en el organismo? ¿Qué drogas vamos a legalizar?
La aparición constante de nuevas sustancias no es el único fenómeno que está poniendo en jaque algunas de las respuestas tradicionales. Buena parte de las estrategias internacionales de control se construyeron sobre una premisa básica: los precursores químicos constituían uno de los principales puntos vulnerables de las organizaciones criminales. Sin acceso a determinados insumos, la producción de drogas se tornaba casi imposible. Por eso numerosos países invirtieron enormes esfuerzos en controlar cadenas de suministro, importaciones, exportaciones y movimientos de estas sustancias químicas esenciales, para evitar su desvío hacia la elaboración ilegal de estupefacientes y drogas sintéticas. Pero incluso esa lógica empieza a mostrar limitaciones.
Uno de los fenómenos más inquietantes que comienzan a observarse en distintos mercados criminales es la búsqueda de autonomía química. ¿Qué significa? Organizaciones que ya no se conforman con producir drogas, sino que buscan producir también los insumos necesarios para fabricarlas. Afganistán ofrece, quizás, el ejemplo más contundente de esta transformación.
Las incautaciones de metanfetamina en este país pasaron de menos de 100 kilos en 2019 a casi 2.700 kilos en 2021, un crecimiento que la propia ONU considera indicativo de una expansión muy significativa de la producción. Lejos de tratarse de una hipótesis teórica, los datos muestran que esta transformación ya está en marcha. Y lo más relevante es que el aumento de la producción vino acompañado de innovaciones en la obtención de precursores químicos. Porque cuando los productores locales descubrieron cómo extraer efedrina de la planta ephedra, que crece de forma silvestre en distintas regiones de Afganistán, la ecuación cambió por completo.
Si esa tendencia se consolida, estaríamos frente a la materialización de una de las peores hipótesis imaginables: organizaciones criminales cada vez más cerca de controlar toda la cadena de producción, desde los insumos básicos hasta la sustancia final. Lo que durante años fue una advertencia teórica comienza a parecerse cada vez más a una realidad concreta.
La pregunta ya no es únicamente qué hacemos con una determinada droga. El verdadero interrogante es qué hacemos cuando la capacidad de innovación química del mercado ilícito se vuelve potencialmente ilimitada. Allí radica, quizás, la principal diferencia entre el escenario actual y el de décadas anteriores. Porque cuando el fenómeno cambia de naturaleza, también comienzan a perder sentido algunas de las categorías con las que intentamos comprenderlo. El problema ya no parece ser una sustancia específica. El problema es la capacidad prácticamente ilimitada de crear nuevas sustancias.
Paradójicamente, cuanto más complejo se vuelve el mercado de drogas, más valor recupera una herramienta que durante años fue subestimada: la prevención. No porque el control de la oferta deje de ser importante. No porque la persecución penal, la asistencia o el tratamiento dejen de cumplir una función indispensable. Sino porque la prevención conserva una ventaja difícil de igualar: la posibilidad de actuar antes. Y otra quizás aún más importante: no depende de seguir el ritmo frenético de un mercado que se reinventa permanentemente.
Las sustancias cambian. Los precursores cambian. Los mecanismos de producción cambian. La prevención, en cambio, trabaja sobre aquello que cambia mucho más lentamente: las personas, los vínculos y los contextos comunitarios.
Allí aparece una de las lecciones más importantes de esta nueva era. Mientras el fenómeno se vuelve cada vez más complejo, buena parte de nuestras discusiones continúa organizada alrededor de categorías heredadas de otro tiempo. La prevención recupera centralidad precisamente porque no necesita perseguir cada innovación del mercado para seguir siendo relevante. Y porque, frente a una realidad en permanente transformación, el desafío ya no consiste únicamente en decidir qué hacer con una droga determinada. El desafío es desarrollar respuestas capaces de adaptarse a un mundo que cambia más rápido que nuestras propias categorías para entenderlo
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