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Nevaco Global
27 de septiembre de 2026

Donald Trump, Xi Jinping y la inteligencia artificial

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Desperdiciaron una oportunidad para ponerse de acuerdo en las líneas rojas, y en algo que interesa a EE. UU. y a China, que en la IA no debiera haber una detención forzosa del avance logrado, ya que el potencial es demasiado grande para el bien de la humanidad. No se debió haber dejado pasar el momento para establecer reglas del juego, tal como en la guerra fría, EE. UU. y la URSS lo hicieron para el inédito poder que apareció junto con la bomba atómica. Ojalá que en la IA ambos hicieran algo similar a lo que existió en la guerra fría, un G-2, un grupo de dos entre ambos, o al menos un sistema permanente de encuentros y consulta, porque en la cima no existe ni se visualiza hoy un tercero, por lo que, por definición, lo que hagan importa mas para la paz mundial que la ONU, el G-7 o el G-20.

En vez de contenido se repitió lo de la visita de Trump a Beijing del 13 al 15 de mayo, donde también hubo gran pompa y una extensión del plazo para continuar negociando el tema de los aranceles. En ambos casos hubo un esfuerzo para que la visita se sintiera cómoda, incluso en EE. UU. se dio la oportunidad para que destacaran las respectivas esposas, Melania y Peng Liyuan, quien ha sido la primera dama de la República Popular China desde la llegada de Xi a la cima el 14 de marzo de 2013. Peng es una muy conocida cantante de ópera tradicional y música folclórica, tanto que cuando su marido llegó por vez primera a posiciones encumbradas, fue conocido como “el marido de Peng”.

Trump y Xi conversaron de desarrollo y gobernanza de la IA como también de Irán, el petróleo y el dólar, no sabiéndose si dialogaron del Ártico o de la elección del próximo secretario/a general de la ONU. Además, hubo minutos para las relaciones económicas, confirmando la extensión hasta el 10 de enero de la tregua comercial que negociadores habían acordado hace algunos días. En lo que más interesa a Beijing que es Taiwán, lo que habría dicho Xi fue informado por la agencia Xinhua, sus deseos que EE. UU. trate el tema con “prudencia”, es decir, que no venda las armas avanzadas pedidas por la isla, además que en ningún caso Taipéi de pasos independentistas, reforzando lo que siempre ha dicho, que eso sería causal de invasión.

Fue una cumbre con gran pompa, pero casi sin anuncios, más en el estilo chino que en el estadounidense. Fue la primera visita oficial de Xi a Washington en más de una década, y Trump acudió personalmente a recibirlo a un lugar que no es habitual para estas visitas, como una base militar, en este caso la Base Conjunta Andrews. Allí se estableció lo que duraría hasta el final, una agenda cargada de trompetas, banderas y actos protocolares, siempre muy importantes para los mandarines comunistas que gobiernan China.

Ambos buscaron proyectar cercanía, tanto que el siempre reservado Xi habló de una “relación personal” con Trump, quien sin duda se siente cómodo con él, comodidad similar a la que tiene con Putin, tanto que este encuentro me recordó el que tuvo con Putin en Alaska, en el sentido de ningún anuncio importante y mucho esfuerzo en rendir honores al visitante. Al respecto, siempre he pensado que ello se debe a que en estos líderes autoritarios (también Erdogan) nota un respeto, real o protocolar, que no aprecia por ejemplo en los líderes europeos, con quienes generalmente ha tenido relaciones no muy buenas, con la excepción de Orban, Nawrocki de Polonia, y el secretario general de la OTAN. Quizás por eso siempre Trump destaca las recepciones de la corona británica, tanto de la madre como del hijo.

En todo caso, estos gestos nunca sobran, lo que quedó reflejado en los respectivos brindis. Trump dijo “representamos sistemas diferentes, pero los lazos entre nuestros pueblos perduran y nunca nos hemos llevado mejor”, posteriormente, en hipérbole típica agregó que la visita de Xi había sido “espectacular”. Por su parte, el jerarca chino dijo que buscaba “una relación constructiva entre países basada en la estabilidad estratégica”. El ideal sería algo que todavía no existe, un verdadero diálogo entre las principales potencias del mundo, pese a las diferencias existentes en comercio, tecnología y política internacional y, sobre todo, las diferencias de ambos sistemas en democracia, a pesar de lo cual, Trump dijo “Xi y yo entendemos que juntos podemos seguir construyendo una relación que promueva la prosperidad y la seguridad para las generaciones futuras”.

Para los medios de comunicación, lo más noticioso fue la Cena con 130 invitados más 20 de la delegación china, donde lo más destacable fue la presencia de los más importantes propietarios y ejecutivos de la industria tecnológica en general, y por vez primera en una Cumbre, de lo más relevante de la IA, ocupando un lugar que ya nunca más abandonarán. De hecho, es un ascenso geopolítico para las llamadas 7 magníficas, las empresas tecnológicas por todos conocidas y para las nuevas incorporaciones, las de la IA, que cuando salgan a la bolsa de Wall Street, seguramente superarán en valoración a algunas de las tecnológicas tradicionales. Antes, solo habían adquirido visibilidad cuando acompañaron a Trump a la visita de Estado al Rey Carlos III en Londres, donde estuvieron presente en la Cena ofrecida por el rey, En ese viaje Trump ofreció ayuda en IA al entonces primer ministro Keir Starmer, por lo que no debiera sorprender que, en la reunión con su sucesor Andy Burnham en la ONU, se firmara ahora un acuerdo de colaboración en IA, evidentemente un elemento crecientemente clave de política exterior para Washington.

En una Cena de Estado, en la Casa Blanca siempre hay invitados habituales, tales como grandes donantes, los amigos más cercanos entre los presentadores de la TV y representantes de poderes del Estado como congresistas y jueces de la Corte Suprema, noticioso fue que fueran sentados a la misma mesa de Xi a dos grandes empresarios taiwaneses, lo que no es tan sorpresivo como parece, cuando se agrega que en China existen importantes inversiones taiwanesas no siempre reconocidas como también en Taiwán hay inversiones chinas, tampoco muy divulgadas.

Esta Cumbre representó una oportunidad desaprovechada en el tema de la IA, el tema del momento, a pesar que ambos están en campaña política, ilustrativa de las obvias diferencias entre ambos sistemas, Trump para unas elecciones de medio término, donde una derrota en noviembre implicaría un nuevo impeachment, y en el caso de Xi, para el XXI Congreso del Partido Comunista, donde espera reforzar su dictadura, culminando la purga en curso a los militares y eligiendo un politburó, que por edad asegure la continuidad a través de aliados más jóvenes.

El problema de fondo es que ni EE. UU. ni China, ni Trump ni Xi, han avanzado en establecer sin complejos la G-2, toda vez que transformar en habituales los acuerdos entre China y EE. EE es imprescindible cuando no hay adecuada gobernanza ni previsibilidad en las decisiones, ya que la guerra fría es historia, que EE. UU. desaprovechó los años en que fue la única superpotencia, y hoy no existe nada en su reemplazo para la conducción del mundo, presenciándose la superioridad de la geopolítica como también el colapso de las reglas que se habían establecido después del fin de la segunda guerra mundial.

El grupo de dos, el G-2, es también necesario en un mundo donde, a pesar de lo que Xi dice, China y EE. UU. no son socios, sino claramente rivales para el cetro de la principal superpotencia del siglo XXI. Al respecto, no tengo dudas que establecer un sistema para manejar la actual rivalidad y competencia entre China y EE. UU. es la única y mejor forma de acercarnos a lo que Xi quiere: “Nuestra relación debe caracterizarse por la cooperación como eje principal, una competencia dentro de ciertos límites, diferencias manejables y perspectivas de paz”, se lee por escrito a Xi en declaraciones publicadas por la agencia estatal Xinhua antes de la reunión con Trump.

Para superar la Trampa de Tucídides, aquella expresión popularizada por Graham T. Allison al citar al historiador y militar de la Grecia clásica de ese nombre, el cual escribió lo que ocurrió cuando el ascenso de Atenas en conjunto con el temor que esto le ocasionó a Esparta hizo inevitable la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.). Allison estudia 16 casos en la historia donde una potencia emergente desafía a la potencia consolidada y concluye que 12 de ellos acabaron en guerra.

Xi Jinping ha citado a esta Trampa en dos ocasiones seguidas, en la visita de Trump en mayo y en la suya ahora el 23 al 25 de septiembre, algo poco usual en una persona poco amigo de las declaraciones para el exterior. El jerarca chino ha escrito que se necesita “forjar un nuevo modelo de relaciones entre las grandes potencias”.

Al respecto, creo que el camino es lo que lograron soviéticos y estadounidenses en la guerra fría, encontrar intereses comunes. Para ellos fue representado por la limitación del armamento atómico y la Détente, tanto que es una de las pocas oportunidades en la historia en que dos potencias iguales en lo militar a las que todo separaba no terminaron en enfrentamiento directo, por mucho que hayan patrocinado guerras por terceros países.

Como no se advierte que aparezca un tercero en discordia, sino que al parecer no existe hoy alternativa para el G-2, para ordenar este mundo donde en general hace falta más previsibilidad en las decisiones y mayor estabilidad en las relaciones entre China y EE. UU., ambos necesitan antes encontrar intereses comunes, temas donde ambos ganan, como podría ser la IA.

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