Con la paulatina liberación de los puertos al comercio exterior a lo largo del siglo XVIII, que en Tarifa favorece especialmente la conexión con Marruecos y Ceuta, surge y se desarrolla una nueva tipología de edificación: las torres miradores. Estas esbeltas construcciones sobre las cubiertas tenían la función de mantener cierto control del tráfico naval del Estrecho, bien por el interés general o por intereses mercantiles particulares, además de ser representativas de la riqueza del propietario. Obviando alguna posible obra efímera o miradores con cubiertas a cuatro aguas que se advierten en fotos antiguas, como en la serie que hiciera Jean Laurent hacia 1870, las primeras torres miradores de Tarifa se construyeron integradas en las nuevas mansiones que surgen en la primera mitad del siglo en el entorno de la calle de Ntra. Sra. de la Luz y la plaza de San Hiscio, por ser entonces la principal vía y el núcleo dinamizador de la ciudad. En la segunda mitad del siglo XVIII, los nuevos potentados también preferirán los puntos más elevados y mejor posicionados del barrio de la Almedina. Se imponen las cubiertas planas con terraza y torres miradores, composición habitual en las ciudades costeras de Cádiz.
En el caso de Tarifa se sitúan siempre en las crujías traseras y su desarrollo, integrado en el diseño palaciego, corona la construcción con elegantes merlones y remates barrocos. Estas torres perduran en la capital gaditana hasta su prohibición según normas dictadas por la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, que buscan desplazar los esquemas y elementos del barroco y dar entrada a los del neoclasicismo, y que son recogidas por las Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Cádiz de 1796, donde se prohíben por el temor a que se desplomasen durante algún seísmo. Desconocemos si este ordenamiento se hizo extensivo a Tarifa, pero la construcción de la torre mirador que consideramos la más reciente, la de calle Ntra. Sra. de la Luz 11-13, no es posterior a esa fecha. Su estilo arquitectónico la señala como la última torre mirador que se construye en Tarifa. Estas torres miradores tarifeñas guardan gran similitud formal y también cronológica con el campanario de San Francisco, pero no tenemos fechas ciertas documentadas y deducimos su evolución cronológica a partir del desarrollo de las trazas de las cresterías en los dos ejemplos más significativos, el mirador del palacio de Marcos Núñez Temblador, plenamente barroco, y el de Ntra. Sra. de la Luz 11-13, cuyos antepechos mixtilíneos de remates y merlones se construyen según la moda francesa que es el estilo rococó.
Al igual que en Cádiz, estos miradores estaban en Tarifa ricamente decorados, e incluso incorporan nuevos motivos decorativos que se pueden considerar únicos. Principalmente, la decoración es esgrafiada. Uno de los ejemplos más ricos debió ser el palacio construido en 1771 por Marcos Núñez Temblador, comerciante de ganado con Marruecos, sito en calle Aljaranda 5. Aquí, palmetas y otros motivos vegetales plenamente barrocos enriquecen los remates mixtilíneos de la terraza y en la torre mirador se conserva una venera bajo una ventana y líneas verticales en las pilastras, las cuales se coronan por capiteles corintios, cambiando a una decoración en color rojo figurando roleos recercados en gris en los merlones. Estos elementos se coronan con semiesferas apuntadas de cerámica vidriada en blanco y negro, que debieron tener aún un remate por encima.
El inmueble de esta tipología menos alterado es el excepcional palacio de calle Ntra. Señora de la Luz 11-13, ya citado. En su terraza y torre, las pinturas con motivos vegetales se combinan con una elegante decoración arquitectónica en la que destacamos el uso de un léxico plenamente rococó, enriquecido con ladrillos recortados que conforman una singular decoración de estrellas y con remates de doble bola de cerámica vidriada en verde, casi todos desmontados. Sus fachadas, que están entre las menos intervenidas de la ciudad, conservan sugerentes molduras y guardapolvos en torno a los vanos, presentando sillares en las esquinas con las juntas marcadas e incluso se advierten restos de un texturizado decorativo. Es muy probable que el conjunto conserve bajo numerosas capas de cal una importante labor pictórica aún por descubrir.
Otro ejemplar, triste e incomprensiblemente desaparecido hace pocos años, era la torre mirador del inmueble de plaza Calderón de la Barca 3. Se decoraba con un distintivo motivo de ajedrezado dieciochesco en losange de tonos almagra, quizás inspirado en la fachada de la iglesia de Santiago pero con mayor formato.
Por último, decir que no solo podemos encontrar ejemplos de arquitectura pintada en el conjunto histórico tarifeño, sino que también hay ejemplos en el ámbito rural. Destacamos el caso ya publicado del Molino de la Peña. Para no extendernos más, citar que la decoración de la arquitectura productiva agrícola ha sido ampliamente estudiada en otros ámbitos geográficos, como los lagares de los Montes de Málaga, demostrándose que su conocimiento es un eficaz instrumento para la preservación de la integridad de los valores culturales.
Todavía las artes de la cal tendrán un postrer epílogo en la arquitectura tarifeña en la decoración de las fachadas a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX, con la generalización de un tipo de esgrafiado que recrea un falso despiece de sillares, a veces simulando un almohadillado y otras con relieve real, combinado con decoraciones con otros materiales, como chapados de piedra en los zócalos, molduras, mascarones o relieves, además de rejas y carpinterías. Lo podemos ver en calle Nuestra Señora de la Luz 1 y 8 o en la labor que recientemente desapareció de la fachada principal de plaza Calderón de la Barca 3, al ser picada.
En la Puerta de Jerez, tras su intento de demolición en 1868, la fachada estuvo encalada y también cubierta con un falso despiece de sillares que acompañaban al almenado historicista con el que se reinventó su fisonomía medieval. Un caso similar es el castillo de Santa Catalina, edificado en 1930 sobre los restos de una batería del siglo XIX que domina el Estrecho. Su pobre aparejo de mampostería y hormigón se recubrió con un vistoso revestimiento imitando sillares en consonancia con su estilo neogótico. También lo tuvo el interior de San Mateo, la fachada de la iglesia de Santa María o el edificio neogótico levantado a mitad del siglo XX en la zona de las corachas del castillo de Guzmán el Bueno.
Las modas decorativas harán que desde la tradición se evolucione según gustos y se incorporen materiales nuevos, como el cemento, la piedra artificial o los azulejos de producción estandarizada, antes al alcance de la élite y ahora popularizados como revestimiento de zócalos e incluso de fachadas. Pero será básicamente el higiénico encalado, ya mencionado, el que oculte y paradójicamente proteja las arquitecturas pintadas durante los siglos XIX y XX.
La justa valoración de la riqueza patrimonial que aportan los revestimientos arquitectónicos decorados es relativamente reciente, como quedó recogido en la Carta de las Ciudades Históricas: el “carácter histórico de la ciudad y el conjunto de elementos materiales y espirituales que determinan su imagen”, parte de “la forma y el aspecto de los edificios (interior y exterior), tal como son definidos por su estructura, volumen, escala, materiales, color y decoración”.
En el caso de Tarifa, su reconocimiento a tiempo hubiese concluido en una imagen muy diferente de la que ahora se ofrece, pero diferentes factores han llevado a su destrucción sistemática y generalizada. La realidad actual es que la plenitud del conjunto histórico de Tarifa ya no es recuperable, pues en el proceso de rehabilitación del mismo se adoptaron dos falsos conceptos; a la idea de que la restauración de estos revestimientos gravaba los costes de la rehabilitación, se unió una infundada imagen de lo arcaico y lo popular, identificados con el uso de la “piedra vista” o el “ladrillo visto”. El desconocimiento de la ciudadanía y la desigual aplicación de medidas correctoras por las administraciones competentes ha propiciado un expolio que continúa hoy en día.
La primera conclusión es lamentar que, tras haber permanecido durante años oculta y protegida bajo capas de cal, una herencia que, en base a los paralelos y los restos conservados, era habitual y que aporta grandes valores patrimoniales, esté desapareciendo víctima de la gentrificación que sufre la ciudad y especialmente su conjunto histórico. Debemos meditar acerca de las irrecuperables pérdidas que la bonanza económica, aparejada al auge del turismo, está acarreando, no solo al legado arquitectónico de Tarifa, sino también a los usos tradicionales y la trama social que implican.
Aunque todos los edificios de los siglos XVII y XVIII del conjunto histórico de Tarifa son susceptibles de contar con decoraciones arquitectónicas pintadas, los ejemplos visibles son escasos, como hemos expuesto en esta primera aproximación. Su riqueza patrimonial es inestimable para entender el esplendor arquitectónico de la ciudad, espejo de su historia, por lo que su conservación debe constituirse en una prioridad administrativa y es necesario sensibilizar a la ciudadanía y actores implicados, tanto privados como públicos. Queda cuidar lo que se conoce y estar atentos a lo que permanece oculto. Para ello se contempla la protección específica de las arquitecturas pintadas de carácter histórico en el Plan Especial de Protección y Reforma Interior del Conjunto Histórico (PEPRICH) de Tarifa, aprobado el año 2012, donde logramos que se consideraran en la normativa urbanística, en los siguientes términos:
Artículo 50.1 “(…) se podrán exigir estudios previos en busca de pinturas o esgrafiados, por parte de técnicos competentes, y ordenar su conservación si se consideran de valor”. Artículo 65.3 “(…) se podrá imponer la obligación de estudiar y, en su caso, mantener visibles las pinturas murales que puedan existir en fachadas o interiores”. Igualmente, su presencia se recoge en las fichas de algunos inmuebles protegidos en el Catálogo, si bien su reconocimiento no está completo en varios casos.
La recuperación de estas ornamentaciones no solo supone un enriquecimiento de un bien común como es el patrimonio histórico de Tarifa, sino que contribuye a proyectar la imagen que todos deseamos de una ciudad dinámica, que se reconoce en su legado y sabe preservarlo.