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Nevaco Global
28 de agosto de 2026

Ceuta y Melilla: siglos de soberanía de España frente a la reivindicación de Marruecos

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Pocas fronteras condensan tanta carga histórica como las que separan Ceuta y Melilla de su entorno norteafricano. Desde su incorporación a la Corona de Castilla —Melilla en 1497 y Ceuta en 1580 (primero como dominio portugués bajo la Monarquía Hispánica y en 1640 bajo la Corona de Castilla)— ambos enclaves se han mantenido como plazas de soberanía española frente a sucesivas dinastías magrebíes. Una fricción que ha combinado siglos de asedios y guerras abiertas con periodos de comercio y convivencia fronteriza. Lejos de ser un simple contencioso territorial, el estatuto de las dos ciudades se ha entrelazado con cuestiones más amplias: el equilibrio de poder en el Estrecho y las rivalidades coloniales europeas.

El siglo XX supone un punto de inflexión decisivo: el Protectorado español (1912-1956) y, sobre todo, la independencia de Marruecos en 1956 transformaron una disputa hasta entonces dinástica o colonial en un contencioso bilateral entre dos Estados soberanos, con Rabat reivindicando desde entonces la "marroquinidad" de Ceuta y Melilla frente a la defensa española de su soberanía histórica.

Este artículo recorre la trayectoria de esta compleja relación entre los estados a uno y otro lado del Estrecho y que a día de hoy se mantiene con una nueva oleada de declaraciones reivindicativas en torno a la pertenencia de Ceuta y Melilla a las "fronteras naturales" de Marruecos.

El ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, ha reactivado públicamente el tradicional cuestionamiento marroquí de la soberanía española de Ceuta y Melilla.

El 12 de agosto, en una entrevista con el canal saudí Asharq, Ouahbi afirmó que Marruecos mantiene sobre la mesa la cuestión de Ceuta y Melilla y que el objetivo a largo plazo es alcanzar una solución mediante el diálogo.

Pero el 21 de agosto fue todavía más lejos. Ouahbi afirmó que Marruecos mantiene sus "derechos históricos y geográficos" sobre ambas ciudades y propuso crear un mecanismo o comisión de diálogo con España para abordar su futuro. También reclamó una "solución definitiva" que permita que Ceuta y Melilla "vuelvan al seno de la patria" marroquí.

Ceuta, de origen fenicio y luego romano, cambió de manos con frecuencia en la Edad Media por su valor estratégico. En 1415 fue conquistada por Portugal, que la convirtió en base de su expansión africana, sufriendo desde entonces un hostigamiento militar continuo por parte de sus antiguos habitantes.

Con la victoria de Felipe II en la guerra sucesoria portuguesa, el 16 de abril de 1581 fue investido rey de Portugal, y Ceuta le juró lealtad junto a otros presidios portugueses del Magreb (Arcila, Mazagán y Tánger), destinados a proteger sus rutas comerciales. La ayuda enviada por el monarca castellano tras la derrota portuguesa de Alcazarquivir, y la conservación de las leyes e instituciones ceutíes a través del Consejo de Portugal, favorecieron esta adhesión. El hostigamiento contra la ciudad continuó, sumándose ahora las pretensiones inglesas en el Estrecho.

El intento del Conde-duque de Olivares de imponer la "Unión de Armas" provocó levantamientos en Portugal y, en 1640, la proclamación del duque de Braganza como rey rival, iniciando la guerra de la Restauración (1640-1668). Ceuta permaneció fiel a la Corona castellana, recibiendo el título de "Noble y Leal" y viendo respetados sus fueros. Su integración de hecho en Castilla se produjo en 1649, formalizándose jurídicamente en 1656 mediante la Carta de Naturaleza, que otorgó a los ceutíes los derechos de súbditos castellanos conservando sus privilegios previos. El Tratado de Lisboa, en 1668, reconoció internacionalmente a Ceuta como plaza castellana. A diferencia de otros presidios norteafricanos, Ceuta tenía condición jurídica de ciudad al albergar población civil permanente.

Melilla estuvo abandonada durante un par de siglos por los conflictos territoriales, tras pasar por dominio romano (Rusadir), vándalo y bizantino. En época de Abderramán III fue tomada por una flota andalusí, quedando vinculada al califato. Pero volvería a ser abandonada tiempo antes de la llegada de los castellanos por conflictos territoriales entre Fez y Tremecén.

Los castellanos la ocuparon en 1497, dentro de los planes de los Reyes Católicos de extender la "Reconquista" al Magreb en busca de la Hispania Transfetana, política abandonada después por el esfuerzo que suponía mantener a la vez los frentes de América, Italia/Europa y África. Desde entonces, la presencia castellana se limitó a sostener presidios en la costa berberisca para controlar el Estrecho, combatir a los corsarios y prevenir una invasión musulmana. Melilla fue administrada primero por la Corona y la casa de Medina Sidonia, que renunció a sus derechos en 1556; fue una plaza esencialmente militar, aunque con población civil residente.

Como Ceuta, sufrió durante siglos el hostigamiento de los reinos musulmanes y los cabildos locales, destacando los intentos de conquista de ambos enclaves durante el sultanato de Muley Ismael (1672-1727). Tras su muerte, sus sucesores siguieron intentando expulsar a los castellanos, y en el siglo XVIII Ceuta sufrió dos grandes sitios (1732 y 1757), tras los cuales ambas plazas vivieron una relativa calma, solo alterada por incursiones de los cabileños.

A mediados del siglo XVIII cambió la dinámica entre ambas orillas del Estrecho. El ascenso de Mohamed III (Mohamed Ben Abdellah) en 1757 y la coronación de Carlos III en 1759 propiciaron un acercamiento: ambos monarcas, influidos por el espíritu ilustrado, buscaron superar el fanatismo religioso y la xenofobia, mientras España, incapaz de sostener indefinidamente el coste de la guerra y presionada por el creciente peso británico tras la toma de Gibraltar, veía necesaria la distensión. Las negociaciones culminaron el 28 de mayo de 1767 con el primer tratado de paz y comercio hispano-marroquí.

Aun así, la cuestión de las plazas españolas (Ceuta, Melilla, el peñón de Vélez de la Gomera y Alhucemas) dificultó consolidar la paz. El abandono portugués de Mazagán en 1769 —último enclave luso en la región— dejó a España como única potencia europea con posesiones en el Magreb y reforzó las aspiraciones de Mohamed III de expulsar a los cristianos. Entre 1774 y 1780 tuvo lugar una nueva guerra; tras su fin se retomaron las relaciones, alternándose desde entonces periodos de paz y conflicto, con la presencia española en los enclaves como motivo de fricción constante, reivindicación que se mantuvo pese a los cambios de dinastía en Marruecos. El 1 de marzo de 1799 se firmó un nuevo acuerdo que ratificaba los anteriores, reconociendo los límites de Ceuta fijados en 1782 y el compromiso del sultán de contener a las cabilas.

En el siglo XIX los conflictos continuaron: en 1844 estalló una crisis por la detención y asesinato de Víctor Darmon, vicecónsul español en Mazagán; en 1848 España ocupó las islas Chafarinas, movida en parte por el temor a que Francia —en plena expansión colonial en Argelia— se adelantara. El hostigamiento persistente de las cabilas, pese a los tratados, desembocó en la Guerra de África, primer conflicto en el que un ejército español cruzó el Estrecho para invadir el sultanato. En la segunda mitad del siglo, Melilla comenzó a ampliarse para alejar a la población del alcance de la artillería en caso de ataque, lo que generó numerosos incidentes con las autoridades marroquíes y las cabilas locales, aunque su gran expansión urbana llegaría ya a finales del XIX y principios del XX.

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