La vitivinicultura acumula 41 meses en rojo y el precio que recibe el productor cayó un 30%
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La vitivinicultura continúa atravesando una situación crítica dentro del mapa de las economías regionales argentinas. El último relevamiento del Semáforo de Economías Regionales elaborado por la Confederación Intercooperativa Agropecuaria Limitada (Coninagro), correspondiente a junio de 2026, volvió a ubicar al complejo de vino y mosto en rojo, una condición que se mantiene desde enero de 2023 y que ya acumula 41 meses consecutivos. El dato coloca a la actividad entre las cadenas productivas que enfrentan los períodos más prolongados de deterioro.
El semáforo elaborado a partir de los indicadores de negocio, producción y mercado muestra que el principal problema de la cadena vitivinícola continúa concentrándose en el componente de negocio. En junio, el precio promedio pagado al productor fue de $255 por litro, lo que significó una caída interanual del 30%.
La pérdida resulta todavía más significativa cuando se observa la evolución a precios constantes: el promedio histórico se ubica alrededor de $763 por litro, por lo que el valor actual se encuentra muy por debajo de los niveles registrados durante los últimos años.
La situación del precio en origen es uno de los principales factores que explican la permanencia del vino y el mosto en la zona roja del semáforo. El informe advierte que, en las economías regionales que permanecen durante períodos prolongados en esta categoría, los precios recibidos por los productores tienden a quedar rezagados frente a la inflación y al aumento de los costos operativos. Esa dinámica deteriora la rentabilidad y, con el tiempo, puede trasladarse a los indicadores productivos y comerciales.
El deterioro también aparece en el componente productivo. La superficie destinada a la vitivinicultura se ubica actualmente en 196.000 hectáreas, frente a las 200.000 hectáreas del período previo. Esto representa una reducción del 2% en el área productiva.
A ese retroceso se suma el comportamiento de la vendimia 2026, que registró una producción de 18,4 millones de toneladas, según los datos incluidos en el relevamiento. El volumen implica una disminución del 7% respecto de la campaña anterior, profundizando las señales negativas que presenta la actividad.
El dato productivo adquiere relevancia porque la vitivinicultura no solo enfrenta un escenario de precios deprimidos en origen, sino también una reducción de la superficie cultivada y del volumen producido. La combinación limita la capacidad de recuperación de la cadena y refuerza el cuadro de deterioro que viene mostrando desde 2023.
El mercado interno aporta otra señal negativa para el sector. La proyección para 2026 ubica el consumo de vino en 14,8 litros por habitante al año, un nivel que representa una caída del 8% respecto de los 16,1 litros registrados durante el año anterior.
La reducción del consumo interno constituye otro elemento que condiciona a la cadena, particularmente porque afecta uno de sus principales destinos comerciales. Menor demanda significa mayores dificultades para colocar la producción y limita la posibilidad de recomponer precios en origen.
El retroceso no se limita al mercado doméstico. Las exportaciones vitivinícolas totalizaron US$959 millones, con una disminución del 5% interanual. Al mismo tiempo, las importaciones alcanzaron los US$40,5 millones, lo que significó un incremento del 19% frente a los US$34,1 millones del período anterior.
Aunque la balanza comercial continúa siendo ampliamente favorable para la actividad, el comportamiento de las exportaciones evidencia que el frente externo tampoco está logrando compensar el deterioro de los demás indicadores. La vitivinicultura exportó menos mientras las compras externas crecieron.
La situación actual adquiere mayor dimensión cuando se observa la evolución histórica del Semáforo de Economías Regionales. De las 19 actividades analizadas, ocho permanecieron en rojo durante más de la mitad de los meses relevados. La vitivinicultura encabeza ese grupo: estuvo en rojo durante más del 72% del período analizado, por encima de la actividad lechera, que registró un 64%, y de las cadenas arrocera y citrícola, ambas con 63%.
El dato más contundente es la duración de la crisis actual. La vitivinicultura lleva 41 meses consecutivos en rojo, desde enero de 2023 hasta junio de 2026. Se trata de más de tres años continuos en situación crítica, un período que supera ampliamente el registrado por la mayoría de las economías regionales.
Además, la participación del productor en el precio final refleja otra de las dificultades estructurales de la cadena. En mayo de 2026, el productor vitivinícola recibió apenas el 13% del precio final que paga el consumidor, frente a un promedio histórico del 24%. La diferencia alcanza los 11 puntos porcentuales, la mayor registrada entre los productos regionales analizados en este indicador.
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