La guerra y la paz
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El planeta entra en la era del hambre permanente. Fuente imagen: Pixabay.
Durante años, las grandes crisis alimentarias aparecían en los informativos como episodios excepcionales. Una sequía devastadora en el Cuerno de África. Una guerra que arrasaba una región concreta. Una hambruna que movilizaba a gobiernos y organizaciones internacionales. Después, al menos sobre el papel, llegaba la recuperación.
El último Informe Global sobre Crisis Alimentarias, elaborado por una coalición internacional de organismos humanitarios y de desarrollo, dibuja un escenario mucho más inquietante: el hambre ya no responde a una sucesión de emergencias aisladas, sino a la acumulación de crisis que se superponen y se prolongan en el tiempo. El documento cifra en 266 millones las personas que sufrieron niveles elevados de inseguridad alimentaria aguda en 47 países y territorios durante 2025, mientras que 1,4 millones se encontraron en condiciones consideradas catastróficas en lugares como Gaza, Sudán, Yemen, Haití, Malí o Sudán del Sur.
El informe constata que el hambre aguda se ha duplicado en la última década y que, por primera vez en la historia de esta publicación, se declararon dos hambrunas en un mismo año: Gaza y Sudán. Dos conflictos distintos, dos continentes diferentes y una misma conclusión. Lo que antes se consideraba un riesgo extremo empieza a convertirse en una posibilidad recurrente.
La imagen de fondo es la de un planeta que encadena golpes sin tiempo para recuperarse del anterior.
La guerra sigue siendo el principal acelerador del hambre. Lo era hace diez años y continúa siéndolo hoy. Pero algo ha cambiado. Los conflictos actuales duran más, afectan a más población civil y se entrelazan con otros factores que agravan sus consecuencias.
Sudán es probablemente el ejemplo más brutal. Desde el estallido de la guerra entre el Ejército regular y las Fuerzas de Apoyo Rápido en abril de 2023, más de 14 millones de personas han tenido que abandonar sus hogares, según datos de Naciones Unidas. Buena parte de las zonas agrícolas del país han quedado destruidas o inaccesibles, mientras las organizaciones humanitarias denuncian obstáculos constantes para distribuir ayuda.
Gaza ofrece otro retrato de la misma realidad. El bloqueo de suministros, la destrucción de infraestructuras básicas y el desplazamiento masivo de población han provocado una crisis alimentaria sin precedentes recientes en el enclave palestino. Allí, el hambre no surge por falta de alimentos a escala global. Surge porque la guerra impide que lleguen.
La combinación de conflicto y colapso institucional también golpea con fuerza en Haití, donde las bandas armadas controlan amplias zonas del país; en Yemen, atrapado desde hace años en una guerra enquistada; o en regiones del Sahel donde la violencia yihadista convive con la debilidad de los Estados.
El problema es que estas crisis ya no terminan cuando dejan de ocupar titulares. Permanecen. Se cronifican. Y acaban formando parte del paisaje.
Durante mucho tiempo se analizó el cambio climático como un multiplicador de riesgos. Hoy empieza a funcionar como una amenaza directa.
Las sequías que afectan al Cuerno de África ofrecen una muestra clara. Somalia lleva años encadenando temporadas de lluvias insuficientes. En algunas regiones, las cosechas han desaparecido repetidamente y millones de cabezas de ganado han muerto por la falta de agua. Lo que antes era una mala campaña agrícola se ha convertido en un fenómeno recurrente.
Kenia también afronta dificultades crecientes en sus zonas más áridas. Y la situación no se limita a África.
Según la Organización Meteorológica Mundial, 2024 fue el año más cálido registrado hasta la fecha, prolongando una tendencia que está alterando patrones de lluvias, aumentando fenómenos extremos y reduciendo la capacidad de recuperación de comunidades enteras. Cuando una familia pierde una cosecha, puede resistir. Cuando pierde tres consecutivas, las opciones se reducen drásticamente.
Las consecuencias aparecen después en los mercados locales, en el precio de los alimentos básicos y en las tasas de desnutrición infantil.
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