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La cerámica castellonense ha vuelto a demostrar una capacidad de resistencia que pocas industrias europeas conservan. El balance de 2025 elaborado por Deloitte y recogido por Mediterráneo confirma que el sector no solo ha soportado un contexto internacional especialmente adverso, marcado por los aranceles de Estados Unidos, las tensiones geopolíticas y la incertidumbre energética, sino que además ha mantenido márgenes sólidos y un importante esfuerzo inversor. Y esto es digno de resaltar. En una actividad sometida a una competencia feroz, conservar músculo financiero mientras se invierte equivale, en buena medida, a garantizar la supervivencia futura.
Sin embargo, conviene evitar entrar en autocomplacencias. Este informe, es así, refleja un sector que aguanta, pero también uno que ha entrado en una nueva fase donde las reglas del juego han cambiado de manera estructural. La rentabilidad continúa siendo elevada en términos históricos, pero ya aparecen señales que invitan a la cautela: aumento del endeudamiento, presión regulatoria creciente y dependencia de factores externos sobre los que las empresas apenas tienen capacidad de influencia.
El azulejo ha logrado sostener su posición gracias a una combinación de flexibilidad comercial, capacidad exportadora y adaptación tecnológica. La inversión en eficiencia energética y descarbonización revela que el sector ha entendido antes que otros que la competitividad ya no depende únicamente del precio o de la calidad del producto. Hoy también se juega en el terreno energético, medioambiental y regulatorio, que no es poca cosa. Y ahí Europa obliga a competir con una mochila mucho más pesada que la de otros mercados emergentes.
Ese es precisamente uno de los grandes debates de fondo. Mientras la Unión Europea endurece exigencias vinculadas a emisiones y sostenibilidad, productores como India ganan terreno con costes mucho más bajos y marcos regulatorios incomparablemente menos estrictos. El riesgo no reside tanto en una sustitución inmediata del producto castellonense, todavía fuerte en cuanto a valor añadido y diseño, como en la erosión progresiva de determinados segmentos del mercado internacional. La amenaza no es repentina; es lenta, constante y acumulativa.
Además, el contexto energético sigue siendo una losa. La dependencia del gas continúa condicionando buena parte de la competitividad del clúster cerámico por la ausencia de alternativas tecnológicas lo suficientemente maduras. Cualquier tensión internacional capaz de alterar el suministro o disparar los precios vuelve a colocar al sector en una posición vulnerable. La diferencia respecto a crisis anteriores es que ahora las empresas llegan más preparadas, con procesos más eficientes y una mayor cultura de adaptación. Pero eso no elimina el problema de fondo.
La fotografía que nos deja 2025, por tanto, es compleja. La cerámica de Castellón ha resistido mejor de lo que muchos anticipaban y conserva fortalezas evidentes: capacidad exportadora, inversión, innovación y experiencia industrial. Pero el sector ya no se enfrenta únicamente a ciclos económicos o fluctuaciones de demanda. Afronta una transformación mucho más profunda, vinculada al coste energético, la regulación climática y el nuevo equilibrio geopolítico mundial.
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