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Nevaco Global
17 de mayo de 2026

El barco que nos retrata

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Hay en El desierto de los tártaros, del novelista Dino Buzzati, un mensaje para estos días. El teniente Giovanni Drogo es destinado a vigilar una remota fortaleza en los confines del imperio para ser el primero en avistar al ejército invasor y dar entonces la voz de alarma. Completamente, solo allí, donde nada tiene sentido, el lector nota cómo el miedo al Otro y al qué pasará domina esa espera inútil, absurda, paralizante. Una vida absolutamente desperdiciada. Lo pensaba estos días mientras millones de personas veían acercarse a nuestras costas un barco que nos retrata. Un espejo en parte incómodo para quienes, infectados por el virus del populismo, han puesto la fraternidad en cuarentena. Sin embargo, también nos ha devuelto un reflejo de esperanza.

Nuestra reacción ante quienes necesitan acogida urgente es un buen termómetro. A veces, si hay riesgo sanitario, emerge el reflejo temeroso del rechazo. Si hay migración, puede activarse el reflejo del cierre. Si hay pobreza territorial, aparece el conocido y egoísta mantra de «primero los nuestros». Esa indigna «Prioridad Nacional» que ahora algunos, como en nuestros peores pasados europeos, están tratando de incrustar en las mentes y las agendas mediáticas. Como si la solidaridad fuera una concesión excepcional y no una obligación democrática. Un deber cívico. Una prioridad social.

El barco, ya digo, no es una anécdota; es un síntoma. España conoce bien esta tensión. La convivencia territorial está acechada demasiadas veces por una lógica de competencia y repliegue (tan poco federal). Lo vemos en el debate sobre la financiación autonómica, en la deslealtad fiscal de algunas autonomías, en el demagógico e inhumano reparto de menores migrantes no acompañados, en la acogida de migrantes refugiados o en la respuesta a algunas emergencias. La pregunta que activan algunos no suele ser «cómo ayudamos», sino «por qué tengo que asumir yo esto». Esa postura es una señal preocupante. Refleja una solidaridad de conveniencia. Y no me refiero solo a la ideología, sino al clima de miedo que nos rodea (como espíritu de época), donde la fraternidad no solo desaparece por egoísmo o maldad, sino como derivada última del temor. Como aquel teniente perdido en los confines del imperio.

Es inevitable trazar un paralelismo con la pandemia. Durante aquellos meses (que vuelven, y vuelven, y está bien que así sea), la única verdadera fortaleza fue la fraternidad entendida como corresponsabilidad. La autoridad del gobernante no bastaba. Hacía falta confianza social. Podíamos dictar restricciones, ampliar protección, reforzar hospitales, movilizar recursos, coordinar administraciones, pero sin la responsabilidad compartida de millones de ciudadanos (y la ciencia y la entrega pública, claro) todo resultaba insuficiente. Algunos insistimos muchas veces en priorizar la protección para garantizar la seguridad con aquella idea: salir juntos o no salir. Es cierto que otros, u otras, en mitad de aquella tragedia, retrataron bien su alma política y humana al preferir el rendimiento electoral al interés general. Cañas frente a vidas: hay cosas que no pueden caer en el olvido. También vimos el rostro del populismo más irresponsable: el negacionismo de las vacunas y las mascarillas, la banalización del sufrimiento de las personas mayores, la agitación contra cualquier restricción y la explotación partidista del miedo. Y, sin embargo, nuestra sociedad formó, muy mayoritariamente, una cadena de fraternidad admirable.

Digo que en aquellos días comprendimos que nadie es una isla ni puede salvarse solo. Parecía abrirse una oportunidad (¿pasajera?) para reconstruir una cultura cívica más consciente de lo común. Así lo vimos también en la marea humana de apoyo a las víctimas de la dana. Allí donde el agua arrasó viviendas, comercios, cosechas y proyectos de vida, emergió una respuesta ciudadana admirable. La sociedad valenciana y española se volcó en la ayuda inmediata.

Ahora, con el barco, algunos han hablado de ratas nadadoras y otros reclamaban el alejamiento de la embarcación que transportaba a catorce españoles entre su pasaje. ¿Qué hubieran dicho sin viajeros nacionales a bordo? ¿Qué bajeza moral hubieran alcanzado? No es difícil imaginarlo. Y, sin embargo, España ha estado ahí. (Como antes ha estado con Ucrania, con Gaza, contra la guerra de Irán). Porque no son incompatibles la seguridad y la solidaridad. De hecho, una democracia madura es aquella que sabe gestionar a la vez la seguridad y la solidaridad. Una democracia avanzada es aquella que acoge y protege a quienes llegan vulnerables, enfermos o desamparados. Sin desentenderse.

A nivel técnico es importante ver cómo ha progresado nuestra red sanitaria en capacidad y preparación para gestionar una emergencia vírica. Sin embargo, en términos sociales, considero que es más crucial todavía si estamos dispuestos a reconocernos en el destino de los demás. Y la respuesta de España ha recibido un respaldo explícito de la Organización Mundial de la Salud. Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, no ha hablado solo de eficacia sanitaria, sino de «amabilidad» y «compasión».

Ahora que soplan vientos de repliegue identitario en este nuevo-viejo mundo de aranceles, guerras y desprecio al derecho internacional, aún es posible defender una política pública basada en la humanidad, la ciencia y el multilateralismo. Frente a quienes proponían mirar hacia otro lado, la llegada de un barco a nuestras costas ha revelado algo esencial: que es posible taponar la sobredosis de miedos, y que la verdadera fraternidad se demuestra cuando ayudar resulta incómodo. También ha visibilizado otra dimensión: que la fraternidad social sigue viva cuando el partidismo no la contamina (demasiado). No, no es aquello de solo el pueblo salva al pueblo: esa soflama la adoraba Mussolini. Es, más bien, la evidencia de que cuando se disipa la lógica de confrontación y su bronco correlato mediático queda en sordina, seguimos siendo una sociedad que no pregunta quién debe asumir el coste, sino qué hace falta y dónde. Nada de sálvese quien pueda. Nada de sospechas, miedos, desconfianzas y todas las declinaciones del individualismo.

Hay una última cuestión que ha traído el barco: si bien hemos sido solidarios de manera ejemplar como país, ¿por qué esa generosidad que aflora con tanta fuerza en la emergencia (covid, dana, hantavirus) no acaba de cimentarse después como cultura política estable? ¿Por qué la fraternidad nos conmueve en situaciones límite, pero nos incomoda en la gestión ordinaria? Estaría bien reflexionar sobre ello. Solo así podremos evolucionar hacia una democracia deliberativa que no responda al vaivén emocional de la tragedia y la emergencia, sino que sea capaz de institucionalizar la fraternidad como activo político.

PD: En el tedioso hastío de la fortaleza Bastiani, encharcado de la soledad más absoluta, el teniente Drogo «se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecen alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida». Ese es el espejismo en el que cayó el hombre que vive solo y desconectado del resto. Pero como enseña la novela, ni los tártaros eran una amenaza real (sino una leyenda para autoconvencerse de aquel absurdo de vigilar los confines del imperio) ni los años de espera tenían sentido. El miedo es un arma cargada de pasado.

Embajador permanente de España ante la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos y VI president de la Generalitat Valenciana, entre 2015 y 2023

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