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Nevaco Global
8 de agosto de 2026

Cuando el telón pesa más que el texto

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Un momento durante la representación de ‘Cómicos de Roma’. / Jero Morales / Festival de Teatro de Mérida

D icen que el teatro siempre encuentra la manera de sobrevivir a los imperios. David Mamet convierte esa vieja certeza en el corazón de Cómicos de Roma, una comedia inspirada en Plauto donde unos actores, armados únicamente con su ingenio, intentan vencer a la pobreza, al poder y al olvido. Resulta, por ello, una deliciosa paradoja que una obra concebida como homenaje a la resistencia del teatro termine convirtiéndose, en su estreno emeritense, en el ejemplo de cómo un buen texto puede perder su brillo cuando la escena no consigue acompañarlo. La obra, traducida, adaptada y dirigida por José Pascual, es el sexto montaje de la 72 edición del evento. Coproducida por Pentación Espectáculos y el propio Festival, recupera uno de los textos menos conocidos del dramaturgo norteamericano, una rareza escénica que encuentra en Mérida un marco idóneo, aunque el resultado final no termine de hacer justicia a las posibilidades del libreto.

Lejos de versionar una comedia concreta de Plauto, Mamet construye una historia original que asimila con inteligencia los mecanismos de la farsa latina. La acción sigue las peripecias de Strabo, un veterano actor cuya compañía sobrevive entre penurias, ilusiones y funciones de fortuna, hasta que una inesperada oportunidad desencadena una vertiginosa cadena de equívocos. Bajo esa apariencia festiva bulle una reflexión nada complaciente sobre el oficio del actor, la fugacidad del éxito y el teatro como refugio frente a las incertidumbres de la existencia.

La pieza posee ingenio, ritmo y un eficaz sentido del enredo. Los personajes avanzan como funambulistas sobre el hilo que separa la gloria del ridículo, mientras los diálogos conservan esa cadencia viva tan característica de Mamet. En esta ocasión, sin embargo, el autor guarda el bisturí de otras obras para dejar que sea la comedia quien ilumine las contradicciones humanas. Bajo la carcajada aflora una melancolía persistente: estos cómicos sobreviven gracias al ingenio, al engaño y a una esperanza tan obstinada como frágil. Son mercaderes de ilusiones que venden sueños mientras intentan conservar el suyo. No todo alcanza la misma intensidad. El mecanismo del enredo funciona con precisión, pero en algunos pasajes el artificio acaba imponiéndose sobre la emoción y ciertos personajes quedan subordinados a la eficacia de la trama. La sátira resulta menos incisiva que en otras piezas del autor; aquí Mamet prefiere la ironía cómplice al golpe demoledor, una elección legítima, aunque no siempre memorable.

La recuperación del texto corresponde a José Pascual, conocedor del Teatro Romano tras su anterior montaje de Aquiles, el hombre (62 edición). Su trabajo trasciende la traducción para convertirse en una adaptación dramática. El castellano fluye con naturalidad, los diálogos mantienen su agilidad y el humor nace del choque entre los personajes, evitando cualquier tentación de convertir el original en una pieza arqueológica.

Pascual renuncia al literalismo y apuesta por una lengua viva, flexible y eficaz, capaz de conservar el aroma clásico sin renunciar a la cercanía contemporánea. Puede discutirse que esa búsqueda de fluidez apenas conceda respiro a los momentos de mayor melancolía, pero la decisión resulta coherente con la naturaleza de una farsa que nunca pretende disfrazarse de tragedia. Más discutible resulta que el espectáculo consiga transmitir ese homenaje al teatro que el texto parece contener.

La puesta en escena no alcanza la altura del material dramático que la sustenta. Allí donde el libreto propone un mecanismo de precisión, el montaje avanza con una irregularidad que termina por limar el filo de la comedia. La función progresa, pero rara vez despega; el engranaje gira, aunque nunca llega a producir el vértigo que exige una farsa construida sobre el equívoco, la velocidad y el riesgo. La dirección opta por una narración funcional, correcta en la exposición, pero escasa de imaginación escénica. El universo caricaturesco heredado de Plauto queda sustituido por un naturalismo que diluye el juego teatral y desactiva buena parte de la ironía de Mamet. En más de un momento da la impresión de que el humor acerado del dramaturgo norteamericano hubiera pasado por una aduana donde le requisaron el filo y le devolvieron únicamente la mueca.

La escenografía, reducida a un estudio de teatro en un lateral y un estrado en el otro, cumple una función utilitaria, pero apenas dialoga con la monumentalidad del Teatro Romano. El vestuario tampoco encuentra un criterio uniforme y la caracterización de Strabo, concebida con una estética de diva que roza lo grotesco, provoca más desconcierto que significado. La iluminación incurre en un defecto difícilmente disculpable: en diversos momentos los rostros de los actores permanecen parcialmente ocultos. Solo la partitura musical de Marc Álvarez aporta el pulso que la representación necesita y recuerda, por momentos, el espectáculo que podría haber sido.

La resolución del desenlace resume buena parte de las contradicciones del montaje. Situar la despedida final en el interior de la valva regia priva de visibilidad a mucho público situado en los laterales del teatro. La vacilación antes de los aplausos no obedeció al recogimiento, sino a la incertidumbre. Son pequeños detalles que delatan un montaje resuelto con premura.

Las interpretaciones tampoco logran sostener el peso de la representación. Salvo Rafa Castejón, que ya conocía el escenario emeritense, el resto del reparto debutaba en el Festival. Las réplicas carecen del ritmo interno que exige la escritura de Mamet y la escucha entre los actores resulta irregular. La mayoría de los personajes dicen el texto con corrección, pero pocas veces consiguen habitarlo.

Fernando Tejero, sobre cuyos hombros descansa la función, compone un Strabo discontinuo. El personaje reclama astucia, vulnerabilidad, carisma y una inagotable capacidad para seducir con la palabra. Su interpretación de un actor homosexual oscila entre la reiteración gestual y un humor que rara vez encuentra el tono adecuado. El personaje parece buscar continuamente su lugar en escena sin llegar nunca a conquistarlo. Ninguna interpretación consigue destacar de manera significativa. La sensación final es la de un reparto profesional, pero sin la precisión, el riesgo ni la complicidad que reclama una comedia de esta naturaleza. Y es una lástima, porque el texto y la adaptación merecían un vuelo más alto.

El Teatro Romano presentó un lleno absoluto, atraído por la popularidad de Tejero y por la expectación que despertaba la producción de Pentación (compañía del director del Festival). Sin embargo, la respuesta del público distó mucho del entusiasmo esperado. Los aplausos fueron breves; más de cortesía que de convicción, y menos cálidos y prolongados que los escuchados en las obras precedentes. Y quizá ahí resida la mayor paradoja de la noche. Mamet escribió una obra sobre unos cómicos que sobreviven porque nunca dejan de creer en el teatro. El montaje emeritense, en cambio, pareció olvidar que el teatro no vive solo de un buen texto, sino de esa chispa invisible que convierte unas palabras en emoción compartida. Los imperios desaparecen, las piedras permanecen y los telones vuelven a levantarse. Pero la noche del estreno en Mérida, el telón pesó más que el propio teatro. Quizá los cómicos de Mamet consiguieron sobrevivir al Coliseo; los de Mérida, en cambio, no lograron conquistar el Teatro Romano.

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