El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante un mitin electoral, en Corpus Christi, Texas, el 27 de octubre / LAURA BRETT / EFE
Las elecciones empiezan a ganarse cuando un partido consigue que la campaña gire alrededor de los temas que más le favorecen, y en eso los demócratas ya pueden declararse vencedores. La preocupación número uno en EEUU con la que el votante acudirá a las urnas es el aumento del coste de la vida. El logro de los demócratas ha sido explicar cómo otros asuntos más abstractos o geográficamente alejados, como la guerra de Irán, los aranceles o la corrupción de la Casa Blanca, han repercutido en el empobrecimiento del estadounidense corriente.
Así, por más complejas que sean las elecciones de medio mandato, los demócratas han conseguido simplificar la campaña en una sola pregunta: ¿vives mejor o peor que cuando Donald Trump volvió a la Casa Blanca hace dos años? La respuesta provisional ha convertido a los demócratas en líderes en las encuestas previas a los comicios de este martes.
Si a otros presidentes les incomoda que estas elecciones se conviertan en un examen de su gestión, Donald Trump parece encantado de protagonizarlas. Pide a sus seguidores que voten como si él figurara en las papeletas y busca movilizarlos con la misma guerra cultural que lo llevó a la Casa Blanca en 2016, explotando la inmigración, la delincuencia y el temor a una supuesta izquierda radical.
La importancia de la política exterior pasa por su impacto en los costes energéticos y en la cesta de la compra. El ataque estadounidense contra Irán contradice la promesa de Trump de mirar hacia dentro, lo que ha molestado a un ala del partido, pero sobre todo la guerra de Irán se convierte en una cuestión doméstica cuando cuesta llenar el depósito o transportar mercancías. Trazar ese puente ha permitido a los demócratas hacer el argumento sobre lo impredecible de Trump y sobre que este actúa en base a sus propios intereses, no los de sus votantes.
También ha cambiado la denuncia del abuso de poder. Frente al mensaje más abstracto de 2024 de "salvar la democracia", los demócratas hablan ahora de combatir la corrupción y de su coste económico, contraponiendo mientras cómo los hogares pierden poder adquisitivo con el enriquecimiento del entorno presidencial. Trump declaró más de 2.200 millones de dólares en ingresos durante 2025, su primer año de regreso a la Casa Blanca, buena parte de ellos vinculados a negocios familiares de criptomonedas, según sus declaraciones financieras. Trump rechaza haber cometido irregularidades.
La economía, la sanidad e Irán figuran entre las principales preocupaciones de los estadounidenses, según Gallup, cuyo barómetro puede compararse con el CIS español. Además, los votantes expresan mayor confianza en los demócratas que en los republicanos para afrontar los costes sanitarios y el encarecimiento de la vida, según otra encuesta, de KFF. Así, ya no se trata solo de si vives mejor o peor desde que Trump volvió a la Casa Blanca, sino que se añade quién se beneficia de la gestión de Trump.
La respuesta republicana trata de llevarse el debate a su terreno: ¿qué país tendrían los estadounidenses si los demócratas recuperaran el poder? El control fronterizo, las deportaciones y la lucha contra la delincuencia son los caballos de batalla de los republicanos para reivindicar las políticas de Trump y presentar a sus rivales como incompetentes o extremistas.
La segunda vía es la guerra contra lo woke. Trump y sus aliados atacan las políticas de diversidad y los derechos de las personas transgénero, como el acceso a cirugías de afirmación de género. Sin embargo, esta estrategia no parece resultar rentable: hasta el 25 de octubre, los republicanos habían destinado 183 millones de dólares a anuncios televisivos sobre cuestiones trans, pero solo uno de cada 10 votantes las considera un asunto clave.
Los republicanos también disputan el terreno económico: defienden rebajas fiscales y prometen aliviar las cargas de familias y empresas. Así, tratan de retener el voto rural y el de comunidades como la latina, a pesar de que ambas han sufrido en primera persona estos últimos dos años. Sin embargo, su principal baza sigue siendo presentar las elecciones como un choque entre dos modelos de país, con los valores tradicionales en juego.
Pero no todos los republicanos defienden el legado de Trump. Ante este descontento, algunos candidatos han optado por hacer campaña al margen del presidente y tratar de proyectar una imagen más independiente y resolutiva. Se presentan como centristas, destacan su capacidad negociadora y sus acuerdos con los demócratas, y cuestionan decisiones del Gobierno. Quieren que los ciudadanos juzguen sus propuestas concretas, en lugar de identificarlos automáticamente con la Casa Blanca.
El aspirante republicano al Senado por Michigan, Mike Rogers, escenifica ese giro en un anuncio grabado en un pub, con una cerveza canadiense en la mano. "Tenemos que acabar con esta guerra arancelaria, ya", reclama. Promete unir a los dos partidos para rebajar los precios. El anuncio omite a Trump, impulsor de los aranceles que cuestiona, y pone el foco en los consumidores de Michigan.
Los demócratas no han tardado en responder: recuerdan que políticos como Rogers han apoyado buena parte de la política comercial del presidente y mantienen sus vínculos con él. A su juicio, ese distanciamiento es selectivo y electoral. En Maine, la senadora Susan Collins se ha ganado fama de declararse "preocupada" por iniciativas de Trump para después acabar respaldándolas. Ambos intentan tomar distancia del presidente sin romper los lazos con él.
En una sociedad polarizada, las elecciones dependerán de qué pese más: la identidad o el bolsillo. Y parece que, en la víspera de los comicios, el pragmatismo económico se impone, la pregunta es por cuánto.