Cada vez hay más gobiernos que rechazan o soslayan los planes acordados para luchar contra el cambio climático. El golpe más duro ha venido de Estados Unidos, la primera potencia mundial y segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero. El presidente Donald Trump ordenó a su país abandonar el Acuerdo de París, el tratado internacional jurídicamente vinculante sobre el cambio climático.
La UE, en pleno ascenso de la ultraderecha populista y en medio de protestas agrícolas e industriales, ha decidido suavizar las regulaciones destinadas a alcanzar la neutralidad de carbono en 2050. Alemania, en pleno reajuste de su mix energético por la guerra de Rusia contra Ucrania, ha llegado a permitir temporalmente el uso del carbón. En España, el Partido Popular ha acordado con Vox, en varios gobiernos locales, rechazar muchas de las políticas europeas del Pacto Verde.
En este contexto, parecería que son malos tiempos para la lucha contra el cambio climático. Que se apaga el consenso científico y político construido lentamente durante décadas para tratar de reducir los fenómenos climáticos extremos relacionados con el calentamiento global.
Y, sin embargo, al mismo tiempo, las guerras de Ucrania e Irán han impulsado las energías renovables frente a los combustibles fósiles. Muchos países se han dado cuenta del talón de Aquiles que supone depender en exceso del petróleo o del gas. Y esto es clave para frenar el aumento de la temperatura durante las próximas décadas.
Vista de la planta térmica de carbón en Bitola Macedonia el 15 de diciembre de 2009 / GEORGI LICOVSKI / EFE
El precio del petróleo ha subido de forma sostenida desde el cierre del estrecho de Ormuz como represalia iraní a la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel. Alrededor de una quinta parte del petróleo y el gas comercializados en el mundo debe pasar por esa franja de agua desde los países productores del golfo Pérsico.
Muchas naciones han tomado conciencia a la fuerza de que su autonomía estratégica exige diversificar su suministro aumentando la proporción de energías renovables locales, como la eólica o la solar. España ha sido ejemplo de esos beneficios: el precio de la energía ha subido menos que en otros países semejantes en parte porque el porcentaje de renovables en el mix es más elevado.
“La situación de la lucha contra el cambio climático era peor hasta el 28 de febrero de 2026. La decisión del presidente Trump de atacar Irán, que provocó el cierre del estrecho de Ormuz, supuso involuntariamente un enorme impulso para la transición ecológica”, opina para EL PERIÓDICO Jeff Colgan, catedrático de Ciencia Política y director del Laboratorio de Soluciones Climáticas del Instituto Watson, en Estados Unidos. “Las ventas de energía solar, baterías y vehículos eléctricos están aumentando en muchos lugares del mundo. Irónicamente, es posible que la competencia geopolítica esté haciendo más para favorecer la transición ecológica que todas las cumbres diplomáticas y los esfuerzos de cooperación de los últimos años”.
El índice de referencia de las energías limpias globales, el S&P Global Clean Energy Transition Index, ha experimentado un fuerte impulso y ha acumulado una revalorización cercana al 29% en lo que va de 2026, por encima del rendimiento de los índices petroleros.
La invasión rusa de Ucrania, el 24 de febrero de 2022, alteró drásticamente el tablero energético, especialmente en Europa. El gas ruso que llegaba por gasoductos empezó a ser sustituido por gas natural licuado, que se transporta en grandes barcos desde Estados Unidos, entre otros lugares. Este proceso también genera emisiones.
Pero la guerra también disparó en Europa la preocupación por la seguridad energética, y las renovables aparecieron como una solución de futuro. La Comisión Europea asegura que la dependencia del gas ruso cayó del 45% de las importaciones al 12% en 2025, mientras que la del petróleo ruso descendió del 27% al 2%. La aceleración del tránsito del gas hacia las renovables podría reducir las emisiones mundiales de CO2 entre un 1% y un 5% en 2030, según un informe de la agencia neerlandesa PBL basado en las proyecciones de la Agencia Internacional de la Energía.
“Nunca había existido una conciencia pública tan clara. Las investigaciones sobre opinión pública muestran que la población, tanto en el Norte Global como en el Sur Global, está preocupada por el cambio climático, quiere acceder a la electrificación y respalda una transición energética que contribuya también a la acción climática, siempre que se diseñe teniendo en cuenta las necesidades básicas de la ciudadanía”, valora para este diario Federica Genovese, profesora de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Oxford. “Las fuentes de energía verde nunca habían sido, al menos en principio, tan baratas y accesibles. No estamos en el peor momento de la lucha contra el cambio climático, solo en una etapa de fragmentación y reajuste. Nada está predeterminado”.
La experta sí advierte del peligro de que la crisis climática se haya convertido en un arma de guerra cultural, “especialmente dentro de la extrema derecha”.
Trump no solo sacó a su país del Acuerdo de París. También ha eliminado las limitaciones federales a las emisiones de gases de efecto invernadero de los vehículos. Además, ha revocado el dictamen científico de peligro adoptado en 2009, que sustentaba estas normativas de la Agencia de Protección Ambiental.
Sin embargo, en la mayor parte del mundo, las consecuencias del cambio climático provocan consecuencias muy concretas en las poblaciones, que exigen respuestas. Empieza a ser ante todo una cuestión material.