Los tlaxcaltecas salieron a marchar
Los tlaxcaltecas salieron a marchar para defender la soberanía nacional. La noticia resulta emotiva porque no todos los días se ve a miles de personas dispuestas a defender conceptos del siglo XIX, sino porque lo hacen desde un estado cuya soberanía es administrada por otros desde hace varios siglos. En teoría se vive en una república federal. En la vida real, México se parece a esas familias donde los hijos ya tienen su casa, coche y hasta credencial para votar, pero todavía van con la mamá cuando necesitan dinero para pagar la luz. Los estados pueden ser libres y soberanos, pero Hacienda tiene que estar de acuerdo. Tlaxcala conoce bien el asunto. Después de la Independencia libra una batalla política para no desaparecer absorbida por Puebla. La creación de esa ciudad y su consolidación como centro económico regional convierte a Tlaxcala en una especie de vecino incómodo: suficientemente cerca para depender de ella, pero demasiado orgullosa para admitirlo. Todavía hoy buena parte de la vida económica, educativa, comercial y hospitalaria del estado mantiene una relación de dependencia con Puebla. Miles de tlaxcaltecas estudian, trabajan, compran o se atienden médicamente fuera de su territorio. No es una invasión militar; es algo mucho más eficiente: una costumbre. La situación cambia cuando se miran las finanzas públicas. De cada peso que ejerce el gobierno estatal, más de 90 centavos provienen de transferencias federales. Dicho de otro modo, la soberanía local se ejerce con dinero ajeno. Por eso la marcha hace que muchos se pregunten: si todos quieren defender la soberanía, ¿hay que separarse de la Federación? Porque resulta complicado declarar la autonomía mientras se espera, cada mes, que llegue la transferencia desde la capital del país. El problema de sacar a los inversionistas Una vez lograda la independencia de la Federación, lo que sigue es revisar cómo está el capital extranjero en Tlaxcala. La propuesta es simple. Si la patria corre peligro por causas de otros países, lo lógico es buscar a los extranjeros que están en la economía local y pedirles que se vayan. En los últimos años, una gran parte de la inversión extranjera en Tlaxcala viene de Estados Unidos, sobre todo empresas del sector automotriz, metalmecánico, químico y manufacturero. Algunas empresas participan de forma directa y otras de forma indirecta. Muchos trabajos dependen de cadenas de producción que tienen su control muy lejos, en lugares donde casi nadie conoce o puede pronunciar el nombre de Huamantla. La situación cambia cuando llegan los polos de desarrollo. Se afirma que estas opciones ayudaran a traer dinero, mejorar la competencia y crear trabajos nuevos. La población recibe la noticia con alegría. Al final, nadie quiere perder la oportunidad de que llegue un inversionista y que ese inversionista pague impuestos. Aquí surge una duda incómoda. Si la soberanía significa que los extranjeros no se metan en las decisiones internas, ¿qué pasa con los parques industriales que se construyen para que vengan esas empresas extranjeras? ¿Se convierten en museos de la independencia económica? ¿Los transformaran en centros de capacitación para producir microchips con recursos estrictamente locales? La paradoja es clara. Durante años, los gobiernos de cada estado atraen inversión de otros países. Entregan la infraestructura, los incentivos, las facilidades administrativas y la mano de obra. Ahora descubren que el extranjero es una amenaza para la soberanía, pero únicamente después de haberlo invitado a pasar, ofrecerle asiento y preguntarle si desea otra taza de café. La peligrosa costumbre de recibir dólares patrióticos Después de resolver el tema con los inversionistas extranjeros, queda otro problema para la defensa de la soberanía: Las remesas. Durante muchos años, los tlaxcaltecas usan una estrategia económica que funciona muy bien. Consiste en enviar a un familiar a trabajar a los Estados Unidos, esperar algunos meses y después recibir dólares con los cuales se pagan alimentos, colegiaturas, medicinas, materiales de construcción, fiestas patronales y, en ocasiones, hasta campañas políticas. La lógica soberanista hace que se tengan que hacer preguntas difíciles. Si la influencia extranjera pone en peligro la independencia del país, entonces hay que decidir qué hacer con el dinero que cada mes llega de Chicago, Nueva York, Los Ángeles o Dallas. La respuesta coherente parecería ser el rechazo absoluto. Después de todo, resulta contradictorio denunciar la dependencia del exterior mientras se espera la notificación bancaria con la llegada de varios cientos de dólares enviados por un primo, un hermano o un hijo que trabaja al otro lado de la frontera. La medida tiene consecuencias interesantes. Hay que explicarles a miles de familias que los recursos con los que completan sus ingresos constituyen una forma de intervención económica extranjera. Lo curioso de las remesas es que tienen algo que las hace muy peligrosas: no llegan porque alguien los obligue. Nadie las exige. Nadie las negocia. Las personas que viven fuera del país envían dinero por su propia voluntad y ayudan a sus comunidades con ese apoyo económico. Tal vez por eso constituyen uno de los fenómenos más extraños de nuestro tiempo. Cientos de tlaxcaltecas abandonan la entidad porque aquí no encuentran oportunidades suficientes; después trabajan durante años en otra nación y terminan financiando parte de la estabilidad económica de la tierra que tuvieron que abandonar. Es una forma de soberanía bastante peculiar: la independencia financiada desde el extranjero. Manual para dejar de necesitar a otros La defensa de la soberanía requiere tomar decisiones importantes. Identificados los principales sospechosos: la Federación, los inversionistas extranjeros y los migrantes que envían remesas, se propone un programa integral de soberanía absoluta para Tlaxcala (PISAT). En primer lugar, hay que reducir la dependencia financiera de la Federación. Cada municipio debe arreglárselas con sus propios recursos. Si falta dinero para hacer carreteras, hospitales o escuelas, por lo menos la dignidad del territorio no cambia. Luego, ver la relación con Puebla. Por muchos años, los tlaxcaltecas van a ese lugar para estudiar, comprar, trabajar, ir al doctor o solo pasar la tarde. Esa práctica debe terminar. La soberanía comienza por quedarse en casa. Luego sigue el tema tecnológico. Resulta difícil defender la independencia nacional utilizando teléfonos diseñados en California, ensamblados en Asia, financiados por capital transnacional y conectados mediante plataformas digitales que almacenan información en servidores distribuidos por todo el planeta. Hay que volver al correo postal, transportado por mensajeros nacidos en territorio tlaxcalteca. Finalmente, se tiene que rechazar cualquier influencia de los mercados internacionales. Nada de exportaciones, inversiones, remesas o cadenas globales de suministro. Y aquí aparece el problema. Hoy, el mundo no está hecho de islas por separado. Todo depende de la conexión entre las personas y los lugares. Los países comercian, migran, invierten, se endeudan, cooperan y compiten al mismo tiempo. La soberanía no significa estar solos. Ahora la soberanía es poder elegir bien cómo ser parte de esas relaciones. Por eso quizá la verdadera pregunta no sea cómo defender la soberanía de Tlaxcala frente al extranjero. La pregunta es si hoy en día el mayor peligro para la soberanía no viene desde dentro. A veces surge de la cómoda costumbre de confundir los discursos con la realidad. Hay que marchar para poner en práctica el PISAT. La entrada Los tlaxcaltecas salieron a marchar aparece primero en La Jornada de Oriente .
