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De repente, el mundo se volvió un espacio hostil para un presidente convencido de que el momento histórico por el que atraviesa Occidente estaba hecho a su medida. Que tenga un récord de viajes al exterior es una de las señales de que Javier Milei parece sentirse más cómodo fuera de la Argentina. Pero ese mundo que lo mimaba comenzó a desmoronarse.
Primero pierde la elección su “amigo” Flavio Bolsonaro y, para colmo, huye de Brasil mientras su partido tomaba distancia de esa familia que lo había radicalizado.
A renglón seguido las urnas de Israel muestran que una amplia mayoría quiere sacar del gobierno a otro héroe de Milei: el controversial Benjamín Netanyahu. Y este martes se produjo el derrumbe que debe poner a Milei cerca del pánico: la derrota abrumadora de Donald Trump.
El presidente argentino no había terminado de digerir el resultado electoral que lo acerca a la orfandad política, cuando Paraguay comenzó a incendiarse por un desfalco financiero apocalíptico que podría reducir velozmente a cenizas la popularidad y el poder del presidente Santiago Peña, allegado ideológico cuya súbita declinación acrecienta la soledad de Milei en la región.
Pero de todos los derrumbes que lo están sacudiendo, el que más profundamente lo toca es el que comenzó a sufrir el magnate neoyorquino.
“Si yo hubiera estado en las boletas, el Partido Republicano habría tenido una victoria aplastante”. Fanfarronería burda que no sorprende en un personaje de tan grotesca arrogancia. Sin embargo, tranquilizadora, por venir de quien podía esperarse que gritara “fraude” y exigiera la anulación de la elección: Donald Trump, entre cuyos antecedentes está instigar a la toma del Capitolio para destruir el proceso electoral en el que había sido derrotado por Joe Biden, aquel 6 de enero del 2021. Un antecedente con nueve muertos, el saldo de aquella violenta asonada golpista.
Por eso resultó un alivio escuchar al magnate neoyorquino dar otra muestra boba de su egolatría. Culpando a sus correligionarios por la aplastante derrota sufrida, Trump reconocía indirectamente la victoria del Partido Demócrata.
Nadie duda en Estados Unidos y en el mundo que el derrotado fue Trump. Llevaba meses diciendo que las elecciones de medio término eran un referéndum sobre su gestión. “Imaginen que en las boletas estoy yo”, gritaba en los actos proselitistas.
Estaba claro que los norteamericanos votarían por Trump o contra Trump. Y lo hicieron en contra.
Por cierto, los oficialismos normalmente pierden la elección de medio término, el tema es la dimensión de la derrota conservadora.
Con las dos cámaras del Congreso en manos de los demócratas, el resultado de lo que la propia Casa Blanca planteó como un examen, fue un contundente aplazo.
Las razones parecen estar a la vista. Sobresale entre ellas la mal calculada guerra contra Irán y sus calamitosos resultados para la economía norteamericana y global. Sin embargo, entre las preocupación más señalads en las encuestas previas figuraba la salud de la democracia. La sensación generalizada es que Trump lleva dos años debilitando la democracia liberal.
Lo dijo The New York Times en su editorial sobre el gobierno del magnate neoyorquino. “El país comienza a deslizarse hacia la autocracia”. Según el diario, uno de los más prestigiosos de Estados Unidos y del mundo, Trump es“incompetente” y “corrupto”, además de cometer “abuso de poder”.
Es difícil saber cómo será el Trump tan duramente castigado por las urnas. Es posible que actúe como un león acorralado que lanza zarpazos al sistema que acaba de decirle “stop”. Incluso podría patear aún más fuerte el tablero internacional y generar sismos económicos todavía más que los generados por sus aranceles y su guerra. Pero también es posible que esta fuerte reacción liberal-demócrata haga resucitar al ala moderada del Partido Republicano, siendo la propia derecha de los Estados Unidos la que comience a “destrumpizarse” y a contener al caprichoso millonario que logró convertirlo en una más de sus propiedades.