Doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria en Estados Unidos
En un Estados Unidos que se pelea cada vez más -tanto con sus oponentes como consigo mismo-, no es de extrañar que las elecciones nacionales ... inminentes se hayan convertido en un espectáculo de boxeo. A un lado del cuadrilátero se encuentran los altos cargos republicanos: Kash Patel, el director del FBI; Pete Hegseth, el secretario de Defensa; J. D. Vance, el vicepresidente; y, cómo no, Donald Trump. Como Rocky cuando golpea con fuerza a Apollo Creed, se creen los pesos pesados del Gobierno federal, asestando golpes brutales contra todos los enemigos de EE UU.
En este último grupo, variable y amorfo, figuran los inmigrantes (pero no los suegros de Vance, ni los padres de Patel, ni la primera dama, por supuesto). Están los jueces de la Corte Penal Internacional. También los propios rivales políticos de Trump, como Ilhan Omar, diputada demócrata del Congreso (por criticarle, naturalmente). Para el presidente pugilista, todos merecen el golpe más directo que el Gobierno estadounidense sea capaz de asestar, en forma de deportaciones masivas, sanciones vengativas y, en el caso de Omar, una campaña de desprestigio que hace poco desembocó en el registro de su vivienda por parte del FBI.
Al otro lado del cuadrilátero, los oponentes demócratas. Desde las elecciones de 2024, han recibido una paliza brutal a manos del Partido Republicano que, además de controlar la presidencia, mantiene la mayoría tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes. Esta triple alianza gubernamental ha sido fundamental para llevar a cabo las decisiones políticas emblemáticas del segundo mandato de Trump, como los aranceles, la cancelación masiva de programas sociales y educativos nacionales e internacionales o la guerra con Irán.
En Texas, el pastor presbiteriano James Talarico subraya la creciente brecha entre los ultrarricos y los demás
La inacción del Partido Demócrata no solo se debe a su actual falta de votos, sino también a su incapacidad para ofrecer a los votantes estadounidenses un mensaje político contundente. Tal problema no es nada nuevo para los demócratas. Una de las razones principales por las que ganó Trump en 2024 fue el fracaso total del partido a la hora de transmitir sus objetivos e ideas más allá del mensaje de que «no somos Trump». Por mucho que se odie al mandamás, definirse por lo que uno no es difícilmente constituye un programa político atractivo. Y aún menos cuando el mensaje del grupo rival engancha tanto: «Somos ricos -y, al votarnos, tú también lo serás-».
Para aguantar en el cuadrilátero, entonces, el Partido Demócrata se ha visto obligado a cambiar de rumbo. Desde principios de este año -cuando, a raíz de la inesperada guerra con Irán, se dispararon los precios-, los demócratas se han centrado en un mensaje sencillo pero seductor: el de la asequibilidad. Mientras Trump baña en oro las paredes del nuevo salón de baile de la Casa Blanca, sus votantes ven cómo suben el coste del alquiler, los seguros médicos y el combustible. Para los demócratas, tal desconexión entre la brillante realidad dorada que vive el presidente y la que padecen sus votantes supone una gran oportunidad.
De los 100 escaños del Senado, 35 están en juego este 3 noviembre. De esos 35, hay unos siete -los de Alaska, Iowa, Kansas, Maine, Michigan, Ohio y Texas- cuyo resultado es incierto: podrían acabar tanto en manos de los demócratas como de los republicanos. Otro escaño más, el de New Hampshire, se inclina actualmente hacia el Partido Demócrata, evidencia de cómo el profundo descontento nacional con los elevados precios puede alterar el rumbo de los Estados tradicionalmente considerados republicanos.
El Partido Demócrata no ha sido capaz hasta ahora de ofrecer a los votantes una alternativa política contundente
En la Cámara de Representantes, los 435 escaños están en juego, ya que, a diferencia de los senadores -que tienen un mandato de seis años-, los congresistas se eligen para un periodo más corto, dos años. De todos estos escaños, hay unos 43 que se consideran disputados, entre ellos los de varios distritos electorales de California, Nueva York, Ohio y Texas.
Así, los demócratas se han esforzado por poner en el cuadrilátero a candidatos ganadores. En 2024 aprendieron a base de golpes cuáles eran las consecuencias de seguir apostando por Joe Biden. Resultó que a los votantes les costaba fiarse de alguien cuyo primer mandato político empezó en 1972. Centrándose en este punto débil de su oponente, Trump -que nació solo tres años después de su entonces rival- sacó ventaja en las últimas elecciones, mientras Biden y luego Kamala Harris fracasaban en sus intentos de convencer a los estadounidenses de que el Partido Demócrata no era ni anticuado ni obsoleto.
Por ello, el Partido Demócrata está apoyando a candidatos considerablemente más jóvenes que la mayoría de los miembros del Congreso estadounidense, cuya edad media ronda los 64 años en el Senado y los 57 en la Cámara de Representantes. Entre estos aspirantes destaca un nombre por encima del resto: James Talarico. Pastor presbiteriano y profesor de profesión, Talarico nació en 1989 en Texas, donde actualmente ejerce como diputado de la Cámara de Representantes estatal. Delgaducho y pálido, a primera vista, Talarico no parece ningún peso pesado, especialmente cuando se le compara con su rival republicano, Ken Paxton. A diferencia del joven pastor, Paxton, de 63 años, es un férreo aliado de Trump y ha jurado mantener las políticas -cada vez menos populares- del presidente.
Para el joven Talarico, la principal preocupación política de Texas no debe ser el enfrentamiento entre el Partido Republicano y el Demócrata, ni entre los inmigrantes y los ciudadanos, ni entre los negros y los blancos. Para él, la división actual que atraviesa el Estado se debe a la brecha cada vez mayor entre los ultrarricos y los demás. Así, el eslogan de su campaña política, «ya es hora de tirar las mesas», hace una clara referencia a la escena evangélica en la que Jesús, enfadado con los mercaderes que ejercían en el Templo de Jerusalén, volcó sus tenderetes. Con esa misma determinación, Talarico pretende hacer responsables a los ultrarricos de Texas -entre ellos Elon Musk y el mismo Ken Paxton- de forrarse mientras los demás residentes se empobrecen.
Sigue siendo una incógnita si Talarico y los otros candidatos jóvenes demócratas se convertirán en los pesos superpesados que necesita su partido para triunfar en el cuadrilátero. Es innegable que se derramará sangre en las elecciones de noviembre; lo que queda por ver es de quién será.
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