El error europeo no fue creer demasiado en las reglas, sino pensar que pod�an sustituir al poder
Europa aborda la cuesti�n formulada en el t�tulo desde una posici�n particularmente �spera. La guerra ha regresado al continente. Rusia ha hecho de la fuerza un descarado instrumento para desbaratar el orden europeo. Ya no cabe dar por supuesta la garant�a estadounidense sobre la que descans� durante d�cadas nuestra seguridad. La prioridad inmediata es defendernos y recomponer la disuasi�n. Esa urgencia no nos exime de afrontar otra tarea menos lacerante pero igualmente decisiva: �qu� elementos sostendr�n a largo plazo nuestra prosperidad? Porque sin prosperidad tampoco habr� poder, cohesi�n social ni seguridad duradera.
Bajo la inestabilidad que recorre el mundo, late una misma quiebra: el final de aquella visi�n de avance de la humanidad hacia un mundo de prosperidad creciente y compartida. Aranceles, sanciones o restricciones tecnol�gicas han pasado a ser ejes de la seguridad econ�mica; rutas y cadenas de suministro adquieren una centralidad in�dita. Se debilitan los mecanismos de confianza sobre los que la comunidad internacional teji� el intercambio.
Una de las principales conquistas de la modernidad radic� en hacer innecesaria la confianza personal en la vida mercantil. El Derecho cre� algo m�s fr�o y, a la vez, m�s potente: la seguridad jur�dica. No hac�a falta conocer a la contraparte, asumir sus valores o sentir afinidad con ella. Bastaba saber que exist�an una norma consolidada, un procedimiento previsible y una sanci�n frente al incumplimiento. La regla permite anticipar la conducta ajena sin depender de la buena voluntad de quien est� al otro lado; convierte la incertidumbre en expectativa racional.
El orden internacional construido despu�s de la Segunda Guerra Mundial traslad� esa l�gica a los lazos entre Estados. La Carta del Atl�ntico vincul� paz y prosperidad; Bretton Woods, Naciones Unidas y el sistema multilateral de comercio implantaron instituciones para sujetar el poder y reducir la incerteza. Sobre esas bases tom� cuerpo una secuencia que durante d�cadas alumbrar�a resultados sobresalientes: m�s comercio favorecer�a mayor interdependencia, esta aumentar�a los incentivos para cooperar y las reglas aportar�an predictibilidad. Acompa�� un periodo extraordinario de progreso, inversi�n y expansi�n de los intercambios.
Hoy no se resquebraja la interdependencia. Tampoco perecer� el comercio. Lo que pierde consistencia es la confianza en que la obediencia compartida a las normas baste para configurar las relaciones. Energ�a, alimentos, fertilizantes, semiconductores, minerales cr�ticos, datos, financiaci�n, rutas mar�timas o acceso a grandes mercados siempre han tenido una dimensi�n pol�tica y estrat�gica. Lo significativo es que esa dimensi�n ocupa actualmente el primer plano. Una dependencia puede mudar en vulnerabilidad, y �sta, en palanca de coerci�n. Y la pregunta del inversor deja de ser �nicamente cu�nto cuesta o cu�nto rinde. Incorpora otras: �qu� riesgo pol�tico conlleva?, �qui�n puede interrumpir un suministro?, �hasta qu� punto un nexo econ�mico puede mutar ma�ana en herramienta de presi�n?
La respuesta no puede estribar en acabar con la interdependencia. Sencillamente no es viable y cualquier empe�o en ese sentido acarrea disfuncionalidad y empobrecimiento. El desaf�o reside en preservar sus beneficios sin confundir eficiencia con ausencia de riesgo. La ligaz�n tradicional entre comprador y proveedor resulta insuficiente en sectores estrat�gicos. Se multiplican los ecosistemas: inversi�n cruzada, financiaci�n, tecnolog�a, infraestructura, producci�n coordinada y presencia duradera. En suma, uniones capaces de estimular intereses comunes y elevar el coste de una ruptura.
No es casual que esta misma l�gica estuviera latente en la intervenci�n en el hemiciclo de Estrasburgo del primer ministro canadiense, Mark Carney, el jueves. Desgran� energ�a, minerales cr�ticos, tecnolog�a, defensa y comercio como piezas de una asociaci�n m�s densa entre Canad� y la Uni�n Europea, no para levantar un nuevo bloque, sino para reducir vulnerabilidades y ganar capacidad frente a la coerci�n. La cuesti�n es �sa: �c�mo hacer que la interdependencia deje de ser ingenuidad y vuelva a convertirse en fortaleza compartida?
La regla permiti� confiar sin conocerse. El mundo que emerge demanda volver a conocerse, sin renunciar por ello a la norma. El objetivo no es sustituir la seguridad jur�dica por coincidencias pol�ticas; ser�a un retroceso. Cuando disminuye la confianza en que las reglas ser�n seguidas y aplicadas, esa seguridad jur�dica precisa una segunda capa de confianza asentada en relaciones estables. De esa doble arquitectura depender� la prosperidad global. Por eso las instituciones cobran un peso renovado en la discusi�n econ�mica. Independencia judicial, firmeza regulatoria, calidad administrativa y fiscal o capacidad para hacer respetar un contrato dejan de ser referencias gen�ricas a la buena gobernanza. En un mundo m�s incierto se convierten en activos competitivos.
Y aqu� surge una paradoja preocupante. Cuanto m�s necesitamos instituciones capaces de engendrar confianza, aumenta la tentaci�n de tratarlas como obst�culos. Desde familias ideol�gicas distintas se extiende la idea de que una victoria electoral faculta para desembarazarse de l�mites o contrapesos. El tribunal que incomoda, el regulador independiente o la prensa cr�tica se presentan como escollos a la eficacia. Confundir eficacia con ausencia de l�mites destruye aquello que la inversi�n requiere: previsibilidad.
Europa conoce este dilema. Su gesta pol�tica llev� m�s lejos que ninguna otra la aspiraci�n de poner el poder bajo el Derecho y transformar la interdependencia en v�nculo. Carb�n y acero eran recursos esenciales para la capacidad industrial y militar de Estados reci�n enfrentados. Someterlos a la autoridad del tratado buscaba hacer inviable una nueva confrontaci�n. La originalidad europea consisti� en encauzar los intereses nacionales mediante instituciones.
El error europeo no fue creer demasiado en las reglas. Fue creer durante demasiado tiempo que pod�an sustituir al poder. Externalizamos buena parte de nuestra seguridad a Estados Unidos y dimos por descontado un entorno de estabilidad que permit�a tratar la apertura econ�mica al margen de consideraciones de seguridad. Ahora necesitamos a�adir capacidad estrat�gica sin erosionar el orden jur�dico que constituye la singularidad europea.
La tecnolog�a irrumpe tambi�n en esta tarea. La inteligencia artificial est� tensionando categor�as que parec�an asentadas: propiedad intelectual, autor�a, responsabilidad o utilizaci�n de datos. La extracci�n masiva de textos, im�genes, m�sica y otros contenidos para entrenar modelos obliga a replantear qu� usos son leg�timos, qu� derechos conserva el creador y c�mo deben articularse consentimiento y remuneraci�n.
No se trata de frenar la tecnolog�a, sino de conseguir que la innovaci�n se despliegue en un marco capaz de generar confianza y evitar que quien controla los datos, la infraestructura o los modelos imponga por s� solo la regla. La fragmentaci�n es ya una realidad; administrarla ser� ineludible: diversificar proveedores, proteger infraestructuras y reducir vulnerabilidades. Pero limitarse a ello equivaldr�a a tornar la excepcionalidad en horizonte.
La tarea m�s ambiciosa consiste en relanzar la senda de prosperidad. No regresando a la globalizaci�n feliz -ese mundo no volver�-, sino levantando una arquitectura m�s exigente: normas operativas e instituciones de las que no podamos ni debamos prescindir, apuntaladas por relaciones suficientemente densas para resistir las disrupciones y canalizar la tecnolog�a sin sofocar su capacidad creadora.