México dejó de ser hace tiempo la maquila barata de América del Norte. Hoy es mucho más incómodo para Washington, ya que es el engrane indispensable de una industria automotriz que Estados Unidos ya no puede sostener solo. Por eso, cada revisión del T-MEC será también una batalla política y económica donde nuestro país tendrá que defender algo más que exportaciones; tendrá que defender su lugar en el nuevo mapa industrial del mundo.
No es casualidad que Donald Trump haya convertido a México en símbolo de la supuesta decadencia manufacturera estadounidense desde 2016. Aquella cancelación de la planta de Ford en San Luis Potosí marcó el inicio de una narrativa que todavía persiste: la idea de que México “le quitó” empleos a Estados Unidos. Pero la realidad es mucho más compleja. Lo que ocurrió fue que las armadoras globales encontraron en México eficiencia, costos competitivos, cercanía logística y capacidad técnica para producir vehículos que en territorio estadounidense simplemente serían demasiado caros.
Paradójicamente, la presión política de Washington terminó fortaleciendo la posición mexicana. Mientras Estados Unidos endurecía su guerra comercial contra China y elevaba requisitos del T-MEC, las cadenas automotrices norteamericanas descubrieron que no podían desprenderse de México sin disparar costos y perder competitividad y ahí también destaca el trabajo de la Secretaría de Economía que lleva Marcelo Ebrard. Ajustaron operaciones, movieron líneas, reorganizaron producción, pero nunca abandonaron la manufactura mexicana porque el modelo regional depende de ella.
Carlos Slim puso el dedo en la llaga en su conferencia anual, ya que dijo algo que en Estados Unidos pocos quieren reconocer públicamente: que la economía estadounidense dejó de ser competitiva en sectores industriales estratégicos como el automotriz y el acero. Los altos costos laborales, la reducción de capacidad manufacturera y la transición hacia una economía dominada por servicios han debilitado su músculo industrial. De ahí los aranceles de hasta 50 por ciento al acero y la creciente obsesión proteccionista.
Pero el dato más revelador no es el proteccionismo. Es la dependencia. Slim recordó que Estados Unidos necesita a México y también a los migrantes mexicanos para sostener sectores completos de su economía, desde servicios hasta tecnología. Y ahí está el verdadero cambio de fondo: la relación ya no es únicamente comercial, es estructural.
Claro, México todavía enfrenta un enorme desafío. Ser “el nuevo Detroit” no basta. El riesgo es quedarse atrapado como ensamblador de bajo valor agregado mientras el futuro automotriz se decide en baterías, inteligencia artificial, software y energía. Ahí se jugará la siguiente gran disputa industrial.
Porque el siglo XXI ya no premiará al país que arme más autos, sino al que controle la tecnología que los mueve.
No es una buena noticia que el movimiento de carga en el Puerto de Veracruz se haya reducido un 5 por ciento con respecto al mismo periodo de 2025. Llega en un momento particularmente sensible para la gobernadora Rocío Nahle, que ha apostado por convertir al estado en uno de los principales polos logísticos e industriales del país.
El registro contrasta con el enorme proceso de expansión portuaria que vive la entidad: la nueva aduana y las obras de ampliación buscan elevar la capacidad del puerto de 22 a 90 millones de toneladas anuales mediante inversiones superiores a 35 mil millones de pesos. Actualmente mueve alrededor de 30 millones de toneladas al año y sigue siendo uno de los nodos más importantes del comercio exterior mexicano.
La explicación está fuera del puerto: el contexto internacional ya no es el mismo. La incertidumbre por nuevos aranceles impulsados desde Estados Unidos en sectores industriales, especialmente en industrias como el acero, ha generado cautela en las cadenas de suministro y comercio marítimo.
A eso se suma la volatilidad del tipo de cambio, mayores costos de combustibles y un entorno global donde las empresas están reduciendo inventarios y retrasando operaciones logísticas.
Datos de Semar muestran que durante 2025 la actividad de carga en los puertos mexicanos cayó 8.8 por ciento, afectando, además de Veracruz, a Manzanillo, Lázaro Cárdenas, Coatzacoalcos y Altamira.
Más que una crisis portuaria, la caída parece funcionar como una advertencia temprana. Veracruz mantiene ventajas estratégicas enormes por su ubicación, infraestructura y conexión industrial, pero el escenario global se ha vuelto mucho más frágil de lo que se anticipaba hace unos meses.
El reto para el gobierno estatal será sostener el ritmo de expansión económica en un escenario donde ya no basta con atraer inversión: también será necesario resistir volatilidad financiera, tensiones comerciales y un posible enfriamiento del comercio mundial.
En tiempos donde las noticias económicas suelen centrarse en crisis o desaceleración, el caso de Cruz Azul destaca por una combinación poco común: buenos resultados deportivos y financieros.