Políticos auténticos
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7 de noviembre de 2026

Políticos auténticos

Abelardo de la Espriella, Donald Trump y otros se venden como "auténticos", pero caen en la chabacanería, escribe Catalina Uribe.

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La caricatura “He Tells It Like It Is” de Paul Noth, publicada en The New Yorker en 2016, muestra a unas ovejas mirando una valla electoral en la que un lobo anuncia: “Voy a comérmelas”. Una de las ovejas comenta complacientemente: “Dice las cosas como son”. La caricatura apareció poco antes de la primera elección de Donald Trump y me gusta para pensar el concepto de autenticidad en la política contemporánea.

La idea de un político auténtico pasó de malentenderse como verdadero a entenderse peor: como chabacán. En su primera elección, muchos seguidores de Trump celebraban que no fuera políticamente correcto, que pudiera ser sexista…

La idea de un político auténtico pasó de malentenderse como verdadero a entenderse peor: como chabacán. En su primera elección, muchos seguidores de Trump celebraban que no fuera políticamente correcto, que pudiera ser sexista y xenófobo sin dudar y que no aspirara a la virtud clásica de un gobernante. Lo celebraron por ser “él mismo”. Su estilo llegó a nuestras tristes repúblicas latinoamericanas. En Colombia, el primer copycat fue Rodolfo Hernández, su tono ordinario, sus insultos y el golpe que le dio a un concejal. Y se sedimentó en De la Espriella con frases de cajón como “no soy político, digo las cosas como son”.

Y, por supuesto, decir las cosas “como son” significa afirmar, como en el discurso del Claustro de Santa Clara, que “el wokismo es uno de los grandes cánceres que amenazan la unidad nacional y a la sociedad colombiana”. Jair Bolsonaro hizo del macho sin filtros un personaje político. En España, Santiago Abascal, líder de Vox, advirtió sobre “la invasión de nuestra patria o la islamización de nuestra sociedad” y su partido propone la “remigración masiva”, haciendo de las crueles consignas contra los extranjeros una supuesta prueba de franqueza y pureza, como la sangre pura y sin mancha de la españolidad.

¿Qué hay de persuasivo en ese “desparpajo"? Quizás un hastío mal canalizado de la norma social, de medir las palabras, de tener que pensar antes de hablar. La autenticidad ha sido convertida en un alivio mental: digo lo que pienso para evitar pensar lo que digo. Pero eso no es lo auténtico.

La autenticidad tiene que ver con algo distinto y más difícil de definir. Mark Carney, el primer ministro canadiense, nos dio una pista cuando la Unión Europea propuso una relación más estrecha con Canadá y Trump amenazó con aranceles. En lugar de caer en el algoritmo de la pelea y de decir lo predecible, explicó que estaba tratando de crear otro bloque de poder con mejores modales. Con eso mostró una voz propia. Encontró una manera persuasiva de leer el momento y de contar cómo lo que trataba de hacer tenía sentido.

Algo parecido logró Gina Hinojosa, la recién elegida gobernadora de Texas. Greg Abbott quiso imponerle el marco de la discusión sobre su supuesto exceso de progresismo. Ella respondió con un anuncio: “Mis pronombres son mamá, texana y, muy pronto, gobernadora”. Y al “demasiado progre” le contrapuso el “demasiado pobre” de quienes no llegan a fin de mes. Y sí, político, esloganudo, controversial, pero supo salirse del marco del contrincante y elegir ella el ángulo de la discusión.

La autenticidad está ligada a la situación retórica. El público tiene que creer que es uno mismo quien está hablando, pero uno no puede ser uno mismo por fuera de las circunstancias. Importan el momento, el contexto, las personas a quienes se habla y los cambios que atraviesa una sociedad. Los gobernantes no establecen formas de vida, negocian entre formas de vida para lograr algo de sentido y bienestar social. Y hay muchas formas de ser auténtico dentro de ese propósito.

Y ahí está el problema de los supuestamente auténticos, como De la Espriella, ahora que gobiernan. El lobo puede seguir diciendo las cosas “como son”, pero las cosas son de muchas maneras. La pregunta es si la confianza en el mono mensaje identitario es suficiente para el rebaño o le pasará como a Trump, que de tanto insistir en ser él mismo logró que la manada se dispersara.

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