El Volkswagen de 2030 será difícilmente reconocible frente al grupo que comenzó la década. El gigante alemán alcanzó su máximo histórico de producción en 2018, cuando fabricó más de 11 millones de vehículos y obtuvo un beneficio de 12.150 millones de euros, casi el doble del registrado el año pasado. Desde entonces, el fabricante ha entrado en una etapa de transformación profunda, marcada por la presión sobre sus márgenes, el exceso de capacidad industrial y la pérdida de competitividad frente a los fabricantes chinos. Aunque sus ingresos crecieron un 13% entre 2018 y 2025, el grupo no ha logrado convertir ese aumento de facturación en una rentabilidad suficiente para financiar al ritmo necesario la transición tecnológica. La respuesta pasa ahora por el mayor plan de reestructuración de su historia, que obligará a adelgazar su estructura y, paradójicamente, a acercarse todavía más a China.
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