El auge global de la inteligencia artificial impulsa exportaciones manufactureras mexicanas, pero con escaso valor agregado nacional. Sin política industrial, México seguirá ensamblando tecnología extranjera sin desarrollar capacidades propias de alto valor.
Publicado: 30.07.2026 - 00:12Actualizado: 30.07.2026 - 00:12
Mientras los mercados en Estados Unidos cada día parecen más escépticos sobre los prospectos de la IA como motor de crecimiento y ponen en duda las valuaciones estratosféricas de ciertas compañías, en México este boom ya está teniendo efectos positivos. El ciclo de inversión en infraestructura para IA, que hace temblar a los accionistas por su tamaño, ha sido una bocanada de aire fresco para una economía mexicana estancada..
Las cifras de comercio exterior son impresionantes. En junio, México exportó 72,551 millones de dólares, 34.4% más que hace un año, y registró el mejor semestre en la historia, con 389,723 millones acumulados.
Una lectura podría ser que el nearshoring finalmente se está materializando. Una más detallada muestra otros fenómenos en juego. En el semestre, la manufactura no automotriz creció 37.6%, mientras la automotriz —el sector que sostuvo el discurso oficial dos décadas— apenas avanzó 1%, tras tres semestres seguidos de caídas. En junio, el contraste se ensanchó: las no automotrices sumaron 49,000 millones y explicaron 88% del crecimiento total. Los datos espejo del U.S. Census Bureau lo confirman: entre enero y mayo, México vendió a Estados Unidos 63,750 millones en infocomunicaciones —servidores, equipo de red, almacenamiento—, 82% de lo que le exportamos en tecnología avanzada. Un trabajo de Michael Waugh en NBER documenta que los bienes ligados a IA ya son 23% de las importaciones de Estados Unidos y crecieron 73% desde 2023 —contra 3% del resto—, y que México y Taiwán capturan la mitad.
Este repunte es resultado directo del capex más agresivo en generaciones, que se está gastando en la infraestructura física de la IA. La inversión privada en centros de datos en Estados Unidos alcanzó 102,000 millones de dólares en 2025 —30% más que el año previo— y los grandes hyperscalers tienen presupuestados unos 750,000 millones para 2026. Wood Mackenzie proyecta que el mercado de equipo eléctrico para data centers pasará de 20,000 millones este año a 65,000 millones en 2030. Es esta demanda sin precedentes la que empuja las exportaciones manufactureras mexicanas no automotrices.
Pero, desde una perspectiva de política pública, vale la pena entender qué está pasando: los datos muestran que la parte de valor agregado que se queda en nuestro país es acotada. Banco Base calculó la correlación entre las importaciones mexicanas de chips, memorias y componentes y las exportaciones de unidades de procesamiento: 0.97. Por cada dólar de insumos que entra sale casi un dólar exportado. El 91% de esas importaciones son partes y accesorios, y todas vienen del sudeste asiático. La OCDE calcula que 34 de cada 100 dólares exportados por México son, en realidad, valor extranjero que solo pasa por aquí para reensamblarse. No estamos desarrollando una industria: estamos ensamblando la última etapa de una cadena que se diseña y captura valor en otras latitudes.
Nada de esto es novedad. En noviembre de 2022 escribí que, sin política industrial activa, terminaríamos "con algunas inversiones con empleos mal pagados concentrados en ciertas ciudades fronterizas y del Bajío" —Chihuahua y Jalisco concentran hoy 79% del sector—, y al reseñar el Plan México en enero insistí en escalar hacia semiconductores y placas de circuito impreso. El Plan lo reconoce, pero reconocerlo no lo resuelve. Si el próximo presupuesto no incluye incentivos activos a la inversión en semiconductores, energía firme para el corredor noreste-Bajío y certeza jurídica, este boom se recordará como el capítulo en que fuimos plataforma de ensamble de un ciclo que era nuestro por geografía y que dejamos pasar. Otra vez.
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