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Nevaco Global
29 de septiembre de 2026

El Divisadero - La cartograf�a invertida (Cap. 1). Bajar a tierra

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Nunca imagin� que la muerte pudiera dibujar un mapa. No uno literal, con l�neas, puntos cardinales o topograf�as medidas, sino otro: un mapa que se adentra en ella, que hunde sus se�ales como si cada tumba fuera un clavo que fija el territorio a la memoria.

A comienzos de 2005 comenc� a pensar en los cementerios como lugares donde el paisaje se detiene a respirar. Hab�a visto cruces en los caminos, animitas en las cuestas, peque�as casas?tumba en medio de pastizales helados, pero no hab�a visto todav�a que todo era parte de un mismo relato profundo y silencioso.

Fue entonces cuando apareci� una frase que no dejaba de repetirse en m�: 'desarreglo y desarraigo son la misma cosa'. No lo pens� como teor�a, sino como sensaci�n. Un presentimiento. Algo que se encend�a cada vez que ve�a una tumba torcida, una cruz vencida, un cerco roto por el viento o por los animales. Algo que me dec�a que en esos detalles estaba escrita una historia mayor. No era un mapa de superficies. Era un mapa vertical.Un mapa cavado.

Salimos al primer terreno con esa mezcla de intuici�n e incertidumbre que caracteriza a las cosas venideras. �bamos cuatro: Mauricio, gestor del proyecto, quien ten�a experiencia en estos andares y olfato para encontrar tumbas "invisibles". Francisco, arquitecto y fot�grafo, due�o de una mirada t�cnica y de una templanza que nos salv� m�s de una vez. Eugenia, embarazada, valiente y paciente compa��a, viviendo su propia aventura; y quien escribe, a cargo de un tipo de registro "de campo", acompa�ada mi peque�a hija Ema. Lo que hac�amos juntas y juntos pertenec�a a la log�stica, al registro, a subir, bajar, medir, entrevistar. Pero lo que viv�a yo, (y as� cada uno), lo que sent�a, lo que se quebraba o se encend�a, ocurr�a en soledad, incluso cuando compartimos la misma camioneta o el mismo pedazo de tierra.

Ese primer d�a, al mirar el mapa sobre la mesa, entend� que no est�bamos marcando rutas para encontrarnos con gente viva, sino con gente muerta. Y que, a diferencia de todo mapa razonable, �ste serv�a menos para orientarse que para perderse en una inmensidad "acotada".  Es aqu� -quiz� m�s que en ning�n otro lugar- que la muerte no parece ser un l�mite, sino m�s un modo de habitar.

Los cementerios, animitas y sepulturas dispersas en Ais�n funcionan como una forma de conocimiento. Para comprenderlo, no basta con leer reglamentos y ordenanzas municipales; hay que descifrar una textura cultural que se hace visible en peque�as decisiones de anta�o: la orientaci�n de una cruz, el material de una tumba, la distancia respecto al camino, la existencia o ausencia de cercos, la vegetaci�n que se saca, se permite crecer o se deja que lo cubra todo. Ais�n no tiene la monumentalidad f�nebre del norte, cuando la hay, ni las b�vedas ordenadas del centro. Tiene algo m�s fr�gil y verdadero: una conversaci�n antigua entre la muerte y el territorio.

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