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El camino hacia una angosta playa de Portinatx serpentea desde lo alto de la carretera e involucra el paso por un aparcamiento, unas escaleras de color terracota y un restaurante de lujo. Todo ello forma parte de un hotel de cinco estrellas que abrió sus puertas el pasado mes de julio y que abarca buena parte del litoral. De hecho, el acceso a la cala, de reducidas dimensiones y sin nombre, obliga a pasar por el alojamiento, inspirado en los colores y el estilo del desierto marroquí de Agafay y cuya edificación llega casi hasta la arena.
El refugio mallorquín de Robert Graves corta el grifo a un hotel de lujo que consume 20.000 litros al día
Allí, un socorrista controla, desde una silla, el mar. Es un trabajador de una empresa externa contratada por el hotel, explica al ser preguntado por este diario. Hasta hace poco, no trabajaban en Portinatx —continúa—, pero este verano la compañía tiene socorristas en tres alojamientos de alto standing de la zona vacacional. Uno de ellos es el Barceló Portinatx, ubicado a unos 20 metros de la playa.
La mayoría de los turistas que están en la cala frente al Nômade son clientes del establecimiento de lujo. Entre ellos, David, un parisino que viaja junto a su mujer y su hijo pequeño. Han venido a pasar sus vacaciones primero en una villa que han alquilado junto a unos amigos y ahora pasan cuatro días en el hotel, aunque les ha “decepcionado” un poco el servicio por el precio que han pagado.
La mayoría de las reseñas que acumula el hotel en la plataforma Booking —donde apenas alcanza una nota de cuatro puntos sobre diez— son negativas, a pesar de su alta categoría. El aparcamiento del alojamiento es exclusivo para clientes y cuenta con vigilancia —está dentro de la servidumbre de protección de Costas, que incluye algunos terrenos privados—. Sin embargo, hay que cruzarlo para llegar hasta la cala, que no cuenta con señalización pública.
Dos noches para dos personas en el Nômade Temple Ibiza, ubicado entre Cala Xarraca y Portinatx, rondan en pleno mes de agosto los 2.600 euros, eligiendo la opción de habitación más barata. En el caso de las suites con mejores vistas, el alojamiento se encarece hasta casi los 6.000 euros por pareja. A pesar de que los precios descienden levemente en temporada más baja, sobre todo a finales de septiembre, siguen estando por encima de los 1.600 euros.
La cadena fue impulsada por el empresario argentino Antonio de la Rúa —hijo del expresidente argentino Fernando de la Rúa y expareja de la cantante Shakira— después de desarrollar complejos turísticos en Tulum y Holbox (México) y ha elegido Eivissa y Madrid para iniciar su desembarco en Europa.
Su propuesta va mucho más allá del alojamiento. En la capital ocupa un edificio histórico reconvertido en hotel de cinco estrellas, mientras que en el territorio insular se ha instalado en Portinatx con un establecimiento donde la experiencia gira alrededor del bienestar, la naturaleza y la espiritualidad.
Meditación, baños de hielo, sesiones de DJ, gastronomía, programas de bienestar e incluso una lista oficial de reproducción en Spotify forman parte del universo que comercializa la marca. En su propia presentación, Nômade asegura que busca que el visitante “no solo descubra un destino, sino que emprenda un viaje de transformación personal”.
El discurso conecta con una filosofía turística muy similar a la que desde hace años utilizan numerosos establecimientos de alta gama en Eivissa y que pasa por vender una experiencia asociada a un estilo de vida muy concreto, vinculado a un hippismo cada vez más glamuroso. Nômade Temple no ha respondido a la consulta de elDiario.es. El Ayuntamiento de Sant Joan tampoco ha contestado a las preguntas de este periódico antes de la publicación de este reportaje.
En su primera temporada en funcionamiento, una asfixiante mañana de agosto, los empleados suben y bajan por las escaleras —de color tierra, que pretenden integrarse lo máximo posible en el entorno natural que las envuelve— que serpentean desde la piscina de grandes dimensiones hasta el chiringuito que precede a la recóndita cala. El camino pasa por el spa —abierto a turistas de fuera del hotel— y también por el restaurante, bautizado como 4 Fuegos y con su propio concepto.
Un camarero coloca unos cojines de grandes dimensiones en el suelo arenisco de una terraza de piedra que se alza sobre la playa. Otro trabajador acaba de recoger los mats que acaban de utilizar los huéspedes para unirse a la clase de yoga impartida por la mañana. La siguiente actividad es nocturna: un baño conjunto a la luz de la Luna, detalla a elDiario.es otra empleada.