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Las incubadoras se apagaron. Ocurrió una noche de agosto en un hospital de La Habana, cuando se detuvo el grupo electrógeno. La ciudad llevaba horas sin corriente eléctrica, como casi todas las noches de este año, y aquel viejo motor era lo único que separaba a los pacientes de la oscuridad y el calor sofocante. Cuando se paró el generador, se desplomó hasta la esperanza.
En Cuba, la respuesta a una avería así no está en un almacén de repuestos ni en un contrato de mantenimiento, sino en las manos de unos mecánicos capaces de resucitar máquinas muertas con piezas que ya no se fabrican en ninguna parte. Ese ingenio ha sostenido durante décadas al país, pero hasta los milagros se están acabando en Cuba.
Los apagones rematan lo poco que la escasez ha dejado en pie. Con el generador averiado, la vigilancia de los pacientes más frágiles la hacen médicos sin dormir, mal pagados, mal comidos y con una linterna en la mano.
Fuera del hospital, esa misma noche, La Habana está tan oscura como la boca de un lobo. Ni farolas, ni ventanas iluminadas. El mar negro que empieza en el Malecón se ha extendido tierra adentro hasta cubrir la ciudad entera, y sobre ese fondo emergen unas pocas islas de luz. Son los grupos electrógenos de un hotel que resiste o de un raro negocio con propietario solvente. Cada oasis encendido en mitad de la noche se anuncia con un motor diésel que retumba entre los soportales y rebota en las fachadas de puntal alto. De los cortes de luz no se salva nadie, ni la Embajada española en Cuba, colgada de unas placas solares insignificantes.
Lo peor es llegar a la casa a las 12 de la noche, con un calor de morirse, y que no haya corriente para poner el ventilador. Uno se acuesta y no duerme. Y al otro día, vuelta a lo mismo, con el cuerpo hecho leña. Y todo para ganar en un mes lo que cuesta un litro de aceite
Un apartamento acumula en agosto un calor que después suelta, despacio, durante toda la noche; sin ventilador, no hay tregua. Los vecinos suben los colchones a las azoteas o los sacan directamente al portal. Los ancianos se sientan en el quicio de la puerta abanicándose con un cartón, esperando el amanecer para sumarse a las eternas colas. Los niños duermen a ratos, sudando.
Rosana T., camarera de 29 años en un paladar —restaurante— de El Vedado, lo cuenta al final de su turno: “Lo peor no es el trabajo. Lo peor es llegar a la casa a las 12 de la noche, con un calor de morirse, y que no haya corriente para poner el ventilador. Uno se acuesta y no duerme. Y al otro día, vuelta a lo mismo, con el cuerpo hecho leña. Y todo para ganar en un mes lo que cuesta un litro de aceite”.
Y lo más difícil de sobrellevar no es la falta de suministro, sino su imprevisibilidad. La luz se va sin aviso y nadie sabe cuándo volverá. Pueden ser seis horas o pueden ser 40. La ciudad ha aprendido a organizarse alrededor de una hora diaria de electricidad y ese cálculo decide cuándo se cocina, cuándo se lava, cuándo se carga el teléfono y cuándo se intenta dormir.
Ni siquiera el corazón monumental de La Habana Vieja se libra ya de la oscuridad. Su cableado subterráneo la mantuvo como el último reducto con corriente, el escaparate que había que tener encendido para el visitante. Ahora también se apaga.
El origen inmediato de la crisis tiene forma de barco ausente. A comienzos de 2026, el corte de los envíos procedentes de Venezuela y México dejó a la isla al borde del colapso energético. En marzo llegó, pese a la presión de Washington, el último cargamento ruso a bordo del Anatoli Kolodkin, unas 100.000 toneladas de crudo, pero fue apenas un alivio puntual. El endurecimiento de la política estadounidense había convertido de facto el suministro de petróleo en un cuello de botella, con amenazas de sanciones y aranceles para quienes intentaran abastecer a Cuba.
Desde entonces, el horizonte se ha ido quedando sin barcos. El último crudo ruso solo dio para llegar a finales de abril, según reconoció el ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, que cifró en ocho los buques de combustible que la isla necesita cada mes para sostener la generación eléctrica y lo poco que queda en pie de la economía. El segundo envío ruso anunciado por Moscú —el petrolero Universal, sancionado por Estados Unidos y la Unión Europea— quedó a la deriva en mitad del Atlántico norte el 21 de abril y allí siguió durante semanas sin llegar a puerto.
A partir de entonces, las consecuencias se encadenan. Sin combustible no hay generación eléctrica. Sin electricidad no hay bombeo de agua y sin agua ni corriente no hay negocio que funcione ni comida que se conserve. Los apagones pudren lo poco que llega al interior de los refrigeradores de los cubanos, de modo que el hambre en La Habana no viene solo de lo que falta en el mercado, viene también de lo que se echa a perder en casa.