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Nevaco Global
1 de agosto de 2026

La IA inaugura una nueva 'guerra fría' tecnológica que ya cotiza (a la baja) en la bolsa

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Durante cuatro años, la Casa Blanca creyó haber encontrado la fórmula para contener el ascenso tecnológico chino. Primero restringió, bajo la Administración Biden, la venta de chips y circuitos integrados de alta gama de Nvidia y AMD. Con posterioridad, expandió el veto a los equipos de litografía de ASML, con presiones a sus socios europeos, y endureció los controles sobre varias de las herramientas indispensables para fabricar semiconductores de última generación. Pero la estrategia de dejar a Pekín sin acceso al hardware más sofisticado y así relegar al gigante asiático en la carrera por la hegemonía de la IA ha caído en saco roto. La aparición en la escena inversora de Kimi K3 –modelo fundacional chino de IA de última generación– ha puesto en duda la táctica americana con un giro de 180 grados en las expectativas bursátiles.

Wall Street –y bolsas como la surcoreana, la más rentable de 2025– han mostrado esta semana la debilidad del relato de que la IA es una licencia inversora exclusiva de las bigtechs de Silicon Valley. En apenas 48 horas, tres señales bursátiles han dado un baño de realpolitik a este sueño americano. El Nasdaq 100, de marcado acento tecnológico porque excluye de su indicador a las firmas financieras, retrocedió más de un 10% respecto a su máximo de junio; el SOX de Filadelfia, que engloba valores de semiconductores, acumuló una larga semana de sesiones consecutivas en descenso, y el fabricante surcoreano de chips SK Hynix, insignia de las memorias para IA llevó al Kospi a su segunda semana negra de julio por decepcionar las expectativas inversoras con sus ingresos del segundo trimestre.

En medio de nuevos latidos de tensión en el mercado del crudo por el recrudecimiento de las hostilidades en Oriente Próximo. Solo la descontada maniobra de contención de tipos de Kevin Warsh en la Fed ha aliviado algo el tsunami que, sin embargo, muestra réplicas preocupantes en la rentabilidad de los bonos del Tesoro. Aunque insufló optimismo a Wall Street para cerrar en positivo la semana y al Kospi surcoreano para remontar un 17,9% el pasado viernes y recuperar parte de su capitalización mensual perdida.

Detrás de estos movimientos telúricos subyace la aparición de Kimi K3, el nuevo prototipo de la startup china Moonshot AI, que no sólo está tuteando, como avisan métricas independientes, a las plataformas más avanzadas de OpenAI y Anthropic, sino que está obligando a inversores, reguladores y analistas a replantearse el equilibrio tecnológico mundial. Su bautismo bursátil de hace unas semanas hizo desplomarse a las acciones de varios desarrolladores chinos de IA hasta hacer perder un 8,6% en julio al índice CSI 300 del gigante asiático, la peor caída desde enero de 2016, por el temor a quedarse rezagados en la carrera tecnológica. Mientras Wall Street revisaba los rendimientos de los laboratorios americanos y Pekín reforzaba los controles a la exportación de modelos, chips y tecnología estratégica.

Moonshot ni siquiera ha debutado en los parqués, aunque prepara una OPV en Hong Kong en los próximos meses tras una exitosa ronda de financiación con inversores que ha llevado a Kimi K3, su modelo de IA, a alterar una triple percepción del mercado: la de que las restricciones tecnológicas de EEUU a los chips frenarían a China; la de que solo los laboratorios occidentales podían configurar modelos de frontera y la de que esa ventaja justificaba sus altas valoraciones bursátiles. Es decir, que una habitual reunión de captación de capital parece haber suturado la brecha de la IA china con las aspirantes a bigtechs americanas como OpenAI y Anthropic, ya con fechas de salida a bolsa en sus calendarios.

Pero la reacción bursátil por Kimi K3 ha sido solo el primer capítulo. Diez días después, debutó en el parqué ChangXin Memory Technologies (CXMT), campeón chino de memorias DRAM, que confirmó el sumo interés inversor en comprar, además de modelos de IA, valores de las cadenas de suministro chinas. Sus acciones, que se dispararon un 466% en su debut, la convirtió de forma fugaz en la empresa cotizada más valiosa del gigante asiático por el entusiasmo inversor hacia el hardware que construirá la siguiente generación de IA.

“La IA es ya un imperativo de seguridad nacional” asegura el presidente de la Comisión Nacional de IA americana (NSCAI), Eric Schimidt, y un requisito crucial para competir con China que “está reseteando las entrañas de la Defensa y de la diplomacia, de la influencia económica y del poder geopolítico simultáneamente”, matiza Ylli Bajraktari, presidente del Special Competitive Studies Project (SCSP). En un momento en el que “la frontera que separaba a la IA estadounidense de la china se acaba de diluir drásticamente”, enfatiza Mark Malek, director de inversiones de Siebert Financial, al explicar el brusco giro bursátil provocado por Kimi K3. Para Emory Tsai-Yi Wang, de otro think-tank, el DSET, “la irrupción de CXMT en bolsa la ha convertido en el campeón nacional elegido para garantizar una cadena de suministro autosuficiente”.

Malek incide en lo paradójico de esta doble puesta en escena de la IA china. Porque se produce cuando China afronta la coyuntura más compleja en decenios. Con un mercado inmobiliario que sigue en parálisis, un gasto de consumo anémico y unos capitales foráneos asumiendo un perfil prudente. Sin embargo, esa misma debilidad –precisa– “está reforzando una estrategia de luces largas que confía recursos financieros, talento científico y apoyo estatal a un reducido grupo de sectores capaces de redefinir la productividad y aportar músculo global”.

Si durante los noventa China fue la gran fábrica mundial, en la década pasada aspiró a erigirse en potencia industrial de alto valor añadido y economía de mercado, en estos años veinte busca liderar la infraestructura intelectual de la economía digital.

La réplica de EEUU a esta maniobra confirma que el desafío trasciende del ámbito comercial. Las restricciones a sus exportaciones de chips, los vetos a firmas tecnologías críticas, americanas o de otras latitudes del planeta, o el creciente escrutinio sobre las inversiones cruzadas reflejan que Washington también entiende la IA como un activo estratégico equiparable a la energía, el espacio o la defensa. Pekín impone exactamente esta misma lógica al barajar ahora prohibir que los pesos (weights) de sus modelos más avanzados se descarguen libremente en el extranjero, reforzar los controles sobre el diseño de sus semiconductores y evitar que compañías calificadas de estratégicas terminen en manos inversoras occidentales.

La carrera por la IA ha entrado así en otra dimensión. Si la primera batalla se libró por los chips y la segunda, por los modelos fundacionales, esta tercera, que acaba de emprender su marcha, decidirá los actores que modelarán los futuros estándares tecnológicos de la economía global. Y esa tercera guerra resultará más decisiva que las anteriores.

La historia reciente de la IA, pues, ha redefinido las reglas de la competencia y ha desplazado el centro de gravedad de la creación de valor. La irrupción de Kimi K3 no emprende otra revolución tecnológica, pero emprende la tercera y probablemente la más decisiva de estas contiendas.

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