La economía argentina recibió un nuevo golpe en julio. El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) registró una caída de 2,9% mensual en términos desestacionalizados, la mayor desde los meses más críticos de la pandemia, hace 6 años. El dato no es solamente una mala foto: muestra que el proceso de recuperación no encuentra fuerza y que el crecimiento continúa cada vez más concentrado en algunos sectores, sin lograr transformarse en una expansión generalizada de la actividad. Después de varios meses de comportamiento oscilante, la economía vuelve a mostrar que el problema no es solamente cuánto crece, sino quiénes participan de ese crecimiento.
Según el INDEC, el EMAE cayó 1,4% en términos interanuales en julio y acumuló un crecimiento de apenas 1,7% durante los primeros siete meses de 2026. La comparación mensual también resulta significativa: después de una suba de 0,3% en junio, la actividad se desplomó 2,9% en julio. Ocho de los quince sectores relevados registraron caídas interanuales. El comercio retrocedió 5,1%, mientras que la industria manufacturera cayó 4,6%. Entre ambos sectores restaron 1,3 puntos porcentuales al resultado general. También retrocedieron la construcción (-3,3%), la intermediación financiera (-3%), el transporte y las comunicaciones (-1,5%) y la administración pública (-1,5%).
El contraste con los sectores vinculados a los recursos naturales vuelve a ser evidente. La pesca mostró una expansión extraordinaria de 424,5% interanual, mientras que la explotación de minas y canteras creció 8,4% y la agricultura, ganadería, caza y silvicultura 0,7%. Es decir, incluso dentro de una economía que retrocede, algunos de los sectores asociados a las ventajas naturales y a las exportaciones mantienen tasas positivas. Pero esa dinámica no alcanza para compensar la debilidad de las actividades más vinculadas al mercado interno y, especialmente, aquellas con mayor peso en el empleo y en los encadenamientos productivos.
El dato adquiere otra dimensión cuando se lo contrasta con las expectativas que había planteado el propio ministro de Economía. En junio, Luis Caputo afirmó que los próximos 18 meses serían “los mejores de la historia” y que Argentina llegaría a 2027 “creciendo fuertemente” y con inflación a la baja. El problema es que, por ahora, los indicadores de actividad no muestran una aceleración sostenida sino una economía que avanza a los tumbos, con meses de crecimiento seguidos por retrocesos importantes. La caída de julio no invalida por sí sola una proyección de crecimiento hacia adelante, pero sí obliga a poner en perspectiva aquellas afirmaciones tan contundentes sobre la velocidad de la recuperación.
De hecho, para lograr un crecimiento récord, el Gobierno compite con el periodo de 18 meses que se ubica entre junio de 2009 y noviembre de 2010, donde se registró un crecimiento acumulado del 17%. La comparación es relevante porque no se trató simplemente de un rebote estadístico de un mes, sino de una sucesión prolongada de tasas positivas que permitió recuperar rápidamente el nivel de actividad después de la crisis internacional. El contraste con la dinámica actual es evidente: Desde las declaraciones del Ministro en abril, la economía se contrajo un -3%. Para lograr superar la meta del 2011 necesitaríamos crecer un 20% en total durante los próximos 15 meses.
El problema de fondo, entonces, parece ser la dificultad para que el dinamismo exportador se transmitan al conjunto de la economía. La economía puede exportar más y, al mismo tiempo, tener dificultades para generar un ciclo expansivo generalizado si la demanda doméstica permanece débil.
Ahí aparece una de las principales limitaciones del modelo actual. El sector privado enfrenta un escenario en el que todavía no encuentra suficientes incentivos para transformar liquidez en inversión productiva, mientras que el Estado, a través del mercado de deuda, funciona como un absorbente de los pesos que quedan disponibles. A pesar de tener superávit fiscal, toma más deuda de la que vence, lo que retirar pesos que podrían abaratar el crédito. El resultado puede ser consistente con la estabilización nominal y fiscal, pero no necesariamente con una expansión de la economía real.
El contraste con los sectores vinculados a los recursos naturales vuelve a ser evidente
Sin un rebote del ingreso real, del crédito y la inversión privadas o un empujón por parte de la política fiscal, muy difícilmente la economía urbana encuentre el dinamismo necesario no solo para cumplir las expectativas del Gobierno, sino con un objetivo mucho más humilde: tener un crecimiento mínimo del 2% en 2026 y 2027, como espera el mercado.
El dato de julio deja, así, una pregunta más profunda que la caída mensual del EMAE: ¿puede un modelo basado en la expansión de sectores exportadores generar por sí solo un ciclo de crecimiento para toda la economía? Por ahora, los datos sugieren que la transmisión es insuficiente. Las exportaciones pueden crecer, pero si ese crecimiento no se transforma en mayores ingresos, crédito, inversión y demanda doméstica, el resto de la economía queda esperando el derrame que no termina de llegar. Y sin esos canales, los “mejores 18 meses” todavía aparecen más como una promesa que como una tendencia observable en los indicadores de actividad.
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