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Nevaco Global
15 de octubre de 2026

Taiwán garantiza su seguro de vida con Trump a cambio de inversiones descomunales de Alaska a Arizona

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El presidente de Taiwán, Lai Ching-te (D), posando con un sombrero recibido del congresista estadounidense Michael McCaul (Iz)Oficina presidencial Taiwán

La República de China (Taiwán) hace lo posible y casi lo imposible por seguir siendo como es, que es lo mismo que decir que la democracia y la libertad deben imperar en el archipiélago.

Lograrlo y sostenerlo en el tiempo no es fácil para esta antigua provincia de la China comunista. Desde Pekín, el mensaje es siempre el mismo: más tarde o más temprano, por las buenas o por las malas, volverán a formar parte de nuestro país.

Taipéi sabe que no puede bajar la guardia, pero también que con eso no basta. Necesita un padrino con músculo suficiente que les proteja y nadie mejor que la primera potencia del mundo. Y eso es caro, muy caro.

Con el regreso a la Casa Blanca de Donald Trump, el precio por la protección se ha multiplicado, pero el dinero no es problema si ponerlo en territorio americano significa poder seguir sobreviviendo como país.

La avalancha de aranceles que el presidente de Estados Unidos impuso al mundo a los pocos días de su investidura sacudió al planeta, pero en Taipéi entendieron a la primera qué debían hacer: poner sobre la mesa cientos de miles de millones de dólares en inversiones y colocarlos sobre el terreno para abonar el lema favorito de Trump: American-made para Make America Great Again. ¿Dónde? En chips, inteligencia artificial («superinteligencia» si se quieren llevar bien con el republicano) y en plantas de energía.

Producir en Estados Unidos supone para Taiwán un incremento mínimo del 20 % que puede elevarse hasta el 50 % comparado con la misma actividad en el archipiélago. Pero lo que se pierde a corto plazo lo gana Taiwán a medio y largo al conseguir, además de seguir existiendo, asentar su relevancia geopolítica, exenciones arancelarias y un dato determinante, mantener el dominio absoluto del mercado tecnológico global.

Todos los presidentes de Taiwán han asumido la servidumbre necesaria con Estados Unidos y Lai Ching-te no es una excepción. La última decisión –aunque no es definitiva y quedan flecos– de invertir hasta 4.400 millones en un megaproyecto de gas en estado líquido, conocido como licuado (GLP), en Alaska se enmarca en esa premisa.

Donald Trump estaba pletórico con la decisión y se apresuró a anunciar que la isla del Pacífico Occidental comprará durante los próximos 20 años el 30 % del gas que resulte de esa iniciativa. Lo hizo en un mitin de campaña en Alaska para apoyar la candidatura del senador Dan Sullivan en las elecciones de mitad de mandato de noviembre, donde los republicanos tienen unos pronósticos grises tirando a negro carbón.

El Ministerio de Asuntos Económicos (MOEA) de Taiwán lo que sí confirmó es que la petrolera estatal CPC Corporation logró «avances importantes» con el promotor estadounidense para el proyecto de extracción y distribución del gas licuado, tras casi año y medio de «intensas negociaciones».

En estos dos años de Administración republicana, las «inyecciones» de dinero taiwanés en EE. UU. han sido formidables.

En marzo de 2025, en una entrevista entre Trump y el secretario de Comercio, Howard Lutinick, la joya de la corona de semiconductores de Taiwán, TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company) anunció una ampliación de sus instalaciones en Arizona de 100.000 millones de dólares.

Algo más de un año más tarde, en julio de este año, la Casa Banca y el Departamento de Comercio anunciaron otro desembolso de 100.000 millones de dólares. De este modo, TSMC alcanzó la cifra récord de inversión que, sumado a lo que ya tenía previsto, alcanza la cifra de 265.000 millones.

¿Cuál es el destino exacto de ese capital? La inversión se destinará a la expansión de los terrenos que ya tiene TSMC en Phoenix (Arizona). Allí acogerán una docena de instalaciones más de última generación de fabricación de chips y un centro de I+D.

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