Varios militares desfilan durante la Jura de Bandera del personal civil, en la plaza de OrienteEuropa Press
Aquel soleado 9 de octubre de 1976, los 430 componentes de la XXXV Promoción de la Academia General Militar, tercera época, jurábamos a Dios y prometíamos a España, besando con unción su bandera, derramar por ella y por los españoles hasta la última gota de nuestra sangre, si preciso fuera. Con un atronador «Sí, juramos», dejábamos marcado a fuego en nuestras juveniles almas un compromiso de por vida que continúa inalterable en los momentos actuales, y lo seguirá siendo hasta el final de nuestros días.
Cincuenta años después, la Promoción ha vuelto a reunirse este 26 de septiembre en el mismo Patio de Armas de la General, ya casi centenario, para expresar nuevamente alto y claro el mismo amor, la misma disposición. Y también para volver a sumergirse en ese «Espíritu de la General» que destilan sus paredes, testimonio de tantos anhelos y de tantas ilusiones. De todos ellos, estaban como presentes los 55 que por avatares de la vida nos han dejado en estos años. Digo como presentes, no sólo porque sus familiares hayan seguido su impronta acompañándonos en la formación, sino también porque su recuerdo desborda nuestros corazones, haciendo imposible que puedan caer en el olvido. Por ello, siguen teniendo, codo con codo con el resto del grupo, acceso a la misma sal y asiento a la misma lumbre. Es claro, mientras quede uno de la XXXV, habrá Promoción. No quepa duda.
Fueron duros los cinco años de formación para obtener el empleo de Teniente. Diría que incluso muy duros. Una formación eminentemente científica, doctrinal y táctica, con sus permanentes prácticas consiguientes, compaginada con una preparación física exigente y continua, y conocimientos de idiomas, de geografía, historia y derecho, entre otros. Todo ello inserto en una vida reglada por los toques militares, y por la disciplina y preparación moral. Siempre la moral.
Sin moral y disciplina no hay ejército, no en vano ya apelaba Calderón en 1650 a «Ese ejército que ves, vago al hielo y al calor» en el que «la más principal hazaña es obedecer, y el modo como ha de ser es ni pedir ni rehusar». Una moral que impele a desplegar una acrisolada caballerosidad y a un constante celo por la reputación. A ser constante y paciente; a la humildad y a la obediencia. A no contentarse con lo preciso de su deber sin que la propia voluntad adelante cosa alguna… Tantos preceptos a interiorizar y poner en práctica. Aprendizaje de un modo de vida en el que, por supuesto, no se murmura jamás ni se tolera. Y muchas otras esencias imposibles de completar aquí en su justa medida. Muy escaso el espacio para esta auténtica religión.
A partir de 1980, la XXXV Promoción se enfrentaba a su quehacer en las unidades. Ejército de Reemplazo (Servicio Militar obligatorio) con acusada contestación de una parte importante del cuerpo social. En él se aunaban soldados de todos los rincones de España, licenciados, profesionales de diverso tipo y también, lamentablemente, analfabetos o pertenecientes a familias desestructuradas con difícil futuro. En un gran número de casos, había que hacer de hermano mayor, de padre, incluso de maestro y, siempre, de Mando. En aquellas unidades se perfeccionaba, sin tiempo para errar, el ejercicio del liderazgo, ¿no decía el Decálogo del Cadete que había que hacerse querer de sus inferiores y desear de sus superiores, o es que se manda exclusivamente porque se produzca un nombramiento en un frio documento? ¡Cuánto error se aprecia en este sentido por algunos andurriales! A mediados de esa década, la OTAN. Nuevos procedimientos, nuevo lenguaje, nuevos materiales. Porque la constante necesidad de conocimiento y saber hacer ha sido una de las cúpulas bajo las que se ha desarrollado la actividad de la Promoción.
Ya a principios de los 90, la incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas, recibida con los brazos abiertos para desesperación de tantos foráneos que esperaban una cascada de conflictos de todo tipo. La XXXV iniciaba otro reciclaje con el Curso de Comandante para poder llegar a los empleos superiores, y al acceso a los cursos de Estado Mayor, Inteligencia, Logística, etc. Se sumaba también a las misiones en el exterior: en África, Centroamérica, Balcanes… En esta última, el mundo quedó sobrecogido por la violencia de que es capaz el nacionalismo excluyente. Pero parece que no aprende. No aprende.
Fueron tiempos en que la Promoción, como toda España, vivió décadas en que experimentó la pena, el horror y la impotencia, no exentos de rabia, por el terrorismo que nos asoló hasta bien entrado el siglo XXI. Y también fue testigo, por otra parte, de cómo iban constantemente a la baja nuestras unidades del Ejército de Tierra, alimentadas con un presupuesto raquítico persiguiendo lo que de manera rimbombante se llamó dividendos de defensa. ¡Cómo vendía esta frase! ¿Nos acordamos? Hubo que tirar del Decálogo del Cadete y responder a este escenario de penurias siendo valeroso y abnegado, pero el daño, aún apreciable y siempre a mi modesto juicio, fue catastrófico.
Con el inicio del siglo XXI, Ejército exclusivamente profesional. Continúan las misiones en el exterior, y las propias de territorio nacional. Largas ausencias respecto de las familias, hijos que han crecido sin la presencia del padre o de la madre. Guerra en Irak, en Afganistán. Sí, lo de Afganistán fue una guerra, no nos confundamos, y no dejemos que nos envuelvan, en este caso y en otros similares, los cantos de sirena de consideraciones que han tendido a enmascarar en algunos casos más que evidentes, por razones de lo más espurias, a la realidad del empleo que se ha hecho de las Fuerzas Armadas.
Ya en los últimos tiempos, la XXXV Promoción de la AGM ha proporcionado también a aquellas en general, y al Ejército de Tierra en particular, una aportación significativa a sus más altas esferas, tanto a nivel español como de la OTAN. Y a las del Ministerio de Defensa, y a instituciones como el Senado y Comunidad Valenciana, por citar unas muestras. Sólo son ejemplos. Ello sin olvidar a otros contextos, con una amplia representación que va desde ingenieros en labores directivas en diversas empresas civiles hasta cooperantes solidarios. No en vano fueron educados en aquello de «tener amor a la responsabilidad y decisión para resolver», algo que por elemental que pudiera parecer escasea tanto hoy por nuestra geografía.
Recordando que los componentes de la XXXV Promoción estamos en situación de retirados, pero no cancelados del amor a España, no puedo finalizar sin dejar de referirme a la situación que se está viviendo en una parte de nuestro territorio nacional, la cual sufre hace ya casi dos meses de «una violación, un ataque a la integridad territorial de España», según palabras iniciales del actual presidente del gobierno, luego cambiadas hacia otro derrotero. Ello, en un clima de constantes presiones y amenazas sobre dicha integridad por parte de una potencia extranjera. Es momento de gente recia y responsable a todos los niveles. A todos. Y eso de desplegar a unidades militares prácticamente indefensas, sin reglas de enfrentamiento claras, y sin el más mínimo conocimiento de quien te ataca, no se ha visto al menos en los últimos cincuenta años aquí referenciados, que sepamos. No es esto, no es esto, que diría Ortega. En absoluto desacuerdo, que dice quien esto firma.
Con mi especial reconocimiento y ánimo a la población de Ceuta, que está viviendo una situación de inseguridad y angustia desconocidas por aquellos lares desde tanto tiempo ha; y a los militares que están pasando por esta «novedosa situación», tan peligrosa para su integridad física y anímica; sin olvidarme de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado allí empeñadas en tan escaso número. Y con mis deseos de que la XXXV Promoción de la Academia General Militar siga sirviendo a España durante muchos, muchos años más, allá donde le tocare a cada uno.
Jacinto Romero Peña es Coronel (Ret.) del Ejército de Tierra.