Volver a la edición
Nevaco Global
10 de septiembre de 2026

La multipolaridad bajo el imperio del derecho internacional

Cargando análisis estratégico...

En Ginebra, un experto de Naciones Unidas llama a encauzar la redistribución mundial del poder mediante la Carta de la ONU. Denuncia la normalización de las sanciones unilaterales, los aranceles y las presiones ejercidas contra las instituciones internacionales.

La multipolaridad se ha convertido en un hecho. La cuestión es saber en qué marco se desarrollará. Al presentar su último informe ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, George Katrougalos, experto independiente sobre la promoción de un orden internacional democrático y equitativo, advirtió sobre la fragmentación geopolítica y la multiplicación de las medidas coercitivas unilaterales. Según él, estas dinámicas no solo modifican las relaciones de fuerza entre los Estados: también debilitan los principios sobre los que se funda la Organización de las Naciones Unidas.

El experto propone pensar la multipolaridad no como un simple reparto del poder entre varios centros rivales, sino como una realidad que debería quedar “integrada” en el derecho internacional, el multilateralismo y los derechos humanos. Esta noción de una multipolaridad “integrada” —embedded multipolarity— busca responder a una contradicción cada vez más evidente. El mundo ya no se organiza alrededor de una única potencia dominante, pero la pluralidad de actores tampoco garantiza por sí misma una mayor igualdad, cooperación o justicia.

«Vivimos en un mundo multipolar —declaró Katrougalos—. El desafío no consiste en saber si el poder está distribuido entre varios actores, sino en determinar si esa diversidad de poder se ejerce dentro del marco multilateral de las Naciones Unidas y permanece sujeta a sus reglas». La fórmula resume el dilema: la multipolaridad puede favorecer un mayor equilibrio internacional, pero también puede transformarse en una competencia generalizada entre potencias, cada una de las cuales reivindica el derecho a imponer sus normas, sus sanciones y sus prioridades.

El informe presentado en Ginebra describe lo que el experto califica de «patrón de unilateralismo coercitivo». Aranceles, sanciones financieras, restricciones comerciales y prohibiciones tecnológicas son utilizados cada vez con mayor frecuencia para ejercer presión política sobre Estados considerados adversarios o desobedientes. A menudo se presentan como instrumentos pacíficos, en oposición al uso de la fuerza militar. Sin embargo, sus consecuencias pueden ser graves, especialmente cuando las medidas adoptadas por una potencia se extienden a empresas, bancos e instituciones de terceros países.

Esta lógica pone en cuestión varios principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas: la igualdad soberana de los Estados, la no intervención en los asuntos internos y el arreglo pacífico de las controversias. Al privar a determinados gobiernos de su capacidad para comerciar, acceder a financiación o elegir libremente a sus socios, las sanciones unilaterales tienden a convertir las interdependencias económicas en instrumentos de coerción.

El problema no es únicamente jurídico. También afecta directamente a la capacidad de los Estados para definir sus políticas públicas. Cuando las restricciones financieras impiden el acceso a determinados mercados, cuando las empresas renuncian a comerciar por temor a sanciones secundarias o cuando las instituciones rechazan cualquier relación con un país sancionado, la soberanía no desaparece formalmente. Sin embargo, se reducen las condiciones materiales que permiten ejercerla.

El experto manifestó asimismo su preocupación por el uso creciente de medidas destinadas a limitar la libertad de elección de los Estados. Detrás de la retórica de la defensa del orden internacional, señaló, se perfila a veces una concepción jerárquica de la gobernanza mundial: ciertas potencias se arrogarían el derecho de determinar qué comportamientos son aceptables y de castigar a quienes se aparten de ellos, al margen de procedimientos verdaderamente multilaterales.

El informe también aborda las sanciones impuestas contra responsables de la Corte Penal Internacional y contra otro relator especial de Naciones Unidas. Para Katrougalos, estas medidas amenazan directamente la independencia de las instituciones y los mecanismos internacionales encargados de hacer respetar el derecho.

La cuestión es delicada. Las instituciones judiciales y los procedimientos especiales de la ONU poseen una legitimidad frágil, ya que dependen en gran medida de la cooperación de los Estados. Su eficacia descansa en su capacidad para investigar, documentar y hacer públicas las violaciones, incluso cuando afectan a potencias influyentes. Si sus responsables pueden ser objeto de sanciones por ejercer su mandato, su independencia queda inevitablemente debilitada.

La sanción ya no se dirige únicamente contra un gobierno o una política nacional. Puede convertirse en un instrumento de intimidación contra la propia institución, encarecer sus actividades, limitar sus desplazamientos o disuadir a quienes colaboran con ella. Esta evolución contribuiría a desplazar el centro de gravedad de la justicia internacional: los mecanismos basados en reglas comunes cederían progresivamente ante relaciones de fuerza en las que cada potencia trataría de proteger a sus aliados y neutralizar a las instituciones capaces de cuestionarla.

El episodio revela una tensión más amplia. Los Estados suelen reclamar un orden internacional basado en el derecho cuando desean contener el poder de un adversario. Sin embargo, se muestran menos dispuestos a aceptar las restricciones de ese mismo derecho cuando limita su propia libertad de acción. La defensa del multilateralismo no puede ser selectiva: no debería depender de la identidad del Estado cuestionado ni de la orientación política de la decisión.

El informe destaca varias experiencias de cooperación internacional que no se basan en la dominación de un único centro. Menciona, en particular, las iniciativas destinadas a promover la coexistencia pacífica, la integración regional y la reforma de las instituciones financieras internacionales.

Estas propuestas remiten a una concepción menos vertical de las relaciones internacionales. Desde esta perspectiva, la multipolaridad no consistiría simplemente en sustituir una hegemonía por varias hegemonías rivales. Debería permitir una reorganización de las instituciones para que los Estados y las sociedades dispusieran de márgenes de decisión más equilibrados.

La reforma del sistema financiero mundial aparece aquí como un desafío decisivo. Las instituciones internacionales de financiación, las agencias de calificación, los mecanismos de deuda y las normas comerciales pesan directamente sobre las políticas económicas nacionales. Sin embargo, esas estructuras siguen marcadas por relaciones de poder heredadas de una época en la que la jerarquía internacional era diferente. Los países del Sur denuncian desde hace tiempo una representación insuficiente en las instancias que determinan las condiciones de acceso al capital, los programas de ajuste y las prioridades del desarrollo.

Continúa la lectura estratégica

Accede a la nota completa y mantente a la vanguardia de los movimientos financieros globales.

Leer artículo en Nevaco Global

Nevaco Report — Monitoreo en tiempo real de mercados globales y análisis macroeconómico.

También podría interesarte