Corredores enfilando la avenida de Xoán XXIIII en la edición celebrada en 1978 / 5
La Carreira Pedestre de Santiago se encamina a paso firme hacia su medio siglo de vida, conservando una energía y una salud envidiables. Este domingo celebra su edición número 47 y ya se aproxima a los 4.000 inscritos.
Esta emblemática competición, nacida en 1978, ha madurado a lo largo de las décadas, expandiendo su repercusión sin traicionar el espíritu inclusivo que la vio nacer. La prueba superó su mayoría de edad con vigor, alcanzó la treintena en plenitud y hoy encara las cinco décadas recuperando el ímpetu de sus años dorados. Su logística también evolucionó, sustituyendo los antiguos dorsales de papel por sistemas informáticos de cronometraje de vanguardia.
Esta transición digital refleja de forma paralela la transformación que ha experimentado la prensa escrita. Los inmensos talleres de comunicación del siglo pasado, caracterizados por el olor a tinta, el plomo fundido y el ruido de las linotipias al lado de las rotativas, contrastan drásticamente con las redacciones integradas y compactas del periodismo contemporáneo. La necesidad de contar con enormes espacios céntricos desapareció al trasladarse las plantas de impresión a los polígonos industriales.
En 1978, las dependencias de EL CORREO GALLEGO se ubicaban en la céntrica rúa do Preguntoiro, en el corazón de la zona monumental compostelana. Allí, la rotativa nocturna componía una banda sonora tan familiar que, al trasladarse la maquinaria fuera del casco viejo, los vecinos de la calle Altamira confesaron que les costaba conciliar el sueño por la ausencia de aquel habitual traqueteo de engranajes.
Aquel 1978 revestía una trascendencia mayúscula para el rotativo fundado cien años antes en Ferrol, pero firmemente asentado como el gran referente informativo de la capital gallega. Con el propósito de festejar la trayectoria de un siglo de vida, el periódico diseñó un ambicioso programa compuesto por cien actividades a lo largo del año. El criterio principal fue estrechar lazos con la comunidad local, propiciando la participación activa de los ciudadanos para dejar constancia de que el diario se abría a la gente. El objetivo era que la fecha quedara grabada en la memoria colectiva con un trazo imborrable.
Atletas de la Carreira Pedestre de Santiago de 1978 llegando a la meta situado bajo los soportales de Raxoi. | ECG / ECG
Entre las posibilidades iniciales, cobró fuerza la idea de organizar pruebas atléticas tradicionales en la plaza do Obradoiro. La propuesta respondía a los cánones organizativos de la época, en la que el atletismo federado se estructuraba estrictamente por rangos de edad, estableciendo carreras independientes para categorías infantiles o juveniles divididas por sexo.
Fue en ese momento cuando emergió la figura de Emilio Navaza, apasionado del atletismo y el limpismo y posterior jefe de la sección de Deportes del rotativo. Navaza percibió el nacimiento del pedestrismo popular e inclusivo en Europa y comprendió que Santiago no podía dejar pasar aquel tren histórico. Con determinación, transmitió su visión vanguardista a los organizadores del centenario: la propuesta debía unificarse en una única manifestación deportiva en la que compartieran el asfalto jóvenes y veteranos, permitiendo que hombres y mujeres compitieran juntos, codo con codo y en igualdad de condiciones tal y como se había hecho ya en Madrid con éxito.
Emilio Navaza, experiodista de EL CORREO GALLEGO e impulsor de la Pedestre, portando la antorcha olímpica por las Calles de Santiago antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 / ECG
Aquella audaz apuesta concebida para ensalzar el siglo de vida del periódico terminó por desbordar las expectativas de los propios organizadores. Se había adquirido un lote de 500 medallas conmemorativas para galardonar a quienes cruzaran la meta, una cifra optimista que se quedó corta de inmediato. Las oficinas del número 29 de la rúa do Preguntoiro se convirtieron en un hervidero humano, con colas interminables de ciudadanos que aguardaban para hacerse con un dorsal de papel pintado a mano con rotulador.
Las estimaciones saltaron por los aires cuando, aquel 22 de octubre una marea humana de 2.500 atletas partió del Obradoiro para enfilar Xoán XXIII y descender por la cuesta de Vite, inaugurando un circuito exigente de doce kilómetros que mantendría siempre inalterable su distancia original.
Atletas en la plaza del Obradoiro preparados para tomar la salida en la primera edición / ECG
La avalancha de inscritos obligó a realizar reajustes logísticos en la salida, unos cambios que vinieron acompañados del progreso informático, beneficiando la gestión en consonancia con la metamorfosis digital de la prensa escrita. El propio diario vivió esta evolución geográfica: su planta de impresión se mudó del Preguntoiro al polígono del Tambre, luego a Costa Vella –donde se unificaría temporalmente con la redacción– para terminar ubicando sus oficinas actuales en O Restollal, operando en la era digital sin planta de impresión física propia. El paralelismo entre los cambios de la carrera y el devenir del medio es incuestionable. De aquel centenar de actos programados en 1978, la Carreira Pedestre Popular ha sido la única superviviente capaz de resistir el desgaste del tiempo, habiéndose suspendido únicamente durante los dos años de la pandemia.
El impacto cultural de la cita ha transformado el otoño gallego en una cita obligada para miles de familias. La expectación comunitaria que despierta el paso de los corredores por las estrechas rúas históricas teje una red invisible de pertenencia que trasciende el plano meramente competitivo. Vecinos y visitantes se agolpan de forma espontánea a lo largo del recorrido, convirtiendo la prueba en un motor social que dinamiza la capital a través del esfuerzo compartido y el aplauso colectivo.