El viaje sorpresa de Richard Nixon a China para reunirse con Mao Zedong en 1972 pasó a conocerse en Japón como el «shock de Nixon». ... La orquestada reunión de Donald Trump con Xi Jinping no fue tan impactante. Sin embargo, su reajuste de la relación de Estados Unidos con China ha puesto en vilo tanto a aliados como a adversarios. El 19 de mayo, Takaichi Sanae, la primera ministra de Japón, voló a Corea del Sur para reunirse con su homólogo, Lee Jae Myung. Sin duda, ambos estaban ansiosos por intercambiar opiniones sobre el cambio de postura de Estados Unidos hacia su imponente vecino.
Las repercusiones son quizás más graves para la propia —y atribulada— relación de Japón con China. Ambos países llevan más de seis meses enzarzados en un amargo enfrentamiento. Tras tomar posesión el pasado octubre, Takaichi declaró ante el parlamento que Japón podría tener un papel que desempeñar en un conflicto sobre Taiwán, lo que desencadenó una respuesta furiosa por parte de China. Las relaciones se han deteriorado desde entonces y ha quedado claro que normalizar los lazos será más difícil que en disputas anteriores. Los canales extraoficiales que antes ayudaban a suavizar la relación están bloqueados y el creciente acercamiento entre Estados Unidos y China no augura nada bueno para las posibilidades de reencuentro.
La última gran ruptura entre Japón y China se produjo tras los enfrentamientos por las islas Senkaku, deshabitadas y en disputa, entre 2010 y 2012. El foco de la disputa actual es Taiwán, que Xi define como el «núcleo de los intereses fundamentales de China», y Takaichi se posiciona como una firme amiga de Taiwán, para disgusto de China. Japón también considera que el destino de Taiwán está profundamente entrelazado con el suyo propio, de ahí que Takaichi reconociera que un conflicto al respecto de la isla probablemente constituiría una «situación que amenazaría la supervivencia» de Japón. China ha tratado de convertir a Takaichi en un «símbolo» de lo que les ocurre a quienes cruzan sus líneas rojas en Taiwán, afirma Kawashima Shin, de la Universidad de Tokio.
La tensión en la frontera marítima se ha intensificado en los últimos meses. En diciembre, aviones de combate chinos fijaron sus radares en aeronaves japonesas y un destructor japonés atravesó el estrecho de Taiwán en abril, por primera vez desde que Takaichi asumió la presidencia del gobierno. A China le molestó especialmente que esto ocurriera en el aniversario del Tratado de Shimonoseki, que puso fin a la guerra sino-japonesa en 1895 y transfirió el control de Taiwán de China a Japón. La semana siguiente, dos buques de guerra chinos pasaron más cerca de lo habitual de las islas principales de Japón y China comenzó a construir una nueva estructura en el mar de China Oriental, en relación con el cual ambos países mantienen una fuerte disputa.
Japón ha estado reforzando sus defensas en sus islas del suroeste en el marco de una iniciativa a largo plazo para contrarrestar a China. Esta primavera, las Fuerzas de Autodefensa de Japón desplegaron misiles de largo alcance en una base de Kyushu, una isla del sur, situando el territorio continental chino dentro de su alcance, y Takaichi relajó recientemente las restricciones a la exportación de armamento japonés. China ha denunciado estas medidas, criticando con dureza el «nuevo militarismo japonés». Aunque esta retórica pueda parecer exagerada, delata una preocupación genuina por la tendencia a largo plazo de que Japón se convierta en un actor más proactivo en la seguridad de la región.
Las relaciones entre los pueblos también se han vuelto tensas: el número de visitantes chinos a Japón se redujo en más de un 50 % en el primer trimestre de este año, en comparación con el año anterior; se han cancelado conciertos de estrellas del pop japonesas en China; y los vídeos antijaponeses grandilocuentes se han convertido en un género popular en las redes sociales chinas —un clip viral muestra a un arquero chino disparando flechas a la cabeza de un maniquí cubierto con la bandera japonesa—. Fuera de Internet, se han producido varios incidentes inquietantes, aunque aislados: en marzo, un oficial de las Fuerzas de Autodefensa armado con un cuchillo irrumpió en la embajada china en Tokio, y el 19 de mayo un hombre chino apuñaló a tres personas, dos de ellas japonesas, en un restaurante de Shanghái.
«Esta vez el gobierno chino está preocupado por el estado de la economía china»
Lo más preocupante para Japón son las restricciones chinas a las exportaciones de tierras raras. Las medidas en este sentido anunciadas en enero y febrero se centraron en artículos de doble uso y en empresas japonesas relacionadas con la industria de la defensa. Aunque Japón diversificó en cierta medida sus fuentes de suministro de tierras raras tras anteriores enfrentamientos con China, un corte prolongado plantearía graves problemas. Los datos disponibles públicamente sugieren que China ha estado restringiendo el suministro de determinados elementos de tierras pesadas, pero, a diferencia de la crisis de las islas Senkaku, hasta ahora no se han producido boicots a gran escala de productos de consumo japoneses, quizá porque «esta vez el gobierno chino está preocupado por el estado de la economía china», opina Seguchi Kiyoyuki, del Instituto Canon de Estudios Globales, un think tank de Tokio.
No obstante, se ha afianzado un clima de confrontación. En el pasado, el Partido Liberal Democrático (PLD), en el poder en Japón, podía recurrir a diputados de alto nivel a quienes el Partido Comunista de China consideraba intermediarios de confianza. Cuando Shinzō Abe, un primer ministro con una larga trayectoria, quiso iniciar un acercamiento con China en 2015, se puso en contacto con una de esas figuras, Nikai Toshihiro, quien encabezó una delegación de 3000 ejecutivos que viajaron a Pekín y entregó en mano una carta a Xi. Sin embargo, Nikai, al igual que muchos de sus compañeros, se ha jubilado desde entonces. Este año, una delegación de ejecutivos japoneses recibió una fría acogida por parte de las autoridades chinas y canceló su viaje anual por primera vez en más de 13 años.
Los políticos más jóvenes ven pocas ventajas en cultivar lazos con sus homólogos chinos, dado que más del 80 % de los votantes japoneses tienen una opinión negativa de China. Los políticos favorables a China que siguen en activo están lejos del círculo íntimo de Takaichi. Komeito, un partido político asociado a Soka Gakkai, un movimiento budista, fue en su día un importante canal de comunicación entre Japón y China. Ikeda Daisaku, fundador del movimiento, abogó públicamente por la normalización de las relaciones sino-japonesas tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando Komeito formaba parte de una coalición de gobierno con el PLD, sus líderes ayudaban a transmitir mensajes a Pekín. Sin embargo, Komeito abandonó la coalición tras el ascenso de Takaichi.
Las gestas de Trump hacia Xi solo dificultarán aún más el acercamiento. Las relaciones entre Japón y China tienden a evolucionar en consonancia con las que mantiene Estados Unidos con cada uno de ellos: cuando la relación de China con Estados Unidos es tensa, busca estrechar lazos con Japón; cuando Estados Unidos y Japón se distancian, China intenta abrir una brecha entre ellos. «China tiene ahora menos motivos para arreglar la relación con Japón», afirma Sahashi Ryo, de la Universidad de Tokio: «el triángulo es fundamental».
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