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El 11 de septiembre de 2026, combatientes hutíes desembarcaron en la isla de Perim, también conocida como Mayyun, un peñón volcánico que divide en dos canales de navegación el estrecho de Bab el-Mandeb. La toma culminó una ofensiva relámpago que en apenas dos semanas les entregó la ciudad portuaria de Mocha, el archipiélago de Hanish y el control de toda la costa yemení del mar Rojo. Con Perim en sus manos, Teherán y su principal proxy regional completan una tenaza geoestratégica que hoy comprime cerca de un tercio del tráfico marítimo mundial: Ormuz al oriente, Bab el-Mandeb al occidente. Lo que comenzó como una guerra civil en Yemen y una disputa nuclear bilateral entre Washington y Teherán, ha mutado a una potencial crisis de seguridad marítima de alcances globales.
La importancia de Perim no es simbólica, es hidrográfica. La isla estrecha el paso navegable de Bab el-Mandeb a apenas unos kilómetros de ancho, otorgando a quien la controla, capacidad de observación, interdicción con armas de corto alcance y hostigamiento naval sobre cualquier buque que intente cruzar. Los hutíes ya habían demostrado desde 2023 que pueden convertir esa amenaza en disuasión efectiva mediante drones navales, misiles antibuque y minado asimétrico. Con dominio territorial sobre ambas orillas del estrecho, Yemen continental y ahora la isla central, el grupo pasa de ser una amenaza itinerante a un guardián de facto del paso. La consecuencia, como ya se vivió el 2023, sería la suspensión de tránsitos comerciales, derivando en el desvío hacia la ruta del Cabo de Buena Esperanza, encareciendo fletes y tiempos de entrega entre Asia y Europa. Por otro lado, la exposición crítica de la única vía de escape que le quedaba a Arabia Saudita para sus exportaciones de petróleo, sorteando de esta forma, el bloqueo iraní de Ormuz.
Desde que el flujo de petróleo por el estrecho de Ormuz quedó prácticamente paralizado por la presión naval iraní, Arabia Saudita elevó al máximo el bombeo de crudo por el oleoducto Este-Oeste (Petroline), la infraestructura de 1.200 kilómetros que conecta los yacimientos del Golfo Pérsico con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo. Ese ducto, con capacidad de siete millones de barriles diarios, pasó a transportar entre el 4% y el 5% del suministro mundial de crudo, convirtiéndose en la última válvula de escape del mayor exportador de petróleo del planeta. El 10 de septiembre, estaciones de bombeo de esa misma infraestructura fueron alcanzadas por drones, en un ataque perpetrado por milicias chiíes, Kataib Hezbollah, desde la provincia iraquí de Maysan, fronteriza con Irán, obligando al cierre preventivo del sistema. Las estimaciones de reparación oscilan entre unos días y hasta seis semanas. Mientras tanto, las reservas saudíes en Yanbu, Ain Sukhna y Sidi Kerir, que en conjunto no superan los 73 millones de barriles, se agotan a un ritmo que amenaza con dejar a Riad sin ninguna ruta de exportación funcional si el ducto no se restablece a tiempo.
Aquí se revela la lógica de la pinza: no hace falta cerrar simultáneamente Ormuz y Bab el-Mandeb con un bloqueo declarado. Basta con mantener cerrado uno y amenazar creíblemente el otro para que la capacidad exportadora saudita, y con ella buena parte de la oferta disponible de crudo hacia los mercados asiáticos y europeos, quede rehén de decisiones que se toman en Saná o Teherán, directa o indirectamente relacionadas con las definiciones del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica.
Mientras la atención mediática se concentraba en el Mar Rojo, Irán ha sostenido durante meses un control de facto sobre el estrecho de Ormuz. Ese control no requiere un bloqueo formal ni una declaración de guerra: se ejerce mediante inspecciones forzosas, interceptación de petroleros, presencia naval de la IRGC y la amenaza permanente de minado, suficiente para inducir primas de riesgo, sobrecostos de seguro y desvíos preventivos por parte de navieras y aseguradoras internacionales. Es el manual clásico de la estrategia de disuasión asimétrica: no se necesita ganar una batalla naval convencional contra un grupo de batalla de portaaviones cuando basta con hacer económicamente inviable el tránsito ordinario.
Lo más inquietante de este cuadro no es cada episodio aislado, sino su arquitectura combinada. Irán ha demostrado que puede proyectar poder de estrangulamiento económico global sin desplegar una sola unidad naval propia fuera de sus aguas territoriales, le basta con actores proxies, en este caso, los hutíes en Yemen y las milicias Kataib Hezbollah en Irak, que actúan con autonomía táctica, pero convergencia estratégica. Esa arquitectura le permite negar responsabilidad directa, dificultar la atribución jurídica de los ataques y, sobre todo, sostener la presión en el tiempo, sin tener que exponer activos propios a una respuesta militar directa. Un conflicto que nació como una guerra civil periférica y una disputa nuclear bilateral se ha transformado en una amenaza sistémica sobre el comercio internacional de energía, con capacidad de empujar los precios del petróleo, tensionar cadenas logísticas globales y golpear economías que nada tienen que ver con Oriente Medio.
La pregunta que deberían estar haciéndose, tanto actores políticos como las clasificadoras de riesgo corporativo, no es si Irán puede cerrar Ormuz o Bab el-Mandeb de manera permanente, lo que, probablemente, no pueda ni le convenga, sino cuánto tiempo puede sostener esta ambigüedad estratégica sin que el costo acumulado se vuelva insostenible para todos.
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
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Bruce Mac Master, presidente de la Andi, señaló que con la situación “entrarán más dólares en momentos en los cuales la tasa de cambio se encuentra especial y preocupantemente baja”