Hagan conmigo una cuenta sencilla. Hoy, domingo 11 de octubre, quedan 31 días para la huelga general sin azúcar que CCOO y UGT han convocado el miércoles 11 de noviembre por una crisis de la vivienda cargada de posos. Si no me falla la aritmética, serán 18 más hasta unas generales a doble ristretto. Total: 49 días de cafetera central a pleno rendimiento en Madrid. Aguanten, el café viene fuerte.
Ahora, un ejercicio de memoria corta. Busquen en nuestra web la foto del viernes, en el cierre del foro de defensa Indudef: el rey Felipe VI, la ministra Robles, el presidente Juanma Moreno y el secretario general de UGT, Pepe Álvarez, entre otros. Un instante de calma en plena tempestad, de esos que últimamente solo regala Córdoba. Aquella ciudad «lejana y sola» de Lorca, con su jaca negra, su luna grande y las aceitunas en la alforja, a la que el jinete juraba que nunca llegaría, cumple casi cien años de poema impreso y ya no es ni lo uno ni lo otro.
Conviene no engañarse con el origen del milagro. El foro, organizado por UGT-FICA con el Ayuntamiento del popular José María Bellido, ha vuelto a situar a Córdoba en el sector con más proyección de Europa para los próximos años. Ese motor de empleo, conocimiento y transformación industrial nace de una geopolítica perversa, hermanada con las guerras («malditas... y los canallas que las empiezan», dijo don Julio Anguita) y con una coyuntura global que por momentos aterra. Pero España no puede ponerse de perfil: por su enclave estratégico y por los pulsos internacionales que ha mantenido el Gobierno de Pedro Sánchez, le toca hacer de la necesidad virtud, con visión de largo alcance, ideas claras y menos ruido de partido.
No es casualidad que esa foto se haya hecho aquí. Mientras España se zarandea entre borrascas judiciales, sociales y políticas, en Córdoba se ha instalado una especie de anticiclón: otra forma de hacer política, con los consensos por encima de los mensajes de odio que giran en el centro de la borrasca madrileña. Sin ingenuidad: los anticiclones no caen del cielo ni son eternos. Este se gestó en círculos muy reducidos en 2020, cuando se empezó a soñar con que la ciudad fuera sede de la Base Logística del Ejército de Tierra, y se sostiene desde entonces en una lealtad poco frecuente entre administraciones de distinto signo político, sindicatos, patronales, universidades y centros docentes. Esa lealtad convenció en 2021 al Ministerio de Defensa y al Ejército de Tierra. Y esta semana ha convencido, además, a cientos de jóvenes.
Hablo de la imagen del jueves en el CEFC: centenares de veinteañeros con talento, ilusionados con un futuro laboral ligado a su ciudad, a los que no siempre se les ha podido prometer que el porvenir estaba en casa. Durante tres días, decenas de multinacionales con una facturación conjunta que se cuenta en miles de millones de euros han reforzado aquí un proyecto tecnológico e industrial que va mucho más allá de una macrobase militar: captación de talento, impulso regional, proyección internacional. Es el punto de inflexión que buscaba la Córdoba de Lorca.
Y hay datos que respaldan el relato, más allá del entusiasmo: plazos administrativos cumplidos, trámites con celeridad y seguridad jurídica, suelo industrial puesto en carga, nuevos ciclos de FP públicos adaptados a las necesidades del proyecto, másters universitarios y apoyos privados. Ni un sector, por potente que sea, ni un gasto público, por abultado que esté, son una garantía. Son una oportunidad, y las oportunidades también se pierden. La prueba de fuego del consenso llega siempre cuando hay que repartir, no cuando hay que fotografiarse. Nosotros hemos sido parte del empuje desde su génesis y permítanme, por una vez, hablar de casa: el proyecto tendrá de nuevo su colofón el mes que viene con la tercera edición del libro de la BLET, que además haremos este año como foro nacional para compartir ideas y renovar alianzas.
Cien años después, el jinete ha llegado por fin a Córdoba. Ahora toca que no se le enfríe el café.