CyL, la séptima con las exportaciones de mayor complejidad
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El presidente chino Xi Jinping inspecciona una guardia de honor junto al presidente estadounidense Donald Trump durante una ceremonia de bienvenida en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, China, este jueves.-EFE/ Maxim Shemetov / POOL
Donald Trump declaró la guerra comercial a China para finiquitar el desequilibrio estructural y clamó victoria tras conseguir que Pekín le volviera a comprar soja y vender minerales raros. Después le declaró la guerra a Irán para cambiar su gobierno y eliminar su programa nuclear y clamó victoria tras conseguir que Teherán reabriera el estrecho de Ormuz. El drama para Estados Unidos no es que las cosas estén como estaban: por el camino ha comprobado el mundo que la mayor potencia económica no puede con China ni la mayor potencia militar mundial puede con Irán.
China es una ganadora más probable en la primera, tras repeler las embestidas arancelarias, y en la segunda, sin pegar un solo tiro. Emerge como la única superpotencia responsable, defensora de la ley internacional y el diálogo mientras Trump amenazaba con devolver Irán a la edad de piedra, destruía las cadenas de suministro globales y generaba escaseces energéticas. El jefe de la diplomacia china, Wang Yi, ha hablado por teléfono en 26 ocasiones con los líderes de la región desde el 28 de febrero hasta el acuerdo. Zhai Jun, el enviado especial a Oriente Medio, ha mantenido dos docenas de reuniones, según el Ministerio de Exteriores. Su actividad febril llega cuando los países en la zona han descubierto las limitaciones del paraguas militar estadounidense que creían inexpugnable. Una estrategia de seguridad que también cuente con Pekín y Moscú parece ahora más recomendable.
El conflicto ha castigado con más fuerza a Asia. Por un lado, carece de rutas de suministro alternativas a Ormuz, lo que ha provocado el desabastecimiento de la población que las imaginativas medidas de los Gobiernos no siempre han podido paliar. Por el otro, el traslado de los activos militares estadounidenses del Pacífico a Oriente Medio ha generado dudas sobre el compromiso de Trump en la región. En Irán ha comprometido el 80% de sus misiles crucero de largo alcance y baja detectabilidad, además de buena parte de su inventario de drones, misiles Tomahawk y Patriot. Meses atrás ya había movido un escudo antimisiles THAAD desde Corea del Sur hasta Oriente Medio. Japón lamenta los retrasos del armamento prometido y Taiwán presiona a Washington para que cumpla las operaciones firmadas que ahora dependen de la sintonía comercial con Pekín.
Tokio, Seúl o Taipei están legitimados a preguntarse por su lugar en las prioridades de Trump mientras a China, comprensiblemente angustiada por el cerco militar estadounidense, se la imagina estos días más relajada. Esas incertezas se le plantearon a Pete Hegseth, secretario de Defensa estadounidense, en el reciente Diálogo de Shangri-la, el principal foro militar del continente. "Podemos hacer dos cosas al mismo tiempo", prometió a una audiencia preocupada.
También le han servido estos meses a Pekín para descubrir las técnicas bélicas estadounidenses. Si las dos potencias acaban a guantazos, un escenario que los pesimistas dan por descontado, la guerra en Irán le habrá sido más útil a Pekín que cualquier simulación. Ha comprobado en directo las aplicaciones militares de la inteligencia artificial y los movimientos de su Armada, especialmente valiosos en un conflicto en Taiwán, pero también que bastan unos drones iraníes de medio pelo para ponerle en aprietos.
Cuando volaban los primeros misiles sobre Irán pronosticaron las filas republicanas los inminentes aprietos energéticos de China e incluso Trump la animó a participar en las patrullas marítimas asegurando que estaba desesperada. Compra Pekín el 90% del petróleo iraní y a través de Ormuz le llegan la mitad de sus importaciones. Pero su reapertura se ha pactado mucho antes de que China notara sus efectos. Ya en febrero había activado el protocolo de seguridad: detuvo las exportaciones de multinacionales y empresas públicas, recurrió a las reservas propias de crudo, embridó el funcionamiento de las refinerías y aceleró la producción de carbón. A China, además, le protegió su brioso impulso hacia las energías verdes. Fabrica más coches eléctricos que el resto del planeta y tiene desplegada tanta capacidad de energía solar y eólica como el resto del mundo. La apuesta por las renovables es la cuadratura del círculo: ha arreglado la ruina medioambiental, ha blindado el país ante crisis energéticas globales y lo ha convertido en potencia de una industria clave.
La guerra ha acentuado su conquista en un mundo convencido de que dos crisis de suministro en un lustro, primero por Ucrania y ahora Irán, descalifican a los combustibles fósiles como fiables. Las exportaciones chinas de paneles solares, baterías y coches eléctricos se dispararon un 70% en marzo respecto al mismo mes del pasado año, según los datos aduaneros chinos. No hay vencedores más claros del conflicto de Irán que los vehículos eléctricos, un sector en el que China no admite competidor.
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