19/09/2026. El presidente estadounidense, Donald Trump, había fracasado estrepitosamente en su política exterior y necesitaba un triunfo urgente ante las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre en su país. No detuvo la guerra de Ucrania, como prometió una y otra vez antes de asumir el poder en enero de 2025, desató hace casi siete meses una nueva contienda contra Irán de consecuencias gravísimas para el abastecimiento energético mundial, dio un espaldarazo a Israel en su solución final para el pueblo palestino en Gaza, con genocidio y limpieza étnica incluidos, y rompió el consenso comercial mundial con su guerra de aranceles.
Ahora tiene ese triunfo en la partida geopolítica global con la fagocitación de facto de Groenlandia, tras llegar a un acuerdo humillante con Dinamarca que le da de facto el poder militar “permanente” en esa isla y abre las puertas a su explotación económica por compañías estadounidenses, sin que la Unión Europea o la OTAN hayan podido hacer nada al respecto. Las amenazas que lanzó Trump nada más asumir su segundo mandato de anexionar Groenlandia a EEUU se concretan ahora, sin necesidad de comprar el territorio bajo jurisdicción danesa o tomarlo por la fuerza, como también había planteado.
“Durante más de cien años, los presidentes han conocido la importancia estratégica de Groenlandia, pero NINGUNO de ellos pudo hacer nada al respecto. Me enorgullece ser el presidente que ha abordado esta situación tan importante de manera permanente y definitiva”, se regodeó Trump en sus cuentas de las redes sociales. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, aseveró que se trata de un “acuerdo histórico” y una “gran victoria para EEUU y el pueblo estadounidense”.
¿Una victoria ante quién? Quizá ante Dinamarca, que ahora acata sin protestas, cuando hace un año se declaraba dispuesta a defender a cualquier precio Groenlandia de la injerencia estadounidense. También ante la UE, que convirtió esta isla en un motivo casi de fractura con Washington y ahora acepta la vuelta de la tortilla sin aspavientos y punto en boca. No desde luego ante Rusia, que domina la mayor parte del Ártico navegable, ni ante China, que va de la mano de Moscú en esos parajes.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, subrayó que el acuerdo que firmarán en la Asamblea General de la ONU esta próxima semana Dinamarca, el Gobierno autónomo de Groenlandia (la isla está bajo jurisdicción de Copenhague) y EEUU reconocerá “la soberanía y la integridad territorial” danesas, además del derecho del pueblo groenlandés “a la autodeterminación”, con “una seguridad compartida” de la isla y hacia el Ártico y la región norte del Atlántico.
Lo que dice Trump suena distinto. Según indicó el presidente republicano en su red Truth Social y en X, el pacto dará a EEUU el “control permanente” de la seguridad de ese autónomo danés. “Este es un acuerdo de vida infinita. No tiene fin”, sentenció rotundo.
La cuestión es que el acuerdo concede de facto a EEUU el control sine die de esa seguridad militar “y otras necesidades” del territorio autónomo danés. Entre esas necesidades están las claves del trato: la “colonización” estadounidense con sus empresas de Groenlandia, la extracción minera y la localización en ese inmenso territorio con ingentes reservas de agua de los gigantes tecnológicos aliados de Trump y su uso como cabeza de puente de las rutas transpolares de comercio.
Un punto determinante puede ser ahora la relación entre EEUU y el Gobierno autónomo groenlandés, en detrimento de esa soberanía que los daneses dicen que se preserva con el pacto. Lo resaltó el presidente autonómico de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, para quien uno de los elementos determinantes del acuerdo es que reconoce el “derecho de autodeterminación” groenlandés.
Uno de los planes barajados cuando Trump buscaba la forma de hacerse con la isla a toda costa, era promover la independencia de Groenlandia para después sumarla a EEUU a la manera de Puerto Rico, como “estado libre asociado”, y así acceder a su control factual. De hecho, según indicó la Casa Blanca, el acuerdo ahora alcanzado seguirá en pie incluso si se produce esa eventual independencia de Groenlandia. Los estadounidenses han llegado para quedarse.
La cuestión es que este movimiento de ficha de Trump en Groenlandia, aceptado por Dinamarca y el Gobierno local (ya se sabrá si hubo alguna coacción o prebenda de por medio), pone en jaque la estrategia exterior de la OTAN y la UE a favor de Estados Unidos, conmueve la frágil estabilidad del Ártico y es una bofetada para la diplomacia de Bruselas. Ahora se sabe por fin de qué iba el grupo de trabajo encabezado por la OTAN formado en febrero para reforzar la seguridad ártica, y por qué había reducido la presión de la Casa Blanca. Era la negociación entre bambalinas del traspaso de poderes sobre Groenlandia de Europa a EEUU.
Además, este acuerdo lanza un órdago a Rusia, que tiene bajo su jurisdicción buena parte de esa región, proyecta una sombra sobre la estrategia comercial china por el paso del norte, abierto a la navegación debido al deshielo polar, y asedia a Canadá, víctima continua de los chantajes de Trump y que ahora añade la presión militar y geopolítica a la económica desde su vecino del sur.
De hecho, el anuncio de la asunción por EEUU del control permanente de Groenlandia se hizo pocas horas después de que Canadá y la UE reforzaran su alianza e incluso se hablara de la posibilidad de que el país norteamericano se convirtiera en “miembro asociado” de la Unión, una eventualidad que desataría todos los demonios en EEUU.
Así se lo propuso este miércoles la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, al primer ministro canadiense, Mark Carney, en Estrasburgo, ante el Parlamento Europeo. Un desafío a los planes de Trump para doblegar a Canadá y convertirlo en títere económico de EEUU, que en realidad estaba cargado de toda la hipocresía que la UE puede desplegar: invita a Canadá a formar parte del club europeo, pero le da a su enemigo, Trump, un poderoso instrumento de presión, Groenlandia.
Si la proyección del acuerdo pone en un brete a los canadienses ante el pasmo europeo, el desafío hacia el este es si cabe mayor. De momento, ya se sabe que el trato incluye el “veto” explícito a la presencia de bases rusas y chinas en Groenlandia, lo que convierte a este territorio en un balcón privilegiado sobre las aguas árticas de la Federación Rusa. Si la entrada de Finlandia y Suecia en la OTAN tras la invasión rusa de Ucrania ya lanzó un desafío a la estrategia de Moscú en el norte de Europa, esta ofensiva estadounidense sobre Groenlandia cierra más la pinza sobre la presencia de Rusia en el Ártico. Y esta es una zona de máxima sensibilidad para los rusos.
La cuestión es que ni Rusia ni China han planteado jamás tener estacionamientos militares en Groenlandia, por lo que tal prohibición es simplemente un subterfugio para izar la “salvadora” bandera del Ejército estadounidense allá donde quiera establecer nuevas bases en la isla y convertirla en un desmesurado portaaviones polar.