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El presidente de EE.UU., Donald Trump, en el Despacho Oval de la Casa Blanca. | FOTO: EFE
SI las últimas elecciones presidenciales norteamericanas le parecieron desastrosas, prepárese usted para una nueva edición y ni necesita siquiera esperar hasta las presidenciales de 2028: los comicios que se avecinan para este otoño van camino de repetir los problemas de los presidenciales de 2020 y 2024, con la diferencia de que no una, sino las dos partes del panorama político van camino de estar afectadas.
El Partido Demócrata está en un lugar peor, pues todavía no se ha recuperado de la desastrosa situación creada por el expresidente Biden, quien después de cuatro años de una lastimosa presidencia tuvo que tirar la toalla, retirarse de la carrera electoral de 2024 y dejar el camino abierto para el regreso de Donald Trump, quien tuvo pocas dificultades para derrotar a Kamala Harris, la candidata que sucedió a Biden a pesar de sus evidentes limitaciones.
Para empeorar las cosas, el relevo que se avecina aporta nuevos interrogantes que pueden ser una aberración, o el principio de nuevas tendencias políticas que se irían acentuando hasta las elecciones presidenciales de 2028.
Es porque los nuevos demócratas son una generación desconocida hasta ahora por el electorado norteamericano, pues tienen la audacia de declararse “socialistas”, calificativo anatema para cualquier candidato, especialmente porque aquí no se distingue entre socialistas y comunistas.
La audacia es importante porque estos candidatos ganan, contra los pronósticos y experiencias anteriores. El caso más visible es el del alcalde de Nueva York, Zhoran Mandami, quien no solo es un musulmán que ganó las elecciones municipales el pasado noviembre, sino que preside ahora el gobierno de la mayor ciudad judía del mundo.
En su línea hay otros candidatos que hace algunos años habrían estado marginados, como la congresista de Nueva York, Alexandra Ocasio Cortes, quien de declara “socialista” y que ahora incluso coquetea con una posible nominación para la presidencia del país.
Otros candidatos de la misma liga exigen cambios en prestaciones sociales, como un seguro médico universal y público (algo que ya tienen los jubilados pero no los ciudadanos menores de 65 años), quieren eliminar las empresas privadas para socializarlas, garantizar guarderías públicas y estudios universitarios gratuitos, además de limitar los precios de los alquileres y reducir la jornada laboral a 32 horas semanales.
Estas propuestas, que en algunos aspectos son más progresistas que algunos programas socialistas europeos, tienen por primera vez acogida en el país y los candidatos que las anuncian han ido ganando espacio en las elecciones primarias.
Algunos líderes del Partido Demócrata temen que la buena acogida de que gozan estos candidatos no se extienda al público en general, lo que haría perder al partido las elecciones legislativas de noviembre que desaprovecharía así la oportunidad de recuperar el poder, pues es frecuente que el partido de oposición gane escaños en los comicios a la mitad del mandato presidencial.
Tampoco los republicanos están mucho mejor: el partido de la Casa Blanca paga los platos rotos por el presidente. En este caso, el problema es grave porque no se atisba aún una salida para la guerra de Irán. A tan solo 4 meses de los comicios, la situación empieza a apremiar.
Quizá igual o más importante es el incumplimiento de promesas o de las expectativas de sus votantes: la economía ha mejorado, pero no se puede hablar de bonanza y los recortes fiscales son moderados y quedan anulados en buena parte con el aumento de precios de las importaciones causado por los aranceles dictados por Trump.
Ambos partidos tienen ahora un respiro para diseñar su política electoral pues en agosto empieza su mes de vacaciones, pero ni los demócratas parecen unidos en una política común, ni los republicanos muestran hacia donde se van a orientar en la etapa nueva que ha de suceder a Trump, quien ya no puede presentarse a nuevas elecciones pues la constitución limita la presidencia a dos mandatos.
Hay quienes reviven la idea de un nuevo partido, pero la historia del país no se ha mostrado favorable a nuevas formaciones y es más que probable que los intentos de ahora sigan el mismo camino. Estados Unidos podría entrar en una nueva fase de parálisis política en momentos en que el mundo occidental necesita un timón para navegar los desafíos del expansionismo chino, el desconcierto europeo y la nostalgia imperial de Rusia.
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