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18 de julio de 2026

Los lekeitiarras y el viaje del ‘Vita’

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A principios de septiembre de 1936, el Tramontana, un bacaladero de la Pysbe [Pesquerías y Secaderos de Bacalao de España], después de regresar de Terranova, se encontraba en Pasaia. En aquellos días, las tropas rebeldes habían lanzado una ofensiva sobre Gipuzkoa para cortar la comunicación por tierra entre la zona republicana del Norte y Francia. El día 5 cayó Irun y el 6 se ordenó la evacuación de la flota de pasaitarra.

En Bilbao, se hizo cargo del barco Antonio Manresa, capitán también de la Pysbe. El Tramontana fue reclamado por el Ministerio de Marina y Aire y el 29 de septiembre zarpó hacia el Mediterráneo. En Cartagena, Manresa completó la tripulación con marinos conocidos suyos de la Pysbe. El Tramontana pasó a depender del Ministerio de Hacienda y fue destinado al transporte de oro, llevando a Marsella 1.688 cajas cargadas del preciado metal.

En las Navidades de 1937, Manresa fue llamado a Valencia por el ministro de Hacienda Francisco Méndez Aspe. Le comunicaron que, por orden del presidente del Gobierno, Juan Negrín, debía trasladarse a Londres en misión especial: debía comprar un barco. En la capital británica, Manresa encargó la misión a Marino Gamboa, armador vasco-filipino, a quien ya conocía. Gamboa localizó en Southampton un lujoso yate, el Vita, construido en 1931. Poco después se produjo la compra del yate a nombre de Gamboa por entre 45.000 y 50.000 libras, registrando el barco en el Consulado de Estados Unidos, representante de los intereses filipinos. Quedaba un último e importante trámite: establecer la relación legal entre el armador y la República, sin que esta figurase por la misión secreta a la que estaba destinado el buque. Para ello, se estableció un contrato de time charter entre Marino Gamboa y Pablo Azcarate, embajador de España en Reino Unido.

Marino Gamboa se dispuso a contratar una tripulación cualificada. Llamó entonces al capitán José Ordorika quien formó una tripulación mixta, vasco-británica, con el fin de salvar cualquier impedimento legal y porque en aquellos años los marinos vascos no estaban acostumbrados a manejar motores diésel. A partir de junio de 1938 el Vita navegó en viajes de prueba por el mar del Norte, hasta que, a finales del mismo año, ante el empeoramiento de la situación política internacional, regresó a Southampton para permanecer allí hasta el 14 de febrero de 1939.

En julio de 1938, quince tripulantes del Tramontana recibieron la orden de dirigirse a Barcelona, donde permanecieron hasta finales de año. Llamados al castillo de Figueres, donde se encontraban reunidas las Cortes y el Gobierno de la República, el ministro de Hacienda, Méndez Aspe, les dotó de pasaportes y dinero para trasladarse a París donde debían hacerse cargo de una mercancía muy especial.

Rafael Goenaga, lekeitiarra, contramaestre del ‘Vita’. 8b5d1105-3587-4204-b89d-af8090fb5e1b

Dos de los oficiales, Isaac Etxabe y Antonio Brouard, acompañados de un funcionario del Banco de España, compraron en las Galerías Lafayette de París 57 maletas idénticas. Desconocían los pormenores de su misión, aunque nadie dudaba de que se trataba del transporte de algo muy valioso. Por fin, una mañana temprano, fueron convocados en la embajada española donde cargaron las maletas en unas furgonetas proporcionadas por el Frente Popular francés. Inmediatamente partieron rumbo a Rouen donde debían esperar la llegada del Vita.

El contenido de las maletas era lo que se conoció como el tesoro del Vita y estaba formado por depósitos, bienes, valores, divisas, joyas, metales preciosos, monedas de oro, etc. extraídos o incautados de la Caja de Reparaciones, Casa de la Moneda y Timbre, Museo Arqueológico Nacional, Monte de Piedad de Madrid, Generalitat de Catalunya, iglesias, palacios de la nobleza, etc. Todo ello valorado en muchos millones de dólares que el Gobierno de la República pretendía utilizar en atender las necesidades materiales de los refugiados republicanos, además de para financiar la labor política antifranquista en el exilio. Para ello era necesario transportar el tesoro a un país seguro, lejos del alcance del Gobierno franquista, y ese país solo podía ser México.

El 14 de febrero de 1939 el Vita, que había salido ese mismo día de Southampton, llegó a Le Havre, donde embarcaron parte de la carga. En el citado puerto de Rouen fueron enrolados los tripulantes del Tramontana en sustitución de la marinería inglesa. Con ellos, en principio, solo viajarían el funcionario de Hacienda José María Fernández Sabater y el teniente coronel de carabineros Enrique Puente. Sin embargo, los números que acompañaban a este último optaron por escapar de Europa y embarcar. Manresa impuso también la evacuación de su cuñado y de su hermano. Completado el embarque, el Vita viajó por última vez a Southampton.

De las anotaciones del capitán Ordorika no se desprende nada anormal. Sin embargo, como se sabría más tarde, había un plan para desembarcar a la tripulación del Vita, quedándose a bordo únicamente los hombres del Tramontana y los enviados de Negrín. Ordorika se negó con firmeza al relevo de la tripulación aduciendo que solo acataba las órdenes del armador; esto es, las de Marino Gamboa, aparte de que en el contrato entre el gobierno republicano y el armador estaba incluida la tripulación. La tripulación definitiva quedó formada por José Ordorika, capitán; Isaac Etxabe, primer oficial; José Antonio Bilbao, segundo oficial; Antonio Brouard, segundo oficial; Rafael Goenaga, contramaestre; Teodoro Burgaña y Félix Bilbao, engrasadores; los marineros Teodoro Urkiaga, Tomás Markes, Santiago Zumaran y Santos Garamendi; Santiago Belaustegi, segundo cocinero; Antonio Ertze, tercer maquinista; Eugenio Aranguena, mayordomo; Jesús Zabala, camarero, todos ellos naturales de Lekeitio; Salvador García (sobrecargo), Eulogio García (telegrafista), Serapio Zabala, Mariano García y Santos Arévalo (marineros), Miguel Alluntiz, José María Sabater y Enrique Puente (engrasadores), Justo Fullando (cocinero), Álvaro Aretxabaleta (primer maquinista), Eduardo Etxaniz (segundo maquinista), Domingo Ozamiz, y Antonio Manresa (camareros), Mariano Manresa (administrador) y Arnold Green (maquinista). Juan Urkiaga, también de Lekeitio, enfermó y no viajó a México.

El día 28 de febrero de 1939, el Vita abandonó Southampton con un creciente mal tiempo. Se había elegido salir apresuradamente y con mal tiempo como medida de seguridad. Corrían rumores sobre la naturaleza del viaje y, por si esto fuera poco, Francia, y tras ella vendría el Reino Unido, estaban a punto de reconocer oficialmente la dictadura española. Había prisa para alcanzar tierras mejicanas y salvar el cargamento. El Vita, utilizando las dos máquinas “a toda fuerza”, emprendió la singladura entre fuertes vientos. Ordorika anotó que el “buque trabajó extraordinariamente”. Tras algún pequeño susto en la escala para repostar en Saint Thomas, el Vita avistó Veracruz el 23 de marzo, donde atracaron a las 16.15 horas de ese mismo día.

Cuando el Vita llegó a Veracruz, no había nadie esperándolo. Ante este hecho, Puente y Sabater se trasladaron a la ciudad de México para entrevistarse con Indalecio Prieto y con el cónsul general español. Por su parte, en el barco, el capitán se encontró en una situación especialmente grave. El día 27 de marzo se presentaron inopinadamente un comandante y cuatro números de la aduana para verificar un fondeo [registro] del yate.

Tras este incidente, Ordorika, Manresa, Puente, García y Arévalo y acordaron que Ordorika y Puente regresasen a la capital para pedir a Prieto que interviniese en el asunto. Prieto pidió la intercesión del presidente de México, Lázaro Cárdenas. El día 29 los emisarios del Vita regresaron a Veracruz y aquella misma noche zarparon rumbo a Tampico, adonde llegaron al día siguiente. Allí, según lo acordado, se encontraban los enviados de Cárdenas. Estos, junto con Ordorika y el cargamento, partieron de madrugada para la capital, donde los bultos fueron depositados en lugar seguro.

En aquellos días Prieto se mostraba dispuesto a entregar el cargamento y así se lo comunicó a Negrín y a sus representantes. Estos habían llegado tarde a México debido a que la enfermedad de uno de ellos los había retenido en New York. Sin embargo, el doctor Puche, encargado por Negrín de hacerse cargo del cargamento, se negó a tomarlo al encontrar las maletas abiertas o deterioradas y parte del contenido fuera de ellas. Ante la situación creada, el cargamento del Vita se puso en manos de la Diputación Permanente de las Cortes en París, para que fuese ella la que tomase las medidas oportunas.

El 2 de junio se reunieron en la ciudad de México José Giral, Augusto Barcia, Félix Gordón Ordax, el general Pozas e Indalecio Prieto, todos ellos exministros de la República, a los que Prieto dio cuenta de sus gestiones en torno al Vita. En especial la resolución de la Diputación Permanente por la que se le confiaba la custodia de su cargamento. Asimismo, les puso al corriente de las discusiones en torno al tema con Negrín. Prieto, además, sugirió la posibilidad de que los miembros de la Diputación Permanente se trasladasen en pleno de París a México para que fuese esta institución la que se hiciese cargo del barco y de los bienes que había transportado.

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