El FMI prevé un crecimiento mundial del 3,1% en 2026 y del 3,4% en 2027, donde la inversión en IA es uno de los motores que lo sostienen.
La economía ha resistido. A pesar de las perturbaciones y el endurecimiento monetario más intenso en medio siglo, los mercados "se han mantenido sorprendentemente sólidos", en palabras del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Esta resiliencia se refleja en sus últimas previsiones de crecimiento mundial. En en la última edición de Perspectivas de la economía mundial del 8 de octubre, el organismo mantiene su previsión de crecimiento mundial en el 3,1% para 2026 y la eleva al 3,4% para 2027, mientras que la inflación aumentaría hasta el 4,7% y luego se moderaría hasta el 4,1% en 2027.
Puede que las cifras no casen con el optimismo del FMI, pero cabe tener en cuenta el contexto. La actividad ha resistido a pesar de la guerra en Oriente Medio y elevados niveles de inflación.
¿Qué ha ayudado a la economía mundial a resistir esta ultima perturbación? En primer lugar, la reconfiguración de las vías de suministro de energía, el uso de las reservas o la sustitución por fuentes alternativas —como las renovables—. Sin estos márgenes de ajuste, apunta el informe, "la disrupción del petróleo de por sí sola habría aminorado considerablemente el crecimiento mundial en 2026".
Asimismo,el auge de la inversión en inteligencia artificial impulsó la actividad mundial y apoyó el comercio internacional. Ahora bien, el Fondo advierte de que ese impulso tecnológico es al mismo tiempo uno de los mayores riesgos para la económía. "Podría detenerse bruscamente si se revisan las expectativas sobre los beneficios y las ganancias de productividad de la IA".
Si la apuesta multimillonaria de las tecnológicas por la IA no diera los frutos esperados, la economía mundial sería en 2028 un 1,1% más pequeña de lo previsto, y EEUU, epicentro del boom, sufriría un recorte del 1,8%, proyecta el organismo.
Centros de datos, chips, redes eléctricas, sistemas de refrigeración. El organismo reconoce que hoy, la IA funciona como un enorme shock de demanda. Pero, que se convierta en un aumento real de la productividad todavía "está por ver".
El informe señala la brecha entre los estudios que muestran grandes mejoras en tareas concretas y los efectos "relativamente modestos" que se observan en el conjunto de la economía, y apunta a la llamada "curva J de la productividad", donde los beneficios de una tecnología tardan en aparecer en las estadísticas.
Mientras tanto, los mercados descuentan el éxito. El FMI alerta de que la subida de las tecnológicas ha sostenido el consumo por el efecto riqueza, pero "a costa de valoraciones bursátiles más tensionadas y mayor concentración del mercado, sobre todo entre las empresas ligadas a la IA". Por lo que advierte que la sostenibilidad de esas condiciones "no está garantizada".
La propia calma de los mercados ante la guerra y las tensiones comerciales "puede reflejar en parte la exuberancia ligada a la IA".
El escenario de "corrección del mercado" que dibuja el Fondo parte de la premisa de que las ganancias de productividad no llegan. A partir de ahí, el daño se propaga en tres oleadas.
La primera es el frenazo de la inversión. La inversión en EEUU caería un 5%, lo que por sí solo restaría un 0,8% a su PIB. Como buena parte del equipamiento para la IA se fabrica en Asia, el golpe cruzaría el Pacífico, allí los grandes exportadores de tecnología verían caer un 20% sus precios de exportación, y la región perdería en torno a medio punto de PIB. En conjunto, esta primera oleada recortaría el PIB mundial hasta un 0,4% y la inversión mundial hasta un 1,3%.
La segunda llega por la bolsa. El FMI supone una caída del 20% de la renta variable estadounidense y del 15% en el resto del mundo, además de un encarecimiento del crédito para las empresas. La pérdida de riqueza hundiría el consumo, sobre todo en EEUU, donde los hogares están más expuestos a las acciones. El consumo mundial caería un 0,6%, y el recorte acumulado del PIB mundial llegaría al 0,6%.
La tercera oleada alcanzaría a la deuda pública. La aversión al riesgo subiría las rentabilidades de los bonos soberanos, con especial dureza en los países emergentes, y reduciría el apetito por los activos estadounidenses, lo que provocaría una depreciación del dólar de alrededor del 6%. Esto restaría otro 0,3% a la producción mundial.