El 14 de mayo de 2026, el Air Force One aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Pekín poniendo fin a casi una década de ausencia de un presidente estadounidense en suelo chino. Donald Trump, recibido con honores de Estado por el vicepresidente Han Zheng, acudía a la primera gran cumbre bilateral de pleno derecho —no en los márgenes de un foro multilateral— desde que Xi Jinping consolidó su poder sin límites constitucionales en 2018.
La imagen protocolaria, la alfombra roja desplegada ante el Gran Salón del Pueblo, el hashtag #WelcomeTrumpToChina encumbrado en lo alto de Weibo: todo sugería normalidad diplomática. Pero bajo la superficie cuidadosamente escenificada latían fracturas de una profundidad que ninguna foto conjunta puede disimular.
Este analista estima que la Cumbre de Pekín de mayo de 2026 constituye el acontecimiento geopolítico bilateral más significativo desde los Acuerdos de Plaza de 1985 —aunque en sentido inverso: entonces EE. UU. dictaba las condiciones de la paridad monetaria; hoy negocia desde una posición de mayor igualdad y equilibrio, es verdad que no es no paridad absoluta.
La rivalidad sistémica entre la potencia establecida y la potencia ascendente —la Trampa de Tucídides en su formulación de Graham T. Allison— no ha desaparecido; ha mutado hacia formas más sofisticadas, transaccionales y, en algunos aspectos, más peligrosas, porque ocultan el antagonismo de fondo bajo un barniz de “cooperación win-win”.
El presente informe monográfico analiza en profundidad los cinco ejes de la cumbre —comercio y aranceles, Estrecho de Ormuz e Irán, Taiwán, inteligencia artificial y tecnología, y control nuclear— así como el contexto de poder en que se enmarca, los intereses divergentes de cada parte, los acuerdos previsibles y las líneas que ninguno cruzará.
La segunda presidencia de Trump arrancó en enero de 2025 con una escalada arancelaria sin precedentes —derechos que en su punto álgido superaron el 140 % sobre importaciones chinas— que Pekín absorbió con una resiliencia que sorprendió a los analistas de consenso. La República Popular China (RPC) creció un 5 % en 2025, extendiendo esa dinámica al primer trimestre de 2026, mientras diversificaba aceleradamente sus mercados de exportación y aceleraba su política de sustitución tecnológica.
La respuesta de Xi Jinping fue de una precisión quirúrgica: en abril y octubre de 2025, amenazó con restringir las exportaciones de tierras raras —de las que China controla entre el 75 % y el 80 % de la producción global y el 95 % de la capacidad de refinado—, forzando a Trump a replegarse en ambas ocasiones. Este “arma de cristal roto” de las tierras raras demostró que la cadena de suministro occidental, y en particular la estadounidense, tenía una vulnerabilidad estructural de primer orden.
El resultado fue la Cumbre de Busan (30 de octubre de 2025, en los márgenes de la APEC en Corea del Sur): Trump la calificó de “12 sobre 10” y la prensa china de “logros duramente ganados”. Los acuerdos incluyeron una reducción de aranceles estadounidenses sobre productos chinos del 57 % al 47 %, grandes compras chinas de soja, sorgo, petróleo de Alaska y aeronaves Boeing, suspensión de controles de exportación mutuos, cooperación en fentanilo, y un acuerdo renovable anualmente sobre tierras raras y minerales críticos. Se anunció una visita recíproca: Trump a China en primavera de 2026; Xi a EE. UU. a finales de año.
Tres meses después, los ataques estadounidenses e israelíes sobre Irán —la Operación Epic Fury— retrasaron la visita, prevista inicialmente para abril. La reapertura negociada del Estrecho de Ormuz, parcialmente bloqueado desde entonces, se convirtió en la variable más urgente de la agenda de Pekín.
El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) y el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) —fuentes de referencia de este analista— coinciden en un diagnóstico incómodo para Washington: China llega a Pekín con mayor confianza estratégica que en 2017, cuando Trump fue recibido con la “visita de Estado plus” —cena en la Ciudad Prohibida, desfile por Tiananmén, 250.000 millones de dólares en acuerdos comerciales—. Xi ha demostrado a sus cuadros que “el Este se levanta y el Oeste declina” y que “el tiempo y el ímpetu están de nuestra parte”.
Trump llega, en cambio, en un momento políticamente delicado: la guerra contra Irán ha disparado la inflación energética, erosionando su popularidad doméstica, y necesita exhibir victorias concretas. Su delegación —el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario del Tesoro Scott Bessent, el representante comercial (equivalente a secretario de comercio exterior) Jamieson Greer, y un secretario de Defensa Pete Hegseth que se convierte en el primer jefe del Pentágono en participar en una visita presidencial a China— revela la amplitud del espectro negociado, así como la presencia de más de una docena de directores ejecutivos, entre ellos Elon Musk (Tesla, SpaceX), Tim Cook (Apple), Jensen Huang (Nvidia) y otros líderes del sector tecnológico y financiero. La cumbre tiene, en su capa visible, más de misión económica y de negocios que de confrontación geopolítica.
Sin embargo, el CSIS advierte con rigor analítico que la “ansiedad” de China por celebrar este encuentro —pese a su postura de confianza— delata que tampoco Pekín se siente tan sólido como proclama: las exportaciones chinas a EE. UU. cayeron un 11 % interanual en el primer trimestre de 2026; la diversificación de mercados es real pero costosa; y la inestabilidad del entorno iraní amenaza con interrumpir el suministro de petróleo del que China sigue siendo el mayor comprador mundial.
La tregua de Busan expira en su tramo más sensible a finales de 2026, cuando diversas medidas “snap back” —que se reactivarán automáticamente de no renovarse— entran en vigor. La administración Trump busca en Pekín tres objetivos económicos: (i) prorrogar la tregua y fijar su renovación en el marco de una “Junta de Comercio” (Trade Board) y una “Junta de Inversiones” (Investment Board) de carácter permanente; (ii) ampliar las compras chinas de productos agrícolas (soja, carne de res), energía (Alaska LNG) y aeronaves (Boeing); (iii) obtener un mayor acceso de las empresas estadounidenses al mercado chino, que sigue siendo uno de los más regulatoriamente restrictivos del mundo. Trump declaró durante el vuelo presidencial que su “primera petición” a Xi sería que “abra” la economía china a las compañías de EE.UU.
La Heritage Foundation señala con precisión que todas las medidas acordadas hasta ahora son reversibles y que Pekín ha demostrado ser estratégicamente hábil en conceder en ítems verificables y de bajo coste político —compras de soja, suspensión de regulaciones— mientras preserva sus prioridades estratégicas: la política tecnológica, la arquitectura de seguridad en el Indo-Pacífico, Taiwán.
La Junta de Comercio propuesta podría ser un mecanismo valioso para “institucionalizar” la relación económica —un punto positivo—, pero también puede convertirse en un foro de conflicto permanente si no hay voluntad política de ambas partes. Este analista estima que el riesgo de una nueva guerra arancelaria plena se ha reducido, pero no eliminado; la arquitectura bilateral es frágil y depende excesivamente de la química personal entre los dos líderes.