Victoria Criado nunca había visto la nieve. La primera vez que la tuvo frente a sus ojos fue después de bajar de un Hércules, en la Antártida Argentina, donde estaba por comenzar una experiencia de casi un año. Para el capitán Lucas Cabral, una de las imágenes que quedaron grabadas de aquella llegada fue la bandera argentina flameando. Dos recuerdos distintos de un mismo destino: la Base Vicecomodoro Marambio, donde el asombro inicial se transforma, con los meses, en trabajo cotidiano, vínculos y una manera diferente de entender la distancia.
Este 29 de octubre de 2026, Marambio cumple 57 años. Inaugurada en 1969, su pista abrió un puente aéreo fundamental para la actividad argentina en el continente blanco. Aquella construcción, impulsada por los integrantes de la Patrulla Soberanía, permitió ampliar las posibilidades de conexión y abastecimiento de un territorio marcado por las dificultades de acceso.
Pero detrás de su importancia histórica y logística hay personas que sostienen su funcionamiento. Personas que trabajan, comparten el comedor, hacen una videollamada con sus hijos y aprenden a reconocer cuándo el viento permite salir. En diálogo con ADNSUR, Criado y Cabral (que en casa son Vicky y Lucas) describieron esa vida en la que el orgullo por la misión convive con las ganas de volver a abrazar a la familia.
Criado es observadora meteorológica de superficie, aeronáutica y glaciológica. Oriunda de San Carlos de Bolívar y con actividad laboral en la unidad meteorológica de Olavarría, se inscribió en 2024 en una convocatoria para realizar una campaña antártica. En abril de 2025 recibió el correo que puso en marcha los estudios médicos y las instancias de preparación. El 15 de noviembre de ese año abordó el Hércules.
Recuerda la ropa de cruce, los pantalones negros y las camperas anaranjadas de sus compañeros. También la sensación de viajar en una aeronave muy diferente a un avión de línea. Lo que vino después todavía le cuesta resumir.
“Subirte al Hércules es algo increíble. Una cosa es subirte a un avión de línea, que vos tenés tu asiento, tu butaca. Pero ahí éramos todos anaranjados porque estábamos todos con la ropa de cruce”, recordó.
La emoción terminó de desbordarse al aterrizar. “Cuando se abre la puerta y vos bajás fue un estallido en mi cabeza, porque para mí fue la primera vez que veía la nieve. Fue realmente soñado haber pisado la Antártida. Es un sueño que agradezco poder cumplir”, expresó.
El paisaje le presentó algo desconocido: el mar congelado, los témpanos, los glaciares y el crujido de la nieve bajo los pies. A casi un año de aquella llegada, asegura que la capacidad de sorprenderse sigue intacta. Cambian el viento, la luz, las nubes y los fenómenos meteorológicos. Ninguna jornada termina siendo exactamente igual a otra.
“No te alcanza la vista, no te alcanza el horizonte. Ahí distinguís realmente lo que es un mar congelado, lo que es un témpano, lo que es un glaciar”, describió. Y agregó: “Una noche totalmente despejada y estrellada es eso: ves todo. El cielo es tan limpio, es tan limpio acá todo, que se disfruta muchísimo”.
Cabral, capitán del Ejército y segundo jefe de la base, atravesó una preparación que comenzó el año anterior a su traslado. Incluyó entrenamiento físico y mental, pero también conversaciones y acuerdos familiares para afrontar una separación prolongada.
“Nos preparamos física y mentalmente, nosotros y nuestras familias, para estar un año lejos. Estar conectados con fotos y videollamadas lo hace más llevadero, pero es muy difícil”, explicó.
La llegada, sin embargo, tiene una intensidad que la preparación previa no alcanza a anticipar. “Llegás, bajás del Hércules y ves la bandera argentina flameando. Todo te llama la atención: el lugar, la gente, el paisaje. Uno se siente privilegiado de poder estar acá, es muy difícil poder lograrlo. Es un lugar hermoso y único, y un golpe visual muy importante”, relató. Para él, estar allí es un privilegio que llega acompañado de una responsabilidad concreta.
En Marambio, la planificación tiene una condición permanente: el tiempo meteorológico. Cabral explicó que la jornada comienza con una reunión a las 8, cuando se distribuyen las tareas y se evalúan las posibilidades de realizarlas.
“Empezamos el día con una reunión donde se distribuyen las tareas que se van a hacer, pero que siempre dependen del clima. Tenemos gente del Servicio Meteorológico que también nos va teniendo al tanto. Cortamos al mediodía, comemos algo y seguimos trabajando”, detalló.
El personal del Servicio Meteorológico aporta información para organizar las actividades. Después del almuerzo, el trabajo continúa, aunque cualquier cambio en las condiciones puede obligar a modificar lo previsto. Esa dependencia también alcanza a los vuelos y a los relevos.