La Habana, 10 ago (ACN) Conferencia Magistral de Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, en la inauguración del I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, en el Palacio de Convenciones, este 10 de agosto de 2026, Año del Centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Distinguidos académicas y académicos, intelectuales, artistas, líderes sociales y políticos, jóvenes estudiantes, compañeras y compañeros que han venido desde los cinco continentes a compartir esta semana de reflexión profunda sobre el hombre que marcó el siglo XX y cuyo pensamiento ilumina el siglo XXI:
En nombre del pueblo cubano y de su Partido Comunista, reciban el abrazo más sincero que puede ofrecer una isla que no olvida a sus amigos.
Agradecemos que hayan hecho suyo el esfuerzo de estar aquí, desafiando distancias, campañas de desinformación y, en muchos casos, presiones de sus propios gobiernos.
Su presencia en Cuba es un acto de valentía y de coherencia, porque venir a Cuba hoy, en medio del recrudecimiento del bloqueo y de la hostilidad imperial, es un gesto de solidaridad militante que honra el legado de Fidel.
¡Felicidades, compañeras y compañeros, fidelistas de Cuba y el mundo que nos juntamos para celebrar cien años de una vida consagrada a la defensa de todas las causas justas!
Mis palabras no pretenden ser una conferencia magistral. No me propongo disertar, ni podría, sobre la vida y la obra de un líder de la estatura moral y ética del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, el hombre que se negó a ser honrado con monumentos y estatuas, pero no pudo evitar que millones de compatriotas cubanos, de compatriotas de Nuestra América y de compatriotas del mundo honren cada día su memoria y su legado asumiendo y multiplicando sus ideas.
¡No hay mejor ni más sólido monumento que el que ustedes han levantado con su valiente presencia aquí, en la Cuba de Fidel, en su Centenario!
Lo que pretendo compartir con ustedes son solo ideas que brotan sin más orden que el que le ponen los sentimientos, la emoción y el compromiso revolucionario al privilegio de hablar de Fidel.
Estudiar y asumir con convicción la obra inmensa del Comandante en Jefe, tanto en pensamiento como en acción, es una necesidad imperiosa para todos los que estamos empeñados en promover transformaciones económicas y sociales que detengan el proceso de asfixia al que está siendo sometida la Revolución Cubana, como parte de una criminal guerra que dura ya más de seis décadas.
Salvar la Revolución Cubana de una de las amenazas más graves que haya enfrentado en 67 años, bajo agresiones de todo tipo, es el mayor desafío de nuestra generación y nos honra asumirlo convencidos de que venceremos. No se trata de una certeza sin fundamento. Contamos con una historia preñada de heroísmo, un pueblo entrenado en la resistencia y el legado de un líder que, siempre al frente de ese pueblo, convirtió los reveses en victorias.
Preservar las conquistas que dieron a este heroico pueblo la Revolución y el socialismo, romper todos los cercos que pretenden aniquilar a la nación como castigo colectivo por su dignidad, su resistencia y su decisión de no rendirse al más poderoso imperio de la historia, es el primer homenaje que le debemos a Fidel, nacido hace 100 años en un país marcado por la injusticia, la desigualdad y la dependencia, dolorosa realidad que él se prometió cambiar desde sus años de universitario rebelde y locuaz.
Del Aula Magna descendió convertido en revolucionario para encender las antorchas del Centenario del Apóstol, aquel que más tarde y muy joven aún devendría jefe del Movimiento 26 de Julio de 1953, que se lanzó contra los cuarteles de una dictadura sanguinaria y proimperialista para iniciar otra Guerra Necesaria.
El brillante abogado que convirtió su autodefensa en Programa político de su Movimiento, el tenaz prisionero que venció a sus carceleros transformando el Presidio Modelo en escuela de combatientes, el fundador de un ejército del pueblo que derrotó en dos años a un ejército profesional que poseía varias veces el número de sus fuerzas, el Comandante en Jefe que puso a Cuba en el mapa del mundo y llenó de esperanzas a los pueblos del continente, tenía ya un lugar en la historia cuando con solo 34 años estremeció a la Asamblea General de las Naciones Unidas con el discurso más largo y trascendente que se había pronunciado allí hasta entonces.
En aquella apasionada explicación de nuestra historia Fidel argumentó al mundo el panorama que encontró la Revolución triunfante en Cuba, que la propaganda de laboratorio de la guerra mediática actual pretende describirles a las nuevas generaciones como la Cuba próspera y deslumbrante de antes de 1959: