De la abundancia a la escasez
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28 de septiembre de 2026

De la abundancia a la escasez

La economía mundial atraviesa una transformación que podría marcar el final de una era. Durante casi tres décadas, inversores, gobiernos y empresas operaron en un entorno caracterizado por la abundancia. La integración de China en los mercados globales, la expansión constante de la capacidad productiva, el avance tecnológico y unas cadenas de suministro cada vez más eficientes permitieron mantener un crecimiento sólido sin generar presiones inflacionistas significativas.Aquel modelo creó lo que muchos denominaron la «Gran Moderación»: un periodo de estabilidad económica en el que los bancos centrales podían responder a las crisis mediante políticas monetarias expansivas sin temor a desencadenar episodios persistentes de inflación. El coste del capital descendía de forma gradual y los mercados acabaron acostumbrándose a un entorno de tipos bajos y liquidez abundante.Sin embargo, los acontecimientos de la última década han alterado ese equilibrio. Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China fueron las primeras señales del deterioro de la globalización. Posteriormente, la pandemia evidenció la vulnerabilidad de las cadenas de suministro, mientras que la invasión de Ucrania provocó el mayor 'shock' energético en décadas para Europa. Más recientemente, la inestabilidad en Oriente Próximo ha vuelto a situar la energía en el centro de las preocupaciones económicas.El resultado es una economía cada vez más condicionada por restricciones de oferta. Ya no se trata únicamente de producir más, sino de garantizar el acceso a materias primas, energía, capacidad logística y transporte. En este contexto, la inflación deja de ser un fenómeno transitorio para convertirse en una característica más estructural del sistema económico.Las implicaciones para los mercados son profundas. Los bancos centrales ya no pueden asumir que cualquier repunte de precios será temporal. Los tipos de interés se mantienen más elevados y el coste del capital vuelve a adquirir relevancia en la valoración de los activos financieros.La transición desde un mundo de abundancia hacia otro marcado por las restricciones constituye probablemente uno de los cambios más importantes para los inversores desde la crisis financiera global.La mayor apuesta inversoraPocas veces en la historia económica se ha producido una concentración de inversión y expectativas comparable a la que está generando la inteligencia artificial. Mientras los tipos de interés permanecen en niveles que hace unos años se consideraban incompatibles con mercados alcistas, las bolsas continúan mostrando una notable fortaleza. La explicación reside en la convicción de que el mundo se encuentra al comienzo de una revolución tecnológica de enorme magnitud.Sin embargo, limitar el fenómeno a la inteligencia artificial sería simplificarlo en exceso. Lo que realmente está teniendo lugar es una gigantesca carrera para construir toda la infraestructura necesaria que permita desarrollar esa tecnología. Centros de datos, redes eléctricas, sistemas de generación energética, semiconductores y capacidad computacional están atrayendo cientos de miles de millones de dólares de inversión.La magnitud del esfuerzo recuerda a otros momentos decisivos de la historia económica, como la expansión de los ferrocarriles en el siglo XIX, la electrificación o el desarrollo de la industria del automóvil. Cada una de aquellas transformaciones impulsó fuertes ciclos de inversión y alteró profundamente las estructuras productivas.La gran pregunta es si la inteligencia artificial conseguirá hacer algo que pocas innovaciones han logrado: aumentar de forma sostenida la tasa de crecimiento potencial de las economías avanzadas. Los optimistas creen que la IA podría elevar significativamente la productividad, permitiendo crecer más sin generar inflación y facilitando la gestión de unos niveles de deuda pública cada vez más elevados.Los escépticos recuerdan que tecnologías tan transformadoras como la electricidad, las telecomunicaciones o internet cambiaron el mundo, pero no consiguieron alterar de forma permanente la tendencia histórica de crecimiento de Estados Unidos. Por ello, consideran que las expectativas actuales incorporadas en las valoraciones bursátiles exigen una demostración de productividad todavía pendiente.La evolución de esta cuestión será determinante para los mercados. Si la inteligencia artificial cumple las promesas que hoy descuentan los inversores, las elevadas valoraciones y los tipos de interés altos podrían resultar perfectamente compatibles. Pero si la mejora de la productividad acaba siendo menor de lo esperado, parte del optimismo actual podría enfrentarse a una revisión.El mercado está realizando una de las mayores apuestas de su historia. El tiempo dirá si se trata del comienzo de una nueva revolución productiva o de otra gran ilusión tecnológica.Una década decisivaLos mercados suelen centrar su atención en la inflación, los tipos de interés o los resultados empresariales. Sin embargo, el principal factor que probablemente determinará la evolución económica de los próximos años será la geopolítica. El mundo está entrando en una etapa caracterizada por una creciente rivalidad entre grandes potencias, una menor integración global y una creciente competencia tecnológica e industrial.En el centro de esta transformación se encuentra Estados Unidos. A pesar de seguir disfrutando de ventajas extraordinarias, como el dólar como principal moneda de reserva y los mercados de capitales más profundos del mundo, empiezan a surgir preocupaciones sobre la sostenibilidad de sus finanzas públicas. Los déficits presupuestarios continúan siendo elevados y el coste de financiar la deuda aumenta a medida que los tipos de interés permanecen en niveles altos.El riesgo no reside únicamente en el volumen de deuda acumulada, sino en una posible pérdida de credibilidad. Si los inversores comenzaran a exigir una prima adicional para financiar al Tesoro estadounidense, el aumento de las rentabilidades podría generar una dinámica difícil de controlar y afectar al conjunto del sistema financiero global.Europa, por su parte, afronta un desafío diferente. Existe un amplio consenso sobre los problemas que limitan su crecimiento: baja productividad, exceso regulatorio, mercados financieros fragmentados y escasa capacidad para transformar la innovación en grandes compañías globales. El diagnóstico está realizado desde hace tiempo. Lo que sigue faltando es capacidad de ejecución.Paradójicamente, la presión procedente de Estados Unidos podría convertirse en un detonante para la integración europea. La necesidad de reforzar la defensa, impulsar la autonomía estratégica y movilizar el enorme ahorro acumulado por los hogares europeos está acelerando debates que durante años permanecieron bloqueados.Al mismo tiempo, China emerge como el gran competidor industrial del siglo XXI. Ya no compite únicamente en manufacturas básicas o de bajo coste. Su presencia es creciente en sectores como la automoción, la tecnología, los equipos médicos o la industria avanzada, planteando un desafío directo a las economías desarrolladas.Europa queda así situada entre dos gigantes. Necesita preservar la relación con Estados Unidos mientras intenta protegerse de una competencia china cada vez más sofisticada. La forma en que gestione ese delicado equilibrio determinará gran parte de su prosperidad futura. En muchos sentidos, la próxima década será menos económica de lo que parece y mucho más geopolítica de lo que los mercados suelen reconocer.

La economía mundial atraviesa una transformación que podría marcar el final de una era. Durante casi tres décadas, inversores, gobiernos y empresas operaron en un entorno caracterizado por la abundancia. La integración de China en los mercados globales, la expansión constante de la capacidad productiva, ... el avance tecnológico y unas cadenas de suministro cada vez más eficientes permitieron mantener un crecimiento sólido sin generar presiones inflacionistas significativas.

Aquel modelo creó lo que muchos denominaron la «Gran Moderación»: un periodo de estabilidad económica en el que los bancos centrales podían responder a las crisis mediante políticas monetarias expansivas sin temor a desencadenar episodios persistentes de inflación. El coste del capital descendía de forma gradual y los mercados acabaron acostumbrándose a un entorno de tipos bajos y liquidez abundante.

Sin embargo, los acontecimientos de la última década han alterado ese equilibrio. Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China fueron las primeras señales del deterioro de la globalización. Posteriormente, la pandemia evidenció la vulnerabilidad de las cadenas de suministro, mientras que la invasión de Ucrania provocó el mayor 'shock' energético en décadas para Europa. Más recientemente, la inestabilidad en Oriente Próximo ha vuelto a situar la energía en el centro de las preocupaciones económicas.

Los precios de la industria se disparan un 13% por los costes energéticos sin previsión de un descenso

El resultado es una economía cada vez más condicionada por restricciones de oferta. Ya no se trata únicamente de producir más, sino de garantizar el acceso a materias primas, energía, capacidad logística y transporte. En este contexto, la inflación deja de ser un fenómeno transitorio para convertirse en una característica más estructural del sistema económico.

Las implicaciones para los mercados son profundas. Los bancos centrales ya no pueden asumir que cualquier repunte de precios será temporal. Los tipos de interés se mantienen más elevados y el coste del capital vuelve a adquirir relevancia en la valoración de los activos financieros.

La transición desde un mundo de abundancia hacia otro marcado por las restricciones constituye probablemente uno de los cambios más importantes para los inversores desde la crisis financiera global.

Pocas veces en la historia económica se ha producido una concentración de inversión y expectativas comparable a la que está generando la inteligencia artificial. Mientras los tipos de interés permanecen en niveles que hace unos años se consideraban incompatibles con mercados alcistas, las bolsas continúan mostrando una notable fortaleza. La explicación reside en la convicción de que el mundo se encuentra al comienzo de una revolución tecnológica de enorme magnitud.

Sin embargo, limitar el fenómeno a la inteligencia artificial sería simplificarlo en exceso. Lo que realmente está teniendo lugar es una gigantesca carrera para construir toda la infraestructura necesaria que permita desarrollar esa tecnología. Centros de datos, redes eléctricas, sistemas de generación energética, semiconductores y capacidad computacional están atrayendo cientos de miles de millones de dólares de inversión.

La magnitud del esfuerzo recuerda a otros momentos decisivos de la historia económica, como la expansión de los ferrocarriles en el siglo XIX, la electrificación o el desarrollo de la industria del automóvil. Cada una de aquellas transformaciones impulsó fuertes ciclos de inversión y alteró profundamente las estructuras productivas.

La gran pregunta es si la inteligencia artificial conseguirá hacer algo que pocas innovaciones han logrado: aumentar de forma sostenida la tasa de crecimiento potencial de las economías avanzadas. Los optimistas creen que la IA podría elevar significativamente la productividad, permitiendo crecer más sin generar inflación y facilitando la gestión de unos niveles de deuda pública cada vez más elevados.

Los escépticos recuerdan que tecnologías tan transformadoras como la electricidad, las telecomunicaciones o internet cambiaron el mundo, pero no consiguieron alterar de forma permanente la tendencia histórica de crecimiento de Estados Unidos. Por ello, consideran que las expectativas actuales incorporadas en las valoraciones bursátiles exigen una demostración de productividad todavía pendiente.

La evolución de esta cuestión será determinante para los mercados. Si la inteligencia artificial cumple las promesas que hoy descuentan los inversores, las elevadas valoraciones y los tipos de interés altos podrían resultar perfectamente compatibles. Pero si la mejora de la productividad acaba siendo menor de lo esperado, parte del optimismo actual podría enfrentarse a una revisión.

El mercado está realizando una de las mayores apuestas de su historia. El tiempo dirá si se trata del comienzo de una nueva revolución productiva o de otra gran ilusión tecnológica.

Los mercados suelen centrar su atención en la inflación, los tipos de interés o los resultados empresariales. Sin embargo, el principal factor que probablemente determinará la evolución económica de los próximos años será la geopolítica. El mundo está entrando en una etapa caracterizada por una creciente rivalidad entre grandes potencias, una menor integración global y una creciente competencia tecnológica e industrial.

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