El electorado estadounidense es afecto al «gobierno dividido»; o sea, la Casa Blanca en manos de un partido y el Congreso controlado por el otro. En la cultura política del país ello es sinónimo de moderación. Por lo general, dicho comportamiento electoral se observa con claridad en las legislativas intermedias; las 'midterms' en las que se renueva un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes, y que el país debate hoy ansiosamente.
Una ansiedad quizás exagerada, pues el resultado es bastante predecible. Por una parte, la mayoría de las elecciones generales del Congreso no son competitivas. La tasa de retención de escaño es superior al 90 por ciento en la Cámara de Representantes y 75 en el Senado. Por la otra, de 1934 a 2022, en elecciones intermedias el partido del presidente promedió una pérdida de 27 escaños en la Cámara de Representantes y 3 en el Senado. El oficialismo ganó escaños en la Cámara tres veces y en el Senado siete veces, y en ambas cámaras a la vez solo dos veces. Dos tercios de las veces el partido del presidente ha perdido escaños en ambas cámaras.
Solo Roosevelt en 1934 y Bush en 2002 ganaron escaños en ambas cámaras en sus respectivas intermedias. En 1998 Clinton ganó curules en la Cámara de Representantes, pero no en el Senado. En todas las demás elecciones intermedias el oficialismo perdió asientos. Las palabras de Joe Biden en la noche de las intermedias de su presidencia, dan cuenta del peso de dicho patrón. «Hemos perdido menos escaños en la Cámara de Representantes que en las primeras 'midterms' de cualquier presidente Demócrata en los últimos 40 años», dijo en tono casi celebratorio.
La historia, pues, no suele estar del lado del presidente en ejercicio en las 'midterms'. Este noviembre, además, el Partido Republicano tiene exiguas mayorías en ambas cámaras y, con una aprobación de Trump del 30-35 por ciento, es probable que los demócratas retomen el control de la Cámara. No sería una anomalía. Una ley no escrita es que en elecciones intermedias la Cámara de Representantes funciona como un referéndum del presidente, lo cual es más pronunciado aún en un segundo periodo.
De eso se trata. Los obstáculos que enfrenta la Administración Trump de cara al 3 de noviembre también tienen que ver con su propia gestión. La baja aprobación actual del presidente se explica por la insatisfacción con el rumbo del país, siendo la inflación y la incertidumbre económica los temas que encabezan las preocupaciones de la sociedad. De ahí que algunos candidatos republicanos expresen independencia de la Casa Blanca. Pues así es la política en Estados Unidos: las preferencias del distrito prevalecen por sobre la disciplina del partido y la obediencia al presidente.
La economía explica el voto por sí misma, pero el costo de la energía y los alimentos introduce la geopolítica en la ecuación. La guerra en Irán ha afectado el suministro de gasolina y restringido el acceso a los fertilizantes, generando aumento de precios en general. Casi la mitad de los estadounidenses tienen dificultades para pagar sus cuentas. Según datos agregados, uno de cada seis hogares está atrasado en el pago de las facturas de servicios públicos. En ello se enmarca el acuerdo para levantar restricciones al diésel ruso, un intento del presidente de reducir los costos de combustible. Demasiado poco y demasiado tarde para que se refleje en los precios antes del 3 de noviembre.
Y demasiado controversial. La estrategia de la Casa Blanca colisiona con legislación existente: la prohibición de importar energía rusa estipulada por una ley del Congreso de abril de 2022 y las sanciones a Rusia votadas en septiembre de 2026 por una sólida mayoría bipartidista, la 'ley Graham'. Trump firmó una orden ejecutiva que suspende todas las sanciones y aranceles a Rusia contenidas en dicha ley y que estaban programadas para entrar en vigencia el 18 de octubre de 2026. Ello produjo reacciones adversas de legisladores de oposición y de varios del propio partido de gobierno. Así, la guerra en Irán, la cordialidad con Putin y la hostilidad hacia Ucrania son factores en juego en esta elección.
Lo mismo en relación a ICE, la autoridad migratoria cuyas acciones han generado aprensión en distritos republicanos claves; por ejemplo, Florida y Texas. Algunos legisladores republicanos de peso, asimismo, han sido críticos de la estrategia del Gobierno en relación a Venezuela: el apoyo a Delcy Rodríguez, los acuerdos petroleros opacos, la dilación en definir una fecha de elecciones y el desaire a María Corina Machado. Con ello se ha profundizado la «división MAGA-GOP», debilitando aún más al oficialismo frente al 3 de noviembre.
El Partido Demócrata, por su parte, no la tiene necesariamente mejor. Los demócratas socialistas han aumentado su influencia. Quizá como en Europa, la llamada 'alianza roja-verde' –el socialismo marxista mezclado con el islamismo radical– ha ganado terreno dentro del partido en varios distritos. El caso de Mamdani, el alcalde de Nueva York, no es el único. Representantes 'progresistas' han adherido a consignas pro-Hamás –«globalizar la intifada», «del río al mar»– y no únicamente en Nueva York. Varios municipios en el condado de Wayne, en las afueras de Detroit, por ejemplo, están gobernados por un alcalde musulmán votado con una papeleta del Partido Demócrata.
La paradoja es su intento de armonizar el progresismo-liberal con la sharía, la ley islámica que criminaliza la blasfemia, la homosexualidad y el adulterio (de la mujer únicamente). Legislar con la fe no es progresista ni liberal. Algunos dan cuenta de un cisma en ciernes. John Fetterman, senador por Pensilvania, rechaza a los demócrata socialistas explícitamente. James Carville, el principal estratega de la campaña de Clinton en 1992, dijo que podría abandonar el partido. Rahm Emmanuel, exalcalde de Chicago, sostuvo que los demócrata socialistas deberían constituir otro partido.
Ese es el punto clave. Ambos partidos padecen la misma dolencia: la disolución del centro. Ello sí debería generar ansiedad en este 2026. Ocurre que el voto de los independientes tiende a converger hacia el centro, y los independientes votan menos en elecciones intermedias. Y sin un centro robusto no hay moderación en la política. La preocupante realidad es que el sistema bipartidista americano no se sostiene muy bien. La moderación tan necesaria estaría mejor garantizada por un sistema de tres partidos, tal vez cuatro. Demócratas y republicanos han perdido su propio centro de gravedad.
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