Estoy muy triste. Donald Trump no me ha consultado qué opino de sus aranceles y, honestamente, tampoco creo que lo haga, no hemos sido presentados.
Entonces, mientras él decide lo suyo y nuestro gobierno decide cómo responder, empresarios y ciudadanos tenemos una tarea bastante menos espectacular: decidir qué hacemos con la incertidumbre. Y no es poca cosa. En 2025 México exportó casi 665 mil millones de dólares, la cifra más alta de nuestra historia.
De ese total, el 83% tuvo un mismo destino: Estados Unidos. No hace falta ser economista para comprender que cuando una parte tan importante de lo que vendes depende de un solo cliente, conviene tratarlo muy bien… pero también mirar un poquito más allá. No propongo sustituir a Estados Unidos. Sería absurdo. Tenemos una ventaja importante: alrededor del 85% de nuestras exportaciones a USA continúan entrando con arancel cero bajo las reglas aplicables del T-MEC. Nada mal. Entonces, ¿qué me anda picando?
Mientras observamos anuncios espectaculares de inversiones millonarias -que no siempre alcanzamos a sentir las pequeñas y medianas empresas- leí que durante el primer semestre de 2026 México recibió 34 mil 968 millones de dólares de inversión extranjera directa: un máximo histórico para un primer semestre. ¡Magnífico!
Y algo más interesante: las empresas que ya están aquí volvieron a poner su dinero en México. Seguimos estando guapos. Pero las nuevas inversiones representaron solamente el 7.8 %. Entonces ¿qué está viendo quien todavía no ha decidido venir?
Sería muy cómodo dejar la pregunta mirando hacia Palacio Nacional o Washington. Prefiero cuestionarme con el qué nos hace falta a nosotros. Por supuesto que hay decisiones gubernamentales que impactan directamente en costos, en competitividad. Seguridad, energía, infraestructura, agua, certeza jurídica, trámites, urbanización y reglas claras no son adornos ni tampoco le toca resolver al empresariado.
Pero no quisiera que aquello que no podemos decidir termine convirtiéndose en la explicación permanente para no mover aquello que sí podemos. ¿Qué seguimos importando que podríamos aprender a fabricar aquí? ¿Qué empresa que hoy considero competencia podría convertirse en aliada para atender un proyecto que ninguna de las dos podría tomar sola? ¿Qué tendrían que aprender hoy nuestros colaboradores para fabricar dentro de tres años eso que aún no nos piden? Y, por supuesto, ¿qué tipo de colaboradores somos: de los que suman y concretan o de los que simplemente flotan esperando que alguien más resuelva?
Y cuando celebremos la llegada de una inversión multimillonaria, quizá preguntar: ¿cuánto de ese dinero terminará comprando talento, tecnología, servicios y productos locales o de la región?
Es una oportunidad enorme. No solamente atraer inversiones, sino conseguir que alrededor de ellas crezcan nuestras empresas; no todo empieza con grandes facturaciones. A veces se inicia con esos cientos que ingresan constantes a la caja.
Podría entonces arrancar el día con una llamada, preguntando qué necesita una empresa a la que nunca me he acercado. Capacitándome. Buscando clientes fuera del mercado habitual. Siendo un colaborador que participa entusiasta, propone y es hacedor del bien. Incluso sentarnos a beber café con ese competidor al que llevamos años mirando de reojo.
Escuché recientemente una idea de Ricardo Vivero que me hizo sentido: tendremos que aprender a crecer dentro de la incertidumbre y sí, tal vez hemos desperdiciado demasiada energía esperando que la incertidumbre desaparezca para movernos.
Pues Trump seguirá decidiendo. Nuestro gobierno igual. Algunas serán acertadas; otras, desde nuestra óptica, no.
Podemos señalarlas, exigir, proponer. Pero después habrá que regresar a nuestra propia mesa. Mirar las fichas que tenemos y jugar alguna, solo una. Aunque sea una sola.
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