Entre Barros y La Felguera, en el concejo de Langreo, todavía sobreviven los restos de una fábrica que durante décadas representó el progreso industrial de Asturias. Sus naves abandonadas, depósitos y gigantescas estructuras de hormigón conforman un paisaje tan impactante que el lugar terminó siendo conocido como el “Chernóbil asturiano”.
El sobrenombre no está relacionado con una catástrofe nuclear. Surgió por la apariencia desolada de las instalaciones, el deterioro de sus edificios y la contaminación acumulada en el subsuelo después de décadas de actividad química.
La fábrica perteneció a la Sociedad Ibérica del Nitrógeno, posteriormente denominada Nitratos Asturianos o Nitrastur. Con una superficie cercana a los 200.000 metros cuadrados, se convirtió en uno de los mayores complejos industriales abandonados de España.
La historia comenzó en 1923, cuando la Sociedad Ibérica del Nitrógeno instaló en el barrio de Vega una planta dedicada a producir amoníaco sintético y sulfatos.
Su cercanía con las instalaciones de Duro Felguera permitía aprovechar los residuos generados por los hornos de coque. La actividad quedó interrumpida durante la Guerra Civil española, pero volvió a cobrar importancia durante la década de 1940.
En aquellos años, el Gobierno impulsó el Plan del Nitrógeno, una iniciativa destinada a aumentar la producción nacional de fertilizantes. España necesitaba producir más alimentos y disminuir su dependencia de los productos importados.
Las antiguas instalaciones pronto quedaron pequeñas. Por ese motivo, en 1950 comenzó la construcción de un nuevo complejo junto al río Nalón. Las principales obras finalizaron hacia 1954.
El complejo no era solamente una sucesión de naves industriales. Nitrastur había sido concebida como una pequeña ciudad cerrada, organizada alrededor del trabajo y la vida social de sus empleados.
Dentro del enorme predio había talleres, almacenes, depósitos, oficinas, una central eléctrica, una torre de refrigeración y diferentes sectores destinados a la producción de nitratos y sulfatos.
También existían viviendas para trabajadores e ingenieros, botiquín, residencia, gimnasio y biblioteca. Los empleados podían participar en talleres de música y fotografía, además de integrar equipos de fútbol y balonmano.
Este modelo de “fábrica social” buscaba concentrar buena parte de la vida cotidiana alrededor de la empresa. En sus años de mayor actividad, Nitrastur llegó a tener cerca de 1.000 trabajadores, convirtiéndose en una fuente de empleo fundamental para las familias de las cuencas mineras asturianas.
Los edificios más importantes fueron proyectados por el ingeniero Carlos Fernández Casado. Las estructuras se construyeron principalmente con hormigón armado y se caracterizaron por sus amplios espacios interiores, grandes bóvedas y marquesinas en voladizo.
El complejo debía alojar maquinaria procedente de fábricas francesas, inglesas y alemanas. Por esa razón, cada nave fue diseñada de acuerdo con una función específica.
Parte de esta arquitectura llegó a ser reconocida como un destacado ejemplo del Movimiento Moderno en Asturias. Entre las construcciones más llamativas estaba el depósito de nitratos, creado para ofrecer un enorme espacio de almacenamiento prácticamente libre de columnas.
La competencia internacional, los nuevos productos químicos y los cambios en el mercado debilitaron progresivamente la actividad. En su última etapa, la fábrica quedó bajo el control del grupo Explosivos Río Tinto.