El T-MEC no se murió, pero México sí perdió el lujo de dormirse en sus papeles firmados. Ese es el punto que de verdad importa. El problema no es que Estados Unidos no haya renovado el tratado por 16 años, sino que entramos a una etapa de negociación permanente, donde la certidumbre ya no vendrá sólo de Washington, ni de una firma, ni de una ceremonia bonita, sino de lo que México haga dentro de casa para volverse atractivo, competitivo e inevitable. Para ello se requiere firmeza en los objetivos, pragmatismo en las políticas públicas y continuidad en su aplicación.
De esto platiqué con Antonio Ortiz-Mena en el podcast “En Blanco y Negro”. El T-MEC seguirá vivo al menos hasta 2036. No se trata de una ruptura ni del fin del comercio con Estados Unidos, pero tampoco estamos para celebrar. Más bien entramos a una especie de olla exprés: las tensiones comerciales, políticas y de seguridad van a seguir ahí, pero la revisión constante puede funcionar como válvula para que no exploten todas de golpe; no obstante, el apetito por invertir en México seguirá escaso por la falta de certidumbre.
En esta plática no me aguanté el preguntarle qué hubiera pensado su abuelo, don Antonio Ortiz Mena, sobre esta época. Él fue secretario de Hacienda de 1958 a 1970, en pleno “milagro mexicano” y “desarrollo estabilizador”, e hizo una excelente mancuerna con Rodrigo Gómez, director general del Banco de México de 1952 a 1970.
Durante ese periodo, la economía mexicana creció 6.5 por ciento anual y el PIB per cápita 3.5 por ciento cada año; la pobreza alimentaria cayó del 61 por ciento en 1958 al 24 por ciento en 1968, lo que refleja la mejora constante de las clases medias; la alfabetización subió de 57 por ciento en 1957 a 79 por ciento en 1970 y la economía aceleró el paso de ser agrícola a ser más industrial y urbana; la Población Económicamente Activa en la industria pasó de 16 por ciento en 1950 a 23 por ciento en 1970. De hecho, la producción industrial incrementó 8 por ciento cada año. Fue la época de mayor crecimiento con estabilidad en México.
Antonio Ortiz-Mena me contó que su abuelo, y todo el gobierno mexicano de aquella época, tenía una forma de pensar muy útil para los mexicanos: objetivos firmes y medios flexibles. Firmeza en las metas, pragmatismo en las políticas públicas y continuidad en su aplicación. Y no hay razón para pensar que no podamos retomar esta mentalidad y volver a tener excelentes resultados. Recordó una frase de su abuelo que debería estar escrita en la entrada de cada oficina pública: “Con el pueblo no se juega”.
Esa frase vale oro porque resume lo que se nos olvida. No se juega con la inversión, porque detrás hay empleos. No se juega con la energía, porque detrás hay fábricas. No se juega con la ley, porque detrás hay confianza. No se juega con el comercio, porque detrás hay millones de familias que viven de vender, comprar, transportar, producir y exportar. Ortiz Mena y Rodrigo Gómez no construyeron estabilidad con ocurrencias, sino con equipos, instituciones, disciplina y acuerdos. No eran iluminados solitarios; entendieron que un país serio necesita cuadros capaces.
Lo delicado del momento actual es que Estados Unidos ya no ve el comercio como antes. Durante años, al TLCAN se le culpó de todos los males: empleos perdidos, fábricas cerradas, desindustrialización y malestar social, aunque muchas de esas heridas también vinieron de China, de la tecnología y de cambios enormes en la economía mundial. Trump empezó a usar los aranceles como herramienta de presión política y Biden, aunque con otro tono, mantuvo buena parte de esa lógica proteccionista. Cambió la música, pero no desapareció el baile.
Por eso México no puede seguir creyendo que el T-MEC es un chaleco antibalas económico. Ayuda, protege, ordena, da reglas, pero no hace milagros. El inversionista no decide con discursos patrióticos ni con frases de mañanera o de sobremesa. Decide comparando riesgo, rendimiento y tiempo. Si México sube el riesgo, por inseguridad, incertidumbre jurídica, falta de energía o infraestructura insuficiente, entonces tendrá que ofrecer más rendimiento. Y si no lo ofrece, la inversión se va a Texas, a Arizona o a donde encuentre menos ruido.
Antonio Ortiz-Mena lo dijo con claridad: Estados Unidos nos ve como un país necesario, no necesariamente confiable. Esa diferencia importa mucho. Una cosa es que te quieran como socio y otra que no tengan de otra. México es demasiado importante para que Estados Unidos simplemente lo ignore: somos vecinos, mercado, fábrica, ruta, socio agrícola, frontera y problema compartido. Pero precisamente por eso debemos dejar de actuar como si la importancia geográfica bastara. La ubicación ayuda; no sustituye al Estado de derecho.
El mayor cuello de botella quizá no está en el tratado, sino en la electricidad. La inseguridad sube costos; la mala logística retrasa; la incertidumbre judicial asusta. Pero no tener energía confiable, barata y limpia puede impedir que el negocio exista. Punto. Si una planta no puede conectarse, si un centro de datos no tiene suministro, si una empresa de manufactura avanzada no encuentra energía suficiente, el nearshoring se queda en discursos y presentaciones, sin embargo, sin crear empleos reales. México tiene una oportunidad enorme con manufactura, inteligencia artificial, centros de datos y servicios avanzados, pero todos esos sectores tienen algo en común: consumen mucha energía y no viven de buenas intenciones.
México ya no puede vivir esperando que el T-MEC nos salve de nosotros mismos. El tratado importa, claro, pero la verdadera batalla está aquí: en dar certidumbre, producir energía, cuidar carreteras, respetar contratos, formar talento y decidir con menos ideología y más cabeza fría. Ya supimos crecer con estabilidad. No necesitamos inventar el hilo negro; necesitamos recuperar la seriedad para dejar de vivir de pretextos. Porque en esta nueva etapa, el mejor tratado será inútil si México no se vuelve un país donde invertir sea no sólo posible, sino irresistible.