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Nevaco Global
7 de septiembre de 2026

La nueva arquitectura del poder en Venezuela, por Benjamín Tripier

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La política estadounidense hacia Venezuela debe ser leída dentro de las urgencias globales de Washington. El mundo no está organizado en una sola crisis, sino en varias crisis que compiten por atención, recursos y capacidad política.

Venezuela no está viviendo solamente una negociación petrolera, ni una transición política convencional. Está siendo incorporada —con escasa capacidad de decisión propia— a una arquitectura geopolítica más amplia que Estados Unidos viene diseñando para el hemisferio y que Trump II ha decidido ejecutar con mayor velocidad, dureza y sentido transaccional que sus antecesores, y que marcará el camino para las siguientes presidencias… ya sean trumpistas o demócratas.

Para los venezolanos, los dos temas esenciales son democracia y libertad, por un lado; petróleo, empleo, divisas y servicios, por el otro. Para Washington, ambos asuntos se inscriben en una matriz más amplia: seguridad hemisférica, control de rutas marítimas, reducción de migración, energía, lucha contra organizaciones criminales, competencia con China, contención de Rusia e Irán y reafirmación de la presencia estadounidense en América Latina.

La diferencia de escala importa. Para Venezuela, lo que está en juego es la vida nacional: quién gobierna, si habrá elecciones, si cesará la persecución, si la gente podrá recuperar salario, seguridad, servicios y futuro. Para Estados Unidos, Venezuela es una pieza muy relevante, pero una pieza dentro de un tablero multifrente, multidimensional y multifuncional.

Esa asimetría explica la incomodidad venezolana. Washington hace lo que hace porque puede hacerlo: dispone de fuerza financiera, capacidad militar, dominio tecnológico, peso regulatorio, acceso a mercados, control sobre licencias y sanciones, influencia sobre el sistema financiero internacional y capacidad de convocar —o excluir— capital privado.

Hoy no existe, en América Latina o en el mundo, una fuerza política, económica o militar que pueda impedirle intervenir sobre los activos estratégicos venezolanos… solo tal vez el pueblo venezolano en la calle reclamando por los derechos que le conculcó el chavismo y que ahora administra EEUU.

La pregunta no es si Estados Unidos tiene capacidad para hacerlo. La tiene. La pregunta es si usará esa capacidad para ayudar a reconstruir una Venezuela libre, institucional y próspera, o si se conformará con una Venezuela estable, petrolera, funcional y obediente.

La política estadounidense hacia Venezuela debe ser leída dentro de las urgencias globales de Washington. El mundo no está organizado en una sola crisis, sino en varias crisis que compiten por atención, recursos y capacidad política.

Estados Unidos enfrenta simultáneamente una guerra y tensión energética en Medio Oriente; el conflicto aún abierto entre Rusia, Ucrania y Europa; una relación de competencia y disuasión con China en el Indo-Pacífico; y un continente africano cada vez más relevante como reserva estratégica de minerales, corredores marítimos, alimentos, energía y disputa de influencias.

En este contexto, la formulación de Joe Biden en 2022 sobre Rusia, Irán y China como un “eje del mal” expresó una realidad estratégica, aunque el lenguaje y las prioridades hayan evolucionado. La administración Trump no necesariamente organiza el problema bajo la misma etiqueta, pero actúa sobre una premisa similar: Estados Unidos no puede competir simultáneamente en Eurasia, Medio Oriente e Indo-Pacífico si permite que su retaguardia hemisférica se convierta en espacio de penetración de potencias rivales, redes criminales o gobiernos hostiles.

América Latina, por tanto, deja de ser periferia política y vuelve a ser retaguardia estratégica. No por nostalgia de la Doctrina Monroe, sino porque energía, minerales críticos, alimentos, migración, narcotráfico, puertos, cables submarinos, inversiones chinas y seguridad marítima han devuelto al hemisferio un valor central.

Trump II parece decidido a convertir esa prioridad en política operativa: cooperación estrecha con gobiernos alineados, presión sobre quienes se alejan, uso intensivo de aranceles, sanciones, licencias, inversiones, acuerdos de seguridad y control de activos estratégicos.

La fórmula puede resumirse así: América para los americanos, en su versión restringida —para los norteamericanos— y en su versión ampliada —un hemisferio occidental protegido de influencias hostiles.

Estados Unidos no puede ni necesita intervenir del mismo modo en toda América Latina. Su margen de acción dependerá de la fortaleza institucional de cada país, su peso económico, su importancia estratégica, su exposición a crisis internas y el grado de alineamiento o fricción con Washington.

Comparativa de población, PIB, producción energética y relevancia institucional para 2026

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