Muchos argentinos quisieran entender qué pasa por la cabeza de Javier Milei. Una de sus obsesiones es lograr la reforma política y para eso le queda una ventana de no muchas semanas más de actividad parlamentaria: en año electoral, ya no se pueden modificar las reglas de cómo votar.
En realidad reforma electoral suena bastante grandilocuente: lo importante para el Presidente es eliminar o -lo que es lo mismo- suspender por esta vez las PASO, esas Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias que ideó Néstor Kirchner hace dos décadas pensando en que así complicaba a la oposición.
Pero esas primarias, que difieren de las que se aplican en algunos estados de Estados Unidos en que aquí son obligatorias -como el voto normal-, terminaron siendo una herramienta que hoy le sirve más a la oposición que al oficialismo: como en el peronismo están todos peleados y hay unos cuantos candidatos que quieren enfrentar a Milei, porque intuyen que pueden volver al poder, una primaria sería la solución más elegante a sus internas feroces.
Pero Juan Domingo Perón dijo una vez: “Los peronistas somos como los gatos, cuando parece que nos estamos peleando, en realidad nos estamos reproduciendo”. Sin primarias, en esas peleas puede haber unos cuantos rasguños, pero sin PASO, ¿Milei evitaría que gane el peronismo?
¿Cuál es la probabilidad de que Milei logre los votos -que hoy no tiene- para alcanzar su sueño de levantar las PASO? Para eso la hermanísima Karina Milei llamó directamente a Mauricio Macri, al que después de innumerables traiciones y humillaciones le están haciendo “una oferta imposible de rechazar”: si acompaña con sus legisladores la eliminación de la PASO, La Libertad Avanza no le presentaría batalla en el bastión amarillo, la ciudad de Buenos Aires. A los votos del PRO, Milei tendría que sumar a algunos gobernadores peronistas, a los que el ministro de Economía Luis “Toto” Caputo les está mostrando la billetera para tentarlos a que se sumen con sus legisladores nacionales o -en el peor de los casos- se ausenten en la votación: toda una ingeniería política que Karina cargó sobre los hombros del jefe de Gabinete, Diego “El Colo” Santilli.
La explicación de por qué Milei se obsesiona tanto con las PASO y puso en eso toda su libido no es solo política, sino económica: cuando en las PASO de agosto de 2019 quedó claro que Macri no contaba con los votos para reelegir, una corrida cambiaria con derrumbe de los mercados le quitó toda posibilidad de reaccionar.
El ministro Caputo había dicho en mayo que el año que viene sería “un año electoral absolutamente atípico, porque la economía por primera vez se va a llevar puesta a la política. El Presidente va a ganar las elecciones cómodamente y este proceso se va a continuar”.
Pero -en realidad- el ministro de Economía ahora abrió el paraguas porque sabe que eso de “cómodamente” no sería tan cómodo, como también sabe que todavía no empezaron “los mejores 18 meses de la economía argentina” que había pronosticado en abril: ahora asegura que tendrá dólares suficientes para enfrentar cualquier corrida cambiaria tan típica de los momentos electorales: “El flujo de dólares es cada vez más alto, esto garantiza que no vamos a tener problemas en el tipo de cambio, como en el pasado. Van a estar entrando muchas más inversiones”, dijo en la Bolsa de Comercio de Córdoba: inconscientemente invocó al dólar, como quien le teme al diablo. ¡Vade retro, Satanás!
Es cierto que las exportaciones de energía y minería están creciendo y que este año llegarían a históricos cien mil millones de dólares sumando una cosecha récord. Pero fuera de esos sectores, las inversiones están en su nivel más bajo en dos décadas, y el tipo de cambio se mantiene solo gracias a que buena parte del cepo para que las empresas manejen libremente sus dólares sigue en pie y firme.
Que el dólar no esté “en la tapa de los diarios” es en la Argentina la condición necesaria para lograr la ansiada reelección. Pero la estabilidad del billete verde podría ser insuficiente para alcanzar esa cumbre: lo que debería quitarles el sueño a los inquilinos de la Casa Rosada y el Palacio de Hacienda es el riesgo país, y sin resolver ese tema, con o sin PASO, las elecciones del año que viene pueden volverse una pesadilla. Caputo alardea con los dólares que tiene, pero sabe que el verdadero problema está en el riesgo de default.
Antes de octubre del 2027, vencen casi 30 mil millones de dólares de deuda, y todavía el gobierno no dio señales de estar en condiciones de salir a los mercados voluntarios para poder hacer lo que hacen todos los países normales del planeta: pagar esos vencimientos emitiendo nuevos bonos.
Por eso a Milei no le queda otra que acumular más y más billetes verdes en el Banco Central para tranquilizar a los deudores: por algo no puede levantar completamente el cepo cambiario y por eso sin RIGIs (Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones) nadie trae dólares para invertir a largo plazo. Pero no hay RIGIs para “todos y todas”: la avalancha de dólares no alcanza para todo.
En octubre del año pasado, antes de las elecciones de medio término, los argentinos pasaron de comprar dos mil millones de dólares por mes, a cuatro mil ¿Alcanzarán los dólares para satisfacer la demanda del público y a la vez pagar la deuda en el año electoral? En las elecciones legislativas de octubre del año pasado, tuvo que salir Donald Trump al rescate de su amigo Milei con un swap de monedas que recibió muchas críticas de los votantes norteamericanos. ¿Tendrá Trump el mismo margen de maniobra después de las elecciones de medio término del 3 de noviembre? Las encuestas ya están pronosticando queal republicano le puede ir muy mal.
Por eso el riesgo país argentino está “gritando” lo que calla el precio del dólar “anclado” en 1.500 pesos con el cepo, y la semana pasada volvió a pasar los 500 puntos básicos. En la concepción económica de Milei, la forma de bajar la inflación -su principal promesa de campaña electoral- es clavar el dólar. Pero los votantes y los mercados están viendo que el éxito de esa política es más bien relativo: al asumir prometió inflación de un dígito en 18 meses, pero ya lleva 32 meses de gestión, y en julio la inflación anualizada seguía en torno al 30 por ciento, igual que el año pasado.
Si no hubiese cancelado la actualización prevista en enero del Indice de Precios al Consumidor para reemplazar el actual de 2004, que es el más viejo de todo el planeta, la inflación -mejor medida- podría cerrar el año en 40 por ciento.