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Solucionaría un problema obvio en viajes espaciales y los ejércitos ya han puesto sus ojos en ella
Huele a galleta. Es anaranjada y lleva una letra griega impresa en el centro, justo donde otras llevan al príncipe de Beukelaer. Los voluntarios que la olieron dijeron que se la comerían si no hubiera otra cosa. Sus remilgos tenían una buena razón detrás. No está hecha de vainilla y levadura, sino de una botella de plástico reciclada, de basura.
Se llama µBite, que traducido del inglés suena a microbocado. La ha creado un equipo de la Universidad del Sur de Illinois dirigido por el microbiólogo Lahiru Jayakody. El proyecto nació para participar en el Deep Space Food Challenge de la NASA, un concurso para alimentar a astronautas en misiones largas.
El concepto se publicó en 2024 en la revista Trends in Biotechnology, y sus últimos avances se presentaron a finales de agosto en el congreso de otoño de la Sociedad Química Estadounidense. El problema que intenta resolver es de pura logística.
Un viaje a Marte puede durar años y cada kilo que sale de nuestra atmósfera cuesta una fortuna. Llevar toda la comida de la tripulación es inviable, así que la alternativa es llevar la fábrica al espacio. Y si esa fábrica funciona con los envases vacíos que la propia tripulación genera, mejor todavía.
El punto de partida es el tereftalato de polietileno, más conocido como PET. No es otra cosa que el plástico de las botellas de agua y de muchos envases y envoltorios de alimentos. No es una elección casual. El PET no lleva compuestos perfluorados, los llamados químicos eternos, que se acumulan en el organismo durante décadas, y apenas contiene metales. Por eso no vale cualquier residuo. Recoger bolsas de un vertedero y meterlas en el reactor sería una temeridad.
La primera fase del proceso de cocinado es una olla a presión llevada al extremo. El PET triturado se somete a agua y oxígeno a entre 250 y 280 grados, bajo una presión de unos 140 bares. Es la que soportaría un objeto hundido a casi un kilómetro y medio bajo el mar.
El método se llama «disolución hidrotermal oxidativa» y lo desarrolló un geólogo de la misma universidad. No necesita catalizadores ni disolventes peligrosos, no deja residuos tóxicos y, además, es relativamente barato.
El plástico sale de ahí convertido en pequeños fragmentos ricos en carbono. En ese momento entran en juego las levaduras, entre ellas las de panadería, modificadas genéticamente con la técnica CRISPR. Se alimentan de esos fragmentos y de restos agrícolas, como tallos y hojas de maíz. Con ese menú fabrican proteínas, grasas, ácidos grasos y vitaminas. Otra cepa convierte el etilenglicol del PET en betacaroteno, precursor de la vitamina A. Una tercera produce vainillina a partir de los restos vegetales.
Sus desarrolladores lo explican de esta manera: quien bebe leche no se come la hierba que pastó la vaca. La hierba es la materia prima que el animal transforma. Con la galleta ocurre igual. Las levaduras desmontan el carbono del plástico y construyen con él moléculas nuevas que no tienen nada que ver con la botella original. El plástico es carbono; la comida, también.
Por sí sola, la masa no es apetecible. Por eso el equipo le añade edulcorante, fibra, almidón, vainillina y betacaroteno para darle color, sabor y textura. Después, una impresora 3D le da forma de galleta.
En las pruebas de aroma obtuvo un 6,5 sobre 9 en la escala hedónica, la vara de medir habitual de la aceptación de un alimento. Para morderla falta el permiso de la FDA, la agencia estadounidense de alimentos y medicamentos. De momento solo se puede tocar y oler.
Es un problema que obsesiona desde hace años a los ejércitos. La galleta tiene un primo con uniforme. En 2021, la agencia de proyectos avanzados del Pentágono, DARPA, lanzó el programa ReSource. Su objetivo era fabricar suministros críticos en el mismo campo de batalla con los residuos recogidos allí mismo. La lista incluía lubricantes, adhesivos, fibras tácticas, agua potable y macronutrientes comestibles.
La razón del interés castrense es tan vieja como la guerra. Cada litro de combustible, caja de raciones y pieza de recambio tiene que llegar al frente subido en un camión. Y los camiones son blancos. Un estudio del Ejército estadounidense calculó en 2009 que en Afganistán se producía una baja por cada 24 convoyes de combustible. Fabricar en el sitio significa menos viajes, menos escoltas y menos emboscadas.
DARPA fue todavía más lejos con otro programa, Cornucopia, que busca literalmente sacar comida del aire. Uno de sus equipos ha obtenido una especie de flan con sabor a cítricos que contiene nutrientes. La idea es parecida a la del Solein de la finlandesa Solar Foods. Unos microorganismos se alimentan de hidrógeno y dióxido de carbono y producen una harina con un 65% de proteína.
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El ministro de Economía busca conseguir un salvavidas chino para los vencimientos de deuda del año próximo. Le falta aún el 20% para completar los 25 mil millones del año electoral. Volver a los mercados internacionales luce lejano con el riesgo país por encima de los 600 puntos básicos, y la billetera de Washington depende de lo que pase en las legislativas norteamericanas del 3 de noviembre. Por eso, gana terreno una alternativa poco libertaria: activar un nuevo tramo del swap con China, que aún tiene unos US$ 14 mil millones disponibles y que, como admite el propio Milei, no exige decisiones a cambio. Leer más