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Nevaco Global
11 de octubre de 2026

La guerra secreta de Estados Unidos contra Irán: espías, bombas falsas y misiles exóticos

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El conflicto con Irak dibujó muchas de las jugadas operativas que hoy se llevan a cabo en las calles de Teherán

Un hombre nota que el bolsillo le arde. No es el miedo, sino una batería de litio que se acaba de prender fuego. Ese acumulador alimenta una grabadora que lleva escondida, en una escena que transcurre dentro de un autobús de línea repleto de desconocidos.

No debería estar allí, así que no puede permitirse siquiera un gesto, porque podría delatarlo. Aguanta el dolor hasta la siguiente parada como si nada, porque revelar lo que lleva encima le costaría mucho más que una quemadura. Probablemente la vida. Es un espía estadounidense en territorio hostil.

La escena, documentada por el periodista Sean Naylor en su libro Relentless Strike, resume muy bien el tipo de guerra que Estados Unidos lleva librando contra Irán desde hace dos décadas: silenciosa, negable y sostenida con tecnología pensada para no dejar huella. El instrumento central de esa campaña fue la Task Force 17, una unidad que mezclaba a la CIA con miembros de la Delta Force, los SEAL y los Rangers bajo el paraguas del Mando Conjunto de Operaciones Especiales.

Y eso que empezaron colaborando. En 2001, oficiales de la Fuerza Quds compartieron con Washington mapas detallados de las posiciones talibanas cerca de Herat. Un diplomático estadounidense recordó después que un negociador iraní le entregó el documento sin pedir nada a cambio salvo que se quedara con él. Aquella tregua táctica no sobrevivió al discurso de Bush que, meses después, incluyó a Irán en el «eje del mal».

Antes de montar su propia red, Washington pidió prestada la de otros. La Delta Force estableció contacto con los servicios de inteligencia kurdos nada más comenzar la invasión de Irak. De esa colaboración se obtuvo información sobre el programa nuclear iraní desde dentro. «Los kurdos entregaban objetivos enormes», resumió un oficial de la época. No hacía falta construir una red de espionaje si alguien ya tenía una funcionando y estaba dispuesto a compartirla.

Dentro de la Task Force 17 operaba el Team Orange, la célula de inteligencia de señales encargada de interceptar comunicaciones y colarse en territorio hostil. Vestidos de civil, sus oficiales viajaban sin identificaciones, con documentación falsa y coartadas construidas durante meses. Sabían que si los capturaban, su propio gobierno negaría conocerlos. El hombre del autobús pertenecía a ese equipo, y llevaba semanas siguiendo los movimientos de milicianos de Hezbolá.

El truco más rocambolesco tenía que ver con la propia frontera iraní. Los planificadores descubrieron que cualquier estadounidense podía presentarse en un puesto fronterizo y obtener un visado turístico casi automático. En cambio, solicitarlo en un consulado exponía al viajero a una investigación de antecedentes mucho más profunda. Bastaba con construir una identidad de tapadera creíble (una pareja de vacaciones, un contratista de una obra) y entrar como lo haría cualquier turista despistado.

En 2004, dos agentes con identidades ficticias de matrimonio entraron así en una gran ciudad iraní, se alojaron en un hotel y pasaron días recorriendo en taxi los alrededores de instalaciones nucleares sospechosas. No llegaron a tomar muestras de suelo, algo que habría certificado la finalidad de las edificaciones. El objetivo era solo demostrar que se podía entrar y salir sin levantar sospechas. Lo consiguieron, y el propio presidente George W. Bush los recibió para escuchar su informe.

La identificación de sus blancos se apoyaba en tecnología de intercepción de señales. Cuando un oficial de la Fuerza Quds aterrizaba en Bagdad y hacía una llamada desde el aeropuerto, los analistas del Team Orange cruzaban la huella digital de ese teléfono con sus bases de datos y confirmaban en segundos de quién se trataba. Bastaban unas palabras al móvil para que un escuadrón de Rangers en camionetas sin distintivos apareciera minutos después. Con frecuencia, no se volvía a tener noticia del perseguido.

No todos los objetivos eran igual de accesibles. Con frecuencia, oficiales de la Fuerza Quds viajaban con pasaporte diplomático iraquí, lo que los convertía en intocables legales pese a estar implicados en ataques mortales. Solo cuando la Task Force 17 logró vincular a uno de ellos con una matanza en Kerbala consiguió persuadir al primer ministro iraquí para que le retirara la protección, y entonces sí pudo detenerlo sin infringir ninguna norma diplomática.

La ejecución de estas operaciones dependía de una logística cronometrada al segundo. Para capturar en 2008 a un facilitador de Al Qaeda escondido en Siria, los planificadores calcularon que disponían de apenas noventa minutos entre cruzar la frontera y la posible reacción de las defensas sirias. Pilotos del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales llevaron a los asaltantes en helicópteros Black Hawk hasta un refugio situado a solo 15 minutos de vuelo del límite fronterizo.

En menos de 90 segundos desde que las botas tocaron tierra, el equipo ya estaba dentro del edificio. En pocos minutos más, con el objetivo neutralizado y el material recogido, volaban de vuelta a espacio aéreo seguro. Esa ventana es el verdadero secreto de misiones que luego se cuentan en una sola frase.

Cuando la orden era eliminar y no capturar, el arma preferida terminó siendo el Hellfire R9X, un misil que no lleva explosivo. En su lugar despliega seis cuchillas que se abren justo antes del impacto y despedazan al objetivo, en una suerte de guillotina voladora que apenas daña el entorno. Los analistas lo vinculan con la muerte de Ayman al-Zawahiri, el sucesor de Bin Laden, en Kabul en 2022. El Pentágono nunca lo ha confirmado oficialmente, aunque rara vez lo hace.

El ingenio llegó también al terreno de las bombas caseras. Operadores de la Delta Force y del SEAL Team Six construyeron un artefacto bautizado como Xbox, una réplica exacta de los explosivos improvisados iraquíes. Para armarlos usaban los mismos componentes chinos y paquistaníes y los mismos explosivos soviéticos que los insurgentes reales. La idea era que, si el FBI llegaba a analizarlo, lo atribuyera a un fabricante de bombas conocido en vez de a Washington. Estados Unidos llegó a diseñar bombas para engañar a su propio FBI. Todo muy loco.

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