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Nevaco Global
14 de junio de 2026

Antonella Marty: «Cuando hablan de la defensa de Occidente, ¿a qué Occidente se refieren?»

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La politóloga argentina se sienta en 'Contrapuntos' para hablar del liberalismo y la 'nueva derecha'

Antonella Marty irrumpió muy joven en el debate público liberal latinoamericano como una ensayista valiente, curiosa y extraordinariamente articulada. Coordinó El manual liberal y escribió con solvencia sobre las ideas políticas que transforman la realidad en Ideología. En los últimos años, sin embargo, sus ideas han realizado el viaje inverso al que se presupone se hace al cumplir años, y su defensa se ha movido desde el liberalismo clásico a muchas de las causas asociadas al universo woke. Lo plasma en La nueva derecha, su más reciente libro, que sirve de excusa para esta conversación —por momentos discusión, en todas las valiosas acepciones de la palabra—. Conversar con Marty me permite asomarme a otras formas de entender el mundo y comprobar que, aun desde desacuerdos profundos, se puede coincidir en lo esencial: el radicalismo empobrece la vida pública.

PREGUNTA.- Me da mucho gusto recibir hoy en Contrapuntos a Antonella Marty. Publicaste a finales del año pasado, en Deusto, La nueva derecha. ¿Qué es, qué defiende y por qué representa una amenaza para nuestras democracias?, libro que vamos a usar como punto de partida para esta conversación. El libro está atravesado por una preocupación: la pérdida del pacto laico que detectas en la extrema derecha americana, pero no solo allí, y cómo una determinada visión religiosa ha inundado el discurso político. ¿Cuál sería tu diagnóstico?

RESPUESTA.- Efectivamente, costó mucho, a lo largo de la historia, separar la religión del poder político. Creo que, si uno hace un recorrido por prácticamente los últimos dos milenios, el rol que ha tenido la religión desde sus inicios —al menos el cristianismo, puntualmente— resulta evidente.

Hay un libro que yo siempre recomiendo mucho, La edad de la penumbra, de Catherine Nixey, donde se pone sobre la mesa una temática de la que no suele hablarse demasiado cuando hablamos de historia o de historia de las religiones: la destrucción de ese Occidente, de ese mundo de la antigua Grecia, por parte del cristianismo. O, si pensamos en Hipatia de Alejandría, en la Biblioteca de Alejandría… Son cuestiones que después continúan, a lo largo de la Edad Media, con la Inquisición, las guerras religiosas, las Cruzadas, la caza de brujas —que fue, básicamente, asesinar mujeres por pensar distinto—, mandar personas a la hoguera, como ocurrió con Giordano Bruno.

Es una historia completamente atravesada por esa mentalidad de tribu, esa mentalidad que aspira a volver a unir esos poderes místicos con el poder político. Y cada vez que eso ocurrió fue profundamente peligroso. El avance de estas nuevas derechas, que hacen uso de la religión y de un mensaje religioso para intentar implementar determinadas políticas públicas, es perjudicial para la democracia. Esta nueva derecha aprovecha estos llamados textos sagrados como manual o guía de política pública.

P.- Es curioso que cites La edad de la penumbra, que explica, efectivamente, que el mundo clásico no murió por las invasiones bárbaras, como durante mucho tiempo pensamos, sino desde el interior del Imperio romano, impulsado por el absolutismo de una religión dominante que empezó a prohibir cualquier manifestación que escapara de esa nueva doxa. Y es una reinterpretación muy interesante del mundo clásico. Pero, volviendo al presente, me parece importante para un oyente español —o para cualquiera que vea este programa desde cualquier punto de la blogosfera— entender la naturaleza del arco ideológico estadounidense. Yo percibo una enorme ingenuidad, sobre todo en Europa, al acercarse a la derecha americana en el poder, como si fuera homologable a una derecha europea civilizada, respetuosa de las normas democráticas, cuando en realidad es algo mucho más complejo. ¿Por qué no nos haces una radiografía de esta derecha?

R.- El caso de Estados Unidos es muy interesante. Escuché una vez a un historiador definir a Estados Unidos como un cuerpo muy bello, pero atravesado de pies a cabeza por la cicatriz de la esclavitud. Es un país construido, en gran medida, sobre la esclavitud y también sobre la matanza de pueblos originarios. Eso ayuda a entender, por ejemplo, el rol de la cultura de las armas dentro de Estados Unidos, algo presente desde sus inicios y muy ligado, en muchos casos, a determinadas visiones que hoy vuelven a adquirir una connotación religiosa dentro de esta nueva derecha.

Ya desde principios del siglo pasado, incluso con el auge de la idea del America First en los años veinte —«Estados Unidos primero»—, un lema con connotaciones nazis. Y tampoco debemos olvidar el rol histórico del movimiento evangélico en Estados Unidos, especialmente a partir de los años cuarenta y del fenómeno de los telepredicadores en los cincuenta y sesenta.

Hay dos grandes cuestiones que, a mi juicio, atraviesan y siguen definiendo la política estadounidense. Por un lado, el racismo, y por otro, el aborto. El tema del racismo hay que entenderlo dentro de una nación construida sobre la esclavitud y que, una vez abolida, encontró nuevas formas de mantenerse presente. Ahí aparecen las leyes de Jim Crow, las leyes segregacionistas que, de hecho, inspiraron parcialmente a los nazis. Y también el papel del movimiento evangélico insistiendo en la importancia de mantener esa segregación y una determinada idea de pureza; una idea de pureza que hoy vuelve a aparecer y que resulta muy peligrosa, no solo en Estados Unidos, sino también en Europa. Después, esta derecha encabezará también las luchas contra la desegregación escolar y contra todo el movimiento por los derechos civiles de los años sesenta y setenta, que rompe con esa visión cerrada de los años cuarenta y cincuenta.

Y hoy volvemos a ver el avance de una derecha que insiste en retomar esas raíces previas. Lo dicen abiertamente muchos influencers de esta nueva derecha: retomar esa visión de la llamada familia tradicional bajo el eslogan «Dios, patria y familia». La pregunta es inevitable: cuando hablan de la defensa de Occidente, ¿de qué Occidente están hablando? ¿Del Occidente previo a la Ilustración? ¿Del Occidente de las hogueras? ¿Del Occidente de la caza de brujas? ¿Del Occidente de los años cincuenta? Ese es el interrogante que yo intento plantear: cuáles son exactamente esos «valores de Occidente» de los que hablan hoy.

P.- Dentro de ese universo mental, ¿qué papel juega la teoría de la conspiración?

R.- Bueno, las teorías conspiracionistas son clave en todo este desarrollo, empezando por la llamada «teoría del gran reemplazo» y todas esas narrativas que intentan ofrecer «soluciones» —entre comillas— o parches a personas que buscan un sentido y terminan encontrándolo en cualquier mesías que prometa explicarles que determinados problemas, muchas veces inventados o magnificados, son culpa de ciertos grupos de la sociedad que, paradójicamente, han sido históricamente perseguidos, asesinados o violentados por estructuras sociales con mucho mayor poder.

Cuando los movimientos por los derechos civiles en los años sesenta y setenta empiezan a romper esas jerarquías —algo que, en otro contexto histórico, también había ocurrido con la Ilustración—, aparece una reacción muy fuerte. Se empieza a cuestionar esa estructura tradicional donde el hombre blanco, heterosexual y religioso ocupaba una posición dominante. Y es justamente ese sujeto el que hoy muchas veces dice sentirse víctima de una supuesta pérdida de derechos: «ya no se puede decir nada», «ya no se puede hacer nada». La pregunta sería: ¿qué es exactamente lo que no pueden decir o hacer? Creo que ahí el antifeminismo juega un papel clave en la identidad de estas nuevas derechas. Una nueva derecha que insiste en inventar fantasmas y en construir toda una épica alrededor de la llamada «batalla cultural», retomando incluso conceptos de Antonio Gramsci.

Pero yo siempre digo que «batalla cultural» es casi una contradicción en los términos, porque «batalla» remite a una lógica bélica, mientras que «cultura» pertenece más bien al orden espontáneo de una sociedad. En el fondo, lo que hay detrás de todo este intento de «batalla cultural» es un intento de imponer determinadas ideas, costumbres y tradiciones. Yo lo definiría directamente como una cruzada moral.

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